Año nuevo, vale. Vida nueva no, gracias.

31de Diciembre de 2015

Año nuevo, vida nueva. 

O eso dicen. Pero no es lo que yo realmente deseo. Yo lo que quiero es seguir viviendo la vida que me ha tocado vivir, con sus más y sus menos. Incluso cuando hay más menos que más.

Siempre nos ilusionamos con la entrada del nuevo año en un intento de hacer ese borrón y cuenta nueva que todos desearíamos poder hacer alguna vez pero que luego nunca es posible. Y no lo es porque, nos guste o no, después de las campanadas seguimos siendo los mismos (con la consiguiente decepción). Como si nosotros no tuviéramos absolutamente nada que decir sobre el modo en que se desarrolla nuestra vida. Como si cada día ya estuviera escrito. Cualquier cosa, con tal de no asumir que los actores principales de nuestra vida siempre seremos nosotros. Desde el primer día y hasta el último.

¿Y si el tiempo no se midiera por años? Seguro que nos inventaríamos otra excusa para, cada cierto tiempo, volver a contar de cero… Así que yo propongo empezar a contar el tiempo por, digamos, lecciones aprendidas.

Según este criterio, habrá años que parecerán eternos y otros que durarán un segundo. Pero, al final, todos y cada uno de ellos, serán los que realmente cuenten en nuestro paso por esta vida.

Por eso yo no quiero cambiar de vida ni olvidar nada de lo que he aprendido estos meses atrás. Es más, quiero tenerlo presente, para nunca volver a cometer los mismos errores. Y para decirme a mí misma que, si lo logré una vez, puedo volverlo a hacer. Para poder valorar a las personas que entran en mi vida con un criterio mejor que el que habría empleado si no hubiera existido dificultades previas. Para estar más dispuesta a percibir, a sentir, a vivir, ahora que ya sé que el tiempo es, quizá, la moneda más valiosa de que una persona dispone.

Por todo esto, no os deseo un feliz año “nuevo”, sino un feliz 2016, con la certeza de que cada día tendremos una nueva oportunidad para seguir intentando aquello que ayer no pudimos completar. Sea del año que sea.

Nunca es lo suficientemente tarde.

¡¡Mis mejores deseos para todos!!

Marta.

 

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Por París. Por nosotros.

Estoy conmocionada. Después de enterarme del último ataque terrorista en el mundo, primero pensé en las propias víctimas, después en sus familiares, y finalmente, en la comunidad internacional. No sabía qué decir. Ni qué pensar. Pero después de unas horas en shock, he decidido hacer uso de mi derecho a expresarme. Y eso trato de hacer, al tiempo que desenmaraño este nudo de sentimientos que me oprime el pecho.

No es el primer ataque de esta naturaleza que ha sucedido en nuestra historia reciente, pero sí es la primera vez que me pronuncio acerca del tema.

Me consta que sucesos de la naturaleza de los acaecidos ayer en París alcanzan el corazón de cualquier persona que se precie humana, pero especialmente, a los que nos dedicamos en cuerpo y alma, de una manera u otra, a la Justicia. Ésa que lleva mayúsculas. Porque aunque no es la norma, yo creo en ella. Y en todos los derechos que una persona tiene por el sólo hecho de serlo, entre los que no se encuentra, de ninguna manera ni bajo ninguna condición, el de acabar con la vida de otros. Sea por la razón que sea: ni sexo, ni raza, ni religión. Porque si hay algo ahí arriba verdaderamente (y yo soy creyente) no pienso que nos pusiera en el mundo para esto. De verdad que no. Aunque yo lo llame Dios, tú Alá y ellos Buda.

Yo hoy rezo por las víctimas del terrorismo, y por todas las personas que a partir de ahora tendrán que lidiar con su ausencia; por los gobernantes y autoridades de todos los países que ahora mismo están sentadas alrededor de una mesa tratando de buscar una solución a este problema y cuidando de prevenir futuros nuevos ataques a la población; pero también y sobre todo, hoy rezo por nosotros. Por la gente de la calle. Por todos los que no somos políticos, ni tenemos que comparecer ante los medios para informar de nuestras decisiones. Por todos los que pensamos que “no podemos hacer nada”. Para que salgamos de nuestro error.

Estamos asistiendo a un momento de la historia de picos en las gráficas: unos están en los de arriba y otros en los de abajo. Unos tratan sistemáticamente de tener más, mientras que otros sueñan con olvidar el sonido de las bombas. Unos construyen fortalezas alrededor de sus propiedades para no ser molestados y otros huyen de las suyas para sobrevivir. Y sí, siempre ha habido guerras pero no siempre tanta gente ha tenido tanta formación ni ha habido tanta velocidad para comunicarnos de un lugar a otro en el mundo. Usémoslo a nuestro favor y no en nuestra contra.

Hoy rezo por los que estamos en nuestras casas, tranquilamente. Para que cuando salgamos a la calle seamos capaces de distinguir las razas de la maldad, la necesidad de sobrevivir de la oportunidad para hacer daño, la posibilidad de expresarnos a través de los medios a nuestro alcance de la de provocar el odio contra quien jamás nos haría daño, la generalidad de la excepción. Porque no va a ser fácil.

Ahora sigo conmocionada, pero ya sé lo que pienso y por qué lo pienso.

Ojalá que cada uno de nosotros de ahora en adelante sea capaz de escuchar con sus propios oídos, de ver con sus propios ojos y de hablar con su propia voz. Sólo así seremos capaces de actuar como personas humanas racionales.

Hagamos que esas tres palabras no dejen de ser sinónimas.

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La felicidad es para los valientes

La felicidad es para los valientes.

Para los que salen en su busca y están predispuestos a encontrarla en cualquier parte. Para los que saben lo que tienen que hacer y se arman de coraje para hacerlo, aunque no les guste. Para los que no miden el coste de sus decisiones, sino las ganancias.  Para los que creen que el corazón realmente habla de vez en cuando y no siempre pueden ignorarlo.

No son felices y no lo serán nunca los que no arriesgan, los que viven cómodamente durante demasiado tiempo.Tampoco quienes dan al miedo el poder de dirigir sus vidas. Ni los que jamás se embarcan en un viaje sin saber a ciencia cierta cuál será el destino.

Todos tenemos miedo alguna vez cada día. Lo que sucede es que algunos lo utilizan como excusa inmovilizante y otros para impulsarse. Están los que, ante una situación de peligro, corren y los que buscan cómo encararla. Los primeros se librarán fácil y rápido de lo que les perturba, pero cada vez que se tropiecen con una situación parecida tendrán que repetir la misma operación. Es decir, se pasarán corriendo toda su vida. Y nadie es libre si no puede elegir hacia dónde correr o cuándo reanudar la marcha.

No quiero decir que sea fácil. La felicidad es para los que asumen que no se trata de un estado perpetuo sino de un cúmulo de buenos momentos, y como tal, se aficionan a coleccionarlos. Para los que por fin entienden que siempre van a venir días malos, se pongan como se pongan. Y rachas. Y situaciones injustas. Pero eso no nos exime del deber de ser felices cuando toque serlo.

A veces se trata simplemente de esperar. Esperar no como sinónimo de pasividad, de bajar los brazos. Esperar mientras resistimos. Aunque la postura sea incómoda.

No se trata de tener todos los días una sonrisa de oreja a oreja, sino de no permitir que nadie tenga el poder de arruinar nuestro tiempo. Ni un segundo. Que ya demasiado perdemos por ser mortales.

Puede que incluso ya se hayan cumplido parte de los objetivos y ahora no sepamos qué sigue. O que nunca tuviéramos claro hacia dónde iniciar la caminata. En tal caso, viaja. No necesariamente a otro país, sino al centro de tí mismo.

Vete a algún buen libro, a algún cartel que te llame la atención, a algún amanecer que aún no hayas visto… Y piérdete. Hasta que te encuentres. Hasta que, por un momento, sólo escuches lo que dices tú de tí mismo.

Solemos pedir consejo a los demás para resolver nuestras dudas, infravalorando lo que sentimos, cuando en realidad nadie lo conoce mejor que nosotros mismos. Por tanto, la respuesta siempre va con nosotros, con cada pregunta que hacemos. Quizá no estemos buscando en el sitio adecuado.

Ser feliz es una decisión, y como todas las decisiones, siempre llevará implícita una renuncia. No podemos exigirle a alguien que sepa lo que sólo podemos saber nosotros. Es nuestra, y sólo nuestra, la responsabilidad de conocernos y, por tanto, de ser felices. Ni de tu novia, ni de tus padre, ni de tu abuela, ni de tu mejor amigo. Es tuya.

Porque la felicidad es para el que está convencido de que existe, pero no sin esfuerzo. Para el se harta de llorar cuando lo necesita. Para el que se queja lo mínimo y está muy loco. Para el que sabe que esto dura demasiado poco.

La felicidad es para los valientes.

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El opo-calendario

foto escritorio

Para la gran mayoría de los mortales y al margen de consideraciones religiosas, el primer día de la semana es el lunes. Así lo establece, a efectos laborales, un estándar bastante conocido en el ámbito de los negocios denominado ISO 8601. Sin embargo, toda regla tiene sus opositores. Que diga, sus excepciones.

Tengo compañeros que empiezan la semana en jueves, otros en viernes y otros en domingo. Tengo compañeros que inlcuso empiezan la semana dos veces antes de que acabe. En cualquier caso, todo gira en torno al archiconocido “cante” en el preparador. Nada de lunas, ni días, ni horas. El tiempo se mide en temas.

Así las cosas, cuando me levanto no pienso qué día es hoy, sino cuántos temas me quedan por estudiar antes de que llegue el día del “cante”. Y es que, con el paso de los años en esto de opositar, saber en qué fecha estamos deja de tener importancia, ya que, para mí no hay puentes, ni fiestas, ni final de curso, ni nada por el estilo, por mucho que nuestro amigo Mr Wonderful se empeñe en su agenda.

Sólo conviene preocuparse cuando al levantarnos de la siesta creemos que ya es el día siguiente o, peor aún, cuando al despertarnos por la mañana no sabemos en qué mes vivimos, si es verano o es invierno. Lo prometo, me ha pasado.

La semana, para una persona que oposita, es otro rollo. Aquí no hay días fuertes, ni días largos. Ni siquiera fin de semana. La opo-semana es una cuenta atrás en la que el agobio y la presión sólo hacen aumentar hasta que “cantamos”. Y después, vuelta a empezar.

Mi semana empieza, por tanto, cuando salgo del preparador. Ese momento en que voy por la calle flotando y sonriendo hasta a las farolas en plan Mr Bean. Ese momento en el que la necesidad de hacer el bien me recorre por el cuerpo como un rayo de arriba a abajo y hace que tenga ganas de ayudar a la gente a pasar el paso de cebra, a facilitarle a una mamá el bajar los carritos de bebés por las escaleras o a colaborar con la mismísima policía a detener a un carterista, si hace falta. Porque oye, HE SALIDO DEL PREPARADOR. Y es el mejor momento de la semana, sin duda alguna.

Al cabo de las horas, toda esa energía que me hacía levitar va reduciendo poco a poco su presencia en mi sangre y se me empieza a abrir la boca (aunque, por ese entonces, puedo disimularlo y sólo se produce aisladamente). Suele ser cuando te sientas en una terraza a tomar algo con tus amigos o tu pareja. Y además es un proceso imparable. Nadie puede evitarlo, SALVO que de repente oigas alguna de las que yo considero palabras clave, como “temas”, “oposición”, “cronómetro”, “ley”, “código”, “opositor” o “articulo”. Con independencia de que luego se trate de “temas de conversación”, “opositores al régimen” o “artículos de una revista”.

El cerebro del opositor recibe la información, subraya (en amarillo, siempre) las palabras clave y empuja al resto del cuerpo hacia un estado de alerta que ya quisiera Red Bull. Dicen que se me cambia hasta la cara, y que doy miedo. Sin embargo, me cuesta trabajo seguir una conversación normal o tengo que preguntar tres veces cuánto le debo al camarero. Porque no me entero.

A medida que va avanzando la tarde y llega la noche, no hay manera de disimular los bostezos. Si quiero tapar mi boca (todavía intento mantener la compostura) imposible no recurrir a las dos manos. Suele ser un momento de lucha interna, entre la parte de tu cerebro que dice es el momento que llevas esperando toda la semana y la parte que te dice que no puedes más. Aún así, no dejo que nada ni nadie me amargue el día y desoigo toda vocecilla interna que intente que no haga lo que queria hacer. Hasta que, o bien me quedo dormida en el sitio menos oportuno o, en el mejor de los casos, caigo rendida en la cama.

El día siguiente al cante (en mi caso, día libre), me levanto a la misma hora de siempre pero sin despertador y como una moto. Quiero hacer los cien metros lisos, comerme tres elefantes y bailar la mismísima Jota, si hace falta. Y esto es algo que sufren, especialmente, los que están plácidamente durmiendo a nuestro lado. Porque si nos despertamos nosotros, se despierta todo el mundo (¡qué va a ser esto!). Aún así, la perspectiva de un día sin estudiar por delante, te hace tener (todavía) unos altos niveles de empatía, comprensión y raciocinio que hacen que seams benévolos con los que nos piden una prórroga. Pero que sea corta.

Lo peor es cuando pasa la hora del almuerzo del día libre. Digamos que una nube negra se cierne sobre mí y lo que antes me parecía gracioso deja de hacerme gracia. Si a alguien se le ocurre proponerme un plan para ese otro día del fin de semana me vuelvo agresiva. Tengo menos hambre que nunca porque, si ceno, eso significa que después me acuesto y en cuanto menos acuerde, ahí estoy otra vez delante de los libros.

Los domingos por la mañana me siento como si despertara de la anestesia: dolores por todo el cuerpo y un recuerdo difuso de lo que han sido las ultimas horas, como si hubiera sido un sueño. Pero los libros son reales como la vida misma y están donde los dejé, espérandome. Qué tiernos.

Se supone que tendría que tener toda la presión del mundo encima y voy pisando huevos. Pero todavía es soportable, porque el viernes se ve muy lejos en el horizonte, y me permito alguna que otra licencia.

Detrás llega el lunes. La presión aumenta. Mi cerebro no para de enviarme imágenes de todo lo que debí haber hecho ayer y me dejé para hoy, con lo que, para meterme realmente en vereda necesito aislarme de todos esos demonios que todavía no se habían instalado en mi escritorio ayer. Y sigo estudiando.

La semana va avanzando y como la amenaza de muerte que supone el cante cada vez es más real, el cerebro (digo yo que por puro instinto de supervivencia) empieza a rendir a tope. Lo malo es que no deja de mostrarme tablas comparativas entre lo que es y lo que podría haber sido si hubiera estado así desde el minuto uno. Y eso agobia tela.

Viernes por la mañana. Pre-cante. He conseguido estudiarme todo lo que me había propuesto pero me prometo a mí misma que la semana que viene no iré con este estrés encima. Me digo que así no se puede vivir. Y repaso, repaso, repaso. No hay hambre, ni frío, ni calor hasta que llega la hora de cerrar el libro y emprender la marcha hasta la casa de mi preparador.

Hay algo que yo no le desearía ni a mi peor enemigo: cruzarse con un opositor en el trayecto de su casa a la de su preparador. Porque ese opositor, aunque luzca como un ser humano aparentemente normal, no lo es. Es una base de datos andante con radares para detectar cualquier tipo de peligro que le haga desconcentrarse. Y tiene órdenes de matar si la ocasión lo requiere.

Asi, ya no es que no ayude a nadie a cruzar el paso de cebra, es que directamente me lanzo yo con el semáforo en rojo si hace falta. Ya no es que no se me ocurra coger el carrito de bebé de una rueda para ayudarle a la madre a bajar las escaleras, es que miro al bebé que va dentro y pienso: “ojalá yo fuera él”. Y ya no es que no levite, es que voy arrastrándome contra mi propia voluntad. Pero llego y me siento en esa mesa de todos los viernes. Pongo el cronómetro en marcha y empiezo a disparar.

Esos minutos que yo quisiera que fueran más, se me hacen, en realidad, cortísimos. Antes de que acuerde, ya he acabado y le estoy contando mis planes para el día libre al preparador.

Y ya estoy otra vez fuera, levitando a la vez que escribo este post y antes de que se me acaben las pilas. Porque así son mis semanas.

Ay…

Uff…

Perdón.

Disculpadme si se me empieza a abrir la boca, pero creo que ya sabéis de qué va esto.

¡Buena semana a todos!

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Gracias, mamá.

Gracias mama collage

Felicidades, mamás.

A las que estáis buscando serlo, a las que a pesar de todo disteis un paso adelante, a las recién estrenadas, a las más veteranas, a las que siempre lo habéis sido para alguien (diga lo que diga la genética) y a las que sois mamás de mamás.

A las que estáis con nosotros en la tierra y a la que estáis con nosotros desde el Cielo.

Porque sois, sencillamente, extraordinarias.

Una madre es una persona que decidió multiplicar su amor por infinito. Es mucho más que la persona que nos da la vida. Es la persona que nos enseña a VIVIRLA.

Cuando nacemos, nos parece lo más lógico del mundo que esté ahí. Nos da su mano para levantarnos y nos enseña a usar las nuestras para ser nosotros mismos. Luego, vamos creciendo y van llegando las broncas. Algunas de las cuales son y serán las mismas que ellas tuvieron con sus madres y, a su vez, éstas con nuestras bisabuelas. Hasta que con el paso de los años, nos vamos dando cuenta de que, en realidad, era terriblemente difícil hacer lo que ellas hicieron. Y acabaremos dándoles la razón y, en muchas ocasiones, repitiendo palabras a nuestros hijos que un día ellas nos dijeron a nosotros.

Incluso cuando no resultaron ser nuestro modelo a seguir, son nuestra primera referencia, el punto de partida para entender la realidad, y no podemos olvidar nunca el valor que supone decir “sí” a la vida. Todas y cada una de ellas lo hicieron lo mejor que supieron o pudieron. Pero lo hicieron. Y éso, sólo eso, ya se merece nuestro reconocimiento.

Una madre es esa persona que nos hace creer durante muchos años (y algunas durante una vida entera) que el cansancio no existe. Que la ropa se lava sola y se plancha mientras dormimos. Que una casa marcha con facilidad. Que las cuentas siempre salen a fin de mes. Que todo es divertido.

Y sí, ahora y cada vez más me doy cuenta de que todo eso era un poco mentira. Porque a pesar de su condición de superheroínas, son humanas. Y lloran a escondidas. Siguen preocupándose después de decirnos que todo va bien y, aunque parezca que no, se cansan. Tienen un límite.

Por eso, hoy quiero darles las gracias por hacernos creer que todo se puede y que nosotros podemos con todo.

Gracias por proteger con vuestra propia vida nuestro derecho a apuntar con el dedo al cielo. Por cuidar de nuestro derecho a soñar y por pelear nuestros sueños con nosotros. Nadie sabe de lo que es capaz hasta que tu madre te dice que tú sí puedes. Y vas y lo haces. Porque ella confía en ti.

Gracias por cedernos los mejores años de vuestra vida. Por hipotecar vuestro nombre y vuestro tiempo al nuestro. Por levantarnos cuando nos caemos. Por amar sin condiciones (digáis lo que digáis cuando os enfadáis). Por combatir nuestros defectos y por esconder y superar los vuestros. Por ser ingenieras, médicas, psicólogas, maestras, abogadas, camareras, taxistas, directoras, limpiadoras, jornaleras, ejecutivas, chocolateras, veterinarias, empresarias o periodistas (aunque sólo tengan oficialmente reconocido por el Estado uno de estos oficios).

Por todo lo que hacéis y por todo aquello a lo que renunciáis para que nosotros seamos. Por reservaros vuestros miedos para que nosotros tengamos sólo y exclusivamente los nuestros. Por hacer fácil lo difícil. Por desenredar nuestra maraña de pensamientos y por traducir nuestros gestos cuando aún no sabemos bien qué significan. Por conocernos tan bien, aunque nos cueste reconocerlo.

Y, hablando de reconocer, yo tengo que admitir que llevabas razón, mamá: “nunca nadie da duros por pesetas”, “el que la sigue, la consigue” y “lo que no quieras para tí, no se lo hagas a los demás”. Sí, que sí. Ahora sé que hay muchas personas que no me convenían, muchas cosas que pude hacer diferente y muchos disgustos que te pude haber ahorrado.

Pero tú seguiste conmigo a pesar de mis errores, a pesar de la vida.

Y por eso,

GRACIAS HOY, MAÑANA Y TODOS LOS DÍAS.

– FELIZ DÍA DE LA MADRE-

Mamá y yo

Mamá y yo, 1992.

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Cincuenta sombras de las oposiciones

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Hay un chiste sobre dos amigos que se encuentran por la calle que me gusta mucho. Dice uno: “oye, ¡me he enterado de que te has casado!” Y el otro responde: “no, a ti te lo han contado. ¡El que se ha enterado he sido yo!”.

Pues eso mismo me está pasando con las oposiciones.

A mí me dijeron que para preparar las oposiciones necesitaría estudiar mucho y tener una fuerza de voluntad a prueba de bombas, que es verdad, pero no solamente. Alguno que otro puede ser que mencionara lo de salir “menos”, eso sí, muy por encima y como el que no quiere la cosa. Pero a mí no se me dijeron un montón de cosas que me habría gustado saber el día en que decidí empezar esta aventura. Al margen, por supuesto, de todos los que directamente consideran que no merece la pena pasar por un calvario como éste  e intentan hacértelo creer a tí también.

Yo no sé aún si merecerá la pena, pero sí sé que para ir a donde quiero ir, necesito pasar por aquí.

A mí nadie me dijo que tendría que convertir la buhardilla en un bunker y mi escritorio en un improvisado pero respetable altarcito. Ni que yo llegaría a depender del reloj como del aire que respiro (aunque tengo que decir que he llegado a un dominio de la luz solar impensable: ahora sé la hora que es con sólo mirar la pared de la casa de enfrente.Y eso es muy positivo, porque así no pierdo tiempo en mirar el reloj y tengo más tiempo para seguir corriendo). Ah, y eso. A mí nadie me dijo que tendría que ir siempre corriendo, aunque no estuviera estudiando. Gran detalle ése que se me omitió.

A mí sólo me hablaron de estudiar. Y claro, eso sí lo sabía hacer. Aunque luego me di cuenta de que tampoco.

Yo intuía que las oposiciones serían una caja de sorpresas, pero no la mismísima caja de Pandora. Por eso la destapé con tanto de lo que yo creía alegría y ahora sé que era, más bien, inconsciencia.

Y puede que sean cosas tontas, pero a mí nadie me advirtió de que necesitaría hipotecar mi vida entera para poder pagar todos los rotuladores que iba a necesitar. Ni a mi padre, que dice que parece que me los como. Y en cierto modo, a veces, por increíble que parezca, pasa. Con los temas que hace tiempo que no miro. ¿De verdad que yo subrayé eso?

A mí me insistieron mucho, tanto en el cole como en la universidad, en que había que escribir sin faltas. Y allá que fui yo y me lo tomé en serio. Pero no los culpo, desde luego. Cómo iban a saber ellos que mi futuro profesional iba a depender de un examen estrictamente oral. Tanta caligrafía pa ná. Y lo mismo me pasó con el dichoso sentido común que había que demostrar en todas las facetas de la vida. Si es que yo lo sabía, que al final a nadie le iba a interesar eso. Pero en fin, cosas que pasan.

A mí nadie me dijo que si quería ser juez o fiscal tendría que incorporar a mi vocabulario, como si de algo normal se tratara, palabras como: escotillas, producto semiconductor, acceso inteligible, proditoria, imprecativa, obtención vegetal, ganzúas, radiaciones ionizantes  o folletos de emisión. Ni que tendría que ser un poco arquitecta, oradora e ingeniera. A mí me dijeron que con hacer Derecho bastaba. Y yo me lo volví a creer, porque total, yo siempre había pensado que a nadie molestaría un regalo y ahora resulta que, dependiendo de a quien se lo hagas, puede ser un delito. Por muy buena intención que lleve uno. Qué fuerte. Y claro, todo eso va calando y la final se mezcla de tal manera en el subconsciente que acabo hablando igual con el preparador que con mis amigas. Pobrecitas.

Yo era de los que creían que las disposiciones finales eran una leyenda urbana (pero no, doy fe de que existen). ¡Y cómo iba a pensar que si me encontraba algo por la calle tendría que llevárselo inmediatamente al Alcalde! Se nota que ciertos cuerpos legislativos tienen ya sus años y que por aquel entonces no estaba de moda lo de las bolsas de basura o las tarjetas de colores.

A mí nadie me dijo que tendría que desaprenderlo todo para volverlo a aprender. Ni que necesitaría a mis padres a los veinticinco más que a los cinco. Ni que me volvería un ser extremadamente maniático. Ni que cinco minutos podrían marcar la diferencia.

Lo bueno de todo esto es que, efectivamente, no tenía ni idea de donde me metía. Es verdad aquello de que la ignorancia es la madre del atrevimiento. Porque de haberlo sabido, la decisión puede, aunque no lo creo, que hubiera sido otra. Y si hubiera sido otra me habría perdido esta increíble experiencia. Sí, increíble. Porque si hubiera decidido otra cosa, tampoco sabría cuáles son las personas con las que puedo contar incondicionalmente, aunque pasen meses o años sin vernos. Las oposiciones son un cursillo rápido para ver quién te quería y quien te ha estado utilizando todos estos años.

Y si no hubiera tenido que hacer lo que estoy haciendo, probablemente nunca habría tenido la oportunidad de valorar cuánto quiero lo que quiero. Con lo importante que es eso. Porque todo el mundo está bien cuando está bien. Pero qué difícil es tirar palante con el viento en contra.

Lo que empezó siendo una locura acabará siendo la razón para seguir probando mis límites. Si lo hice una vez, puedo hacerlo otra.

Porque si hubiera decidido no opositar, puede que me hubiera ahorrado mucho sufrimiento, pero nunca podría optar por todo lo que le sigue.

Eso sí, si algún día alguien se interesa por la oposición, le diré un par de cosas que a mí nunca me dijeron:
que sea feliz siempre y que no deje de intentarlo nunca.

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