DEL MUNDO POR MONTERA y otras necesidades básicas…

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 Tarde o temprano, en la vida, siempre llega un momento en que decides que te importe un carajo lo que piensen los demás. 

Para ahora mismo. Que urge. Que no tiene espera.

Me refiero a la necesidad de ser tú mismo, sin nada ni nadie que lo impida, enmascare o emborrone. A la necesidad de no mentir más, ni al mundo ni a tu persona. Ese momento en el que dejas de ser lo que siempre te han dicho que seas y pasas a ser lo que tú quieres ser. Que puede coincidir… o no.

Es la gota que colma el vaso. La que hace que explotes y empieces a andar con tus propios pies y por tí mismo, que no siempre es la misma cosa. Como cuando llegas tarde a la estación y tienes que medio parar el autobús en marcha. Cuando te cae la más grande encima justo antes de una cita y apareces con los pelos de punta, como si acabaras de pelearte a puñetazos con tu peor enemigo. O cuando ves a lo lejos a esa persona que no conoces pero que simplemente te encanta y no dudas en ir a hablarle. Cuando te conviertes en testigo de una sucesión de incoherencias, y en lugar de seguir presenciándolas, decides manifestarte. O cuando decides liberarte de la presencia de determinadas personas en tu vida. Ésos son los momentos de los que hablo. Momentos simples, cotidianos, en los que decides ponerte el mundo por montera. 

Porque total, no hay nada que perder. Sólo el tiempo. 

¿Qué más dará lo que piensen? Vida sólo hay una, y si no aprovechamos ahora para hacer todo lo que queremos y para ser justo como nos da la gana, ¿cuándo lo haremos? Nadie mejor que nosotros conocemos nuestras circunstancias, por lo tanto, sólo a nosotros nos debemos ciertas explicaciones.

Además, ¿ acaso es la gente la que va a recibir las consecuencias de lo que hagamos? No. Somos nosotros. Y tenemos derecho a elegir y a equivocarnos. A buscar nuestro propio camino. Y a encontrarlo.

Que si te gusta pintar, que pintes. Que si te chifla vestir de un manera, que lo hagas. Que si prefieres hacer lo que no hace nadie, que no dejes de hacerlo.

La vida es muy breve y, como el que está aprendiendo un idioma nuevo en un país extranjero, un día, de repente, nuestros sentidos se abren al mundo y empezamos a entender. A entender que quien de verdad nos aprecia, jamás nos ha pedido que cambiemos nada de lo que somos. Y lo que es mejor, que cuanto más nosotros mismos seamos, mejor rodeados estaremos.

Quizás haya gente que se vaya de nuestra vida cuando decidimos mostrarnos sin tapujos, porque no todos lo soportarán. Habrá otros a los que, directamente, habrá que invitar a salir educadamente. De lo que sí que estoy segura es de que, siendo nosotros mismos, los que vengan, llegarán para quedarse.

Sin embargo, es curioso que sólo somos capaces de llegar a esta conclusión cuando ya no podemos más o cuando sucede algo que nos hace despertar. Y en el peor de los casos, cuando ya es demasiado tarde. Por eso, mi propuesta es la autenticidad, aquí y ahora. Ya.

Todos queremos amigos de verdad y amor verdadero. Pero muy pocos invierten energía en ser ellos mismos amigos verdaderos o en querer de verdad. Y es que no podemos pedirle a nadie que haga lo que nosotros no hacemos. De verdad que no. Que primero tiene que mojarse uno mismo.

Y esto así, siempre acabamos diciendo que hemos perdido el tiempo (con alguien, por algo, en algún lugar). Aunque yo pienso que no. El tiempo no se pierde, sino que se invierte en otros menesteres, algunos de los cuales son asignaturas pendientes sin las que jamás podremos promocionar a un nivel superior. A la siguiente etapa. O a lo que toque.

No hay personas a las que no deberíamos haber conocido, cosas que deberíamos no haber hecho o lugares a los que no deberíamos haber ido, porque todo nos lleva a ser quienes somos hoy. Y eso es parte de la autenticidad: el no negar lo que somos. Nos guste o no, el pasado está ahí. Lo único que podemos hacer es reciclarlo, y hacerlo nuestro. Más todavía.

Perder el tiempo es querer hacer algo y no hacerlo. Pero nunca hacer algo que, en el momento, creamos acertado y que, después, descubramos que no resultó serlo tanto. Yo a eso lo llamo vivir. 

Estamos en un momento en que equivocarse es más fatídico que nunca. Siempre rodeados de máquinas que, si bien no son perfectas, pueden hacernos creer que lo son y que, por ejemplo, pueden modificar una fotografía hasta hacer que alguien perfectamente normal se acabe sintiendo mal por ser natural. Por ser auténtico.

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A todo esto me refería yo con lo de “ponerse el mundo por montera”. A aceptar y asumir que lo que ayer nos parecía perfecto, hoy no nos satisface. Que lo que queremos hoy, mañana puede ser que nos resulte insuficiente. Y que lo que pase mañana, no siempre estará en nuestras manos. A reclamar nuestro derecho a evolucionar como mejor nos parezca. A aceptar que no somos perfectos, pero sí perfectamente auténticos.

Deberíamos esforzarnos por hacer lo que realmente nos gusta. Esa es la mejor garantía de que acudimos al encuentro de personas que nos querrán por lo que somos, independientemente de como estemos. Ir a nadar, al campo o al cine. En pareja, con amigos o solo. Porque si cada uno fuera a donde quiere, siempre habría alguien con quien compartir esa soledad y no nos haría falta que nadie nos apoyara en la tarea de ser nosotros mismos.

Todos llegamos a la vida para aportar nuestra pequeña parte. Y en eso consiste esto: en descubrir cuál es la que nos ha tocado llevar a cabo a cada uno y vivirla lo más cerca posible de nuestras expectativas y deseos. De lo que fuimos. De lo que somos. De lo que seremos.

Siendo siempre la mejor, la única y la irrepetible versión de nosotros mismos.

Y al que no le guste, que no mire. 

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A la memoria de Adolfo Suárez. Para los que seguimos creyendo en la democracia.

La noticia, aunque esperada, ha caído como un jarro de agua fría para todo el país. Es patente la consternación en todos los canales de televisón, emisorias de radio y redes sociales. Se nos ha ido un hombre que creía en lo que hacía, y que se rindió a sus ideales. Se nos ha ido un hombre que representaba lo que hoy no se ve por ninguna parte: el compromiso y la congruencia.

Me fascina la capacidad de los políticos en estas últimas horas para elogiar lo que ellos deberían estar haciendo y no hacen (se ve que deliberadamente). Y también la capacidad de los españoles para hacer memoria, frente al poco espíritu que hay en las calles cuando se habla de sacar adelante un futuro común y digno para todos.

Parece que hubiéramos decidido bajar los brazos y rendirnos. Como si todo lo memorable en este país tuviera que ser contado en pretérito. Como si ya sólo nos quedara asistir al fin de un momento en nuestra historia en que fuimos grandes y estábamos orgullosos de lo que éramos. ¿Qué pasa, que sólo sabemos lamentarnos? ¿Que de verdad que hasta aquí hemos llegado? ¿Que esto es todo lo que sabemos y podemos hacer?

¿Dónde está la ilusión que hizo posible la transición? Este país tenía ilusión por el cambio, por el progreso, por la unión. Ahora sólo somos capaces de ponernos de acuerdo para celebrar un mundial de fútbol o, como mucho, para hacer un flashmob de esos que tanto se llevan últimamente en plena calle. Si podemos unirnos para ciertas cosas, significa que podemos hacerlo para todas las que nos propongamos.

Sin embargo, nadie se atreve a pronunciarse, porque tenemos miedo. Miedo de que nos quiten más derechos, más posibilidades, más sueños, más vida. Y así no vamos a ninguna parte. Esto no es vivir. Esto es esperar a morir. Como el que calla una opinión ante alguien que sostiene la opuesta. O el que decide que la suya es la única válida. El que, sabiendo lo que debería hacer en conciencia, opta por no hacerlo. El que se avergüenza de ser lo que es y de pedir lo que necesita. El que se queda quieto cuando su cuerpo entero le pide echar a andar. Y el que olvida de dónde viene y a dónde va.

Creo que hemos trastocado los conceptos. Son ellos los que nos deben una explicación, los que deben estar avergonzados de su escasa implicación (aunque siempre haya excepciones). Son ellos los que deberían tener miedo. Pero no lo tienen porque los que deberíamos alzarnos y pronunciarnos preferimos callarnos y dejar hacer. Como si la política no fuera con nosotros. Como si pudiéramos eludir que el vecino de la casa de arriba ha tenido que salir huyendo de su propia casa para seguir pagándola desde donde pueda. Como si pudiéramos vivir sabiendo que nuestros hijos serán el resultado de unos pocos políticos con ganas de imponer sus convicciones sin importarles su futuro (porque si les importara, lucharían por lo que tanto se oye estos días: el consenso). Como si pudiéramos ignorar el hecho de que la salud ya sí que está a la venta, incluso para el que no tiene con qué pagarla, y de que todo lo necesario empieza a tener precios inalcanzables. Como si la política se tratara de esperar a que acabe el turno del que está en el poder para entrar el siguiente y empezar a hacer (ahora es su momento) de su capa un sayo, en lugar de aunar esfuerzos y de mirar juntos en una misma dirección, incluso sí, para después de que acaben las legislaturas.

Hablo de una perspectiva de futuro, no de una chapuza del que impone su santa voluntad y después ya veremos. Que una nación somos todos, no sólo los que alcanzan la mayoría en unas elecciones. Que todos juntos podemos. De verdad, que tenemos poder suficiente, que así lo creo. Lo que hace falta es que se lo crean ustedes. Y no sólo cada cuatro años, sino cada día desde que nos levantamos. Porque no podemos pedir que nos dirija gente honesta si nosotros no lo somos. Porque sólo el que da ejemplo tiene la fuerza moral de pedírselo a los demás. Porque no podemos dejar que esto se convierta en una selva, reinando el que se considere más fuerte.

Es que yo enciendo la televisión y no sé si estoy viendo las puertas de un Juzgado o las del Congreso de los Diputados. Y me mato estudiando todos los días más de diez horas todo tipo de normas para sentirme, algunas veces, que estoy perdiendo el tiempo. Porque sólo se aplican a los más débiles. Sin embargo, no me quedo ahí. Sigo levantándome a las 7 cada día y sigo intentando memorizar todos los puñeteros artículos de todos los Códigos que tenemos. Porque creo que desde dentro podré hacer más que desde fuera. Y eso es lo que falla, en mi opinión. Que preferimos criticarnos y nos puede el miedo a ser criticados.

¿A cuánta gente razonable debemos despedir para siempre antes de concienciarnos de que somos nosotros los propios guardianes de nuestra época? Entre nosotros están los héroes que buscamos, y de nosotros salieron los que ahora merecidamente aclamamos. Que somos nosotros los que tenemos que coger las riendas. Que no vendrá nadie a hacerlo por nosotros. Que es el mismo país que fue capaz de levantarse una vez y podemos volver a hacerlo. Que la gente capaz existe, y debes ser tú. Y él. Y ella. Y todos.

Que el tiempo no espera a nadie.

Que mañana puede ser ya demasiado tarde.

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La amistad, divino tesoro

La vida no sabría igual si no tuviéramos con quién compartirla, si no hubiera alguien esperando a que le contáramos nuestras aventuras. O nuestras dificultades.

Hablo de personas a las que no nos liga nada más que el deseo de estar unidos a ellas, he ahí la fuerza del vínculo. Por eso, los de verdad, son para siempre. Porque las circunstancias cambian y las personas también, pero hay una cosa que no: su esencia. La gente a la que yo me refiero, te quiere por lo que eres; no por lo que tienes ni por como estés. Está ahí para recordarte cómo eres cuando se te olvida y para darle uso a su pasado, reciclándolo y convirtiéndolo en un consejo que, dependiendo del momento, nos puede ahorrar un error irreparable. Son esa especie de “ojos de repuesto” con los que siempre podremos contar para cuando los nuestros no sean de fiar.

Es indescriptible la alegría que se siente al volverlos a ver, sea después de unos días o después de años. Y que parezca que no hubiera pasado ni un solo día desde la última vez. Personas con las que nos actualizamos mediante una sola mirada. A ver qué clase de tecnología puede superar esa velocidad.

No importa la lengua que hablen ni la cultura a la que pertenezcan, porque, cuando son de verdad, la comunicación simplemente fluye. Sobran las palabras y las explicaciones. Sencillamente se sabe. O lo que es mejor, se siente, en algún lugar de nuestro cuerpo que nunca nadie ha logrado localizar y al que muchos se arriesgan a llamar “corazón”. Aunque con la diferencia de que este lugar del que yo hablo jamás dejará de latir.

No hay kilómetros suficientes para alejarlos, así se mudaran de planeta. Son parte de nosotros, de lo que somos y de lo que fuimos. Entraron en nuestra vida por casualidad, pero no fue por casualidad que en ella se quedaron.

Son esa clase de gente que no pregunta, sino que directamente responde, aunque a veces no sepamos cómo pueden hacerlo. Tienen ese punto de magos en nuestra vida que los diferencia del resto de personas: pueden leer nuestra mente. Y además de todo esto, tienen la capacidad de acordarse de tus problemas a pesar de los suyos y nunca dejarán de defenderte cuando tu nombre se ponga en entredicho, como si hubiera sido el suyo propio. Lo tuyo les duele, y lo suyo es tuyo.

Me refiero a esas personas que te advirtieron mil y una veces las consecuencias y que, a pesar de haber prescindido de sus palabras y habernos equivocado, nunca nos lo echarán en cara. Simplemente te preguntarán que dónde estás. Te conocen, pero no te juzgan cuando te das la vuelta. Ellos siempre encuentran el momento para decírtelo a la cara, aunque duela. Porque si nunca te hacen llorar, no son de los verdaderos. Sin embargo, siempre encontrarán la manera para que no sea así. Y no hace falta que pidan perdón. Tú ya sabes que lo sienten.

Gente de la que nunca dejas de aprender y te preguntas cómo lo hacen para seguir sorprendiéndote a pesar de tantos momentos compartidos. Te empujarán a volar y te repetirán mil veces lo bueno que eres en algo hasta que te lo creas. Porque ellos creen en tí e inventarán su mundo las veces que haga falta para que tú encajes en él.

Los que se enfadan contigo cuando ven venir que algo te hará daño antes que tú. Los que te abren las puertas de su casa, de su gente y de su tiempo. Los que (verdaderamente) te desean unos buenos días. Esa clase de personas que no se cuentan por números, sino por aventuras. Las que no pueden dormir si han discutido contigo y las mismas a las que una sola sonrisa les basta para saber que todo está bien de nuevo. Los que van a tu casa a las 12 de la noche sólo para comprobar que estás bien, darte un beso en la frente e irse si te dejas el teléfono descolgado.

Los que te guardan el sitio en clase o en el autobús y los que deciden compartir contigo el bono para los baños turcos que les había regalado su ex en plan romántico. Aquellos en cuya foto de perfil apareces alguna vez, porque quieren que el mundo entero sepa lo importante que eres para ellos.

Cuando te presentan a alguien que tú no has visto en tu vida y ese alguien ya sabe todo de tí y te mira como si te conociera de siempre. O cuando suena una canción y piensan en tí. Son las personas a las que le perdiste la pista, cuando no había tanto medio como hay hoy día para mantener el contacto con los que están lejos (pero cuya eficacia no está del todo probado con los que tenemos al lado) y que te hacen una petición de amistad al cabo de mil años, después de partirse la cabeza con nuestros apellidos, intentando recordar nuestras aficiones o cualquier indicio que les pueda llevar a nuestro perfil. Y los que te dejan su teléfono antes de que se lo pidas porque no quieren perderte otra vez.

Pueden pasarse horas riéndose contigo, pero matarían al que lo hiciera de tí. Yo daría lo que fuera por no vivir a más de cinco minutos de ellos, porque te contagian su manera de ser. Y sabes que cuando dicen siempre, significa siempre. No son importantes sólo porque te escuchan cuando necesitas hablar, sino porque ellos quieren contarte sus cosas a tí.

Sin embargo, también los hay que fueron todo esto y un día simplemente salieron del camino que cada uno transitamos (lo que no quita que los sigamos echando de menos y que nunca terminemos de entender por qué pasó).

A algunos directamente es que ni los hemos llegado a conocer en persona aún desde que se cruzaron en nuestras pantallas. Pero por algún motivo sabemos que nunca se irán y no concebimos un futuro sin ellos.

Those who are going to need some kind of translator to undertsand the whole text, y las que en mitad de la carrera hacia la meta decidieron que no seríamos competidoras, sino que esta batalla la ganaríamos juntas y que me dieron la mano para correr conmigo en la misma dirección. O las que el destino pone en tu vida sentándolas simplemente a tu lado el primer día de clase, haciéndonos inseparables.

Los primeros,

los últimos

y a veces, los únicos.

LOS AMIGOS.

A los míos dedico esta entrada, tanto a los que ya estaban en mi familia como a los que he ido descubriendo a lo largo de mi camino. Cada uno de ellos sabe por qué, pero por si acaso, lo aclaro: porque los quiero con locura y porque son lo más grande que una persona puede tener.

Conservemos los que tenemos, busquemos a los que echamos de menos y seamos lo suficientemente confiados como para identificar a los que la vida nos quiera traer, porque ellos son nuestra historia, y al fin y al cabo…

¿qué somos sino la historia que escribimos cada día?

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De los ilusos y la ilusión

Eres una ilusa, Marta. Las cosas no son tan bonitas como tú las ves. La gente ya no tiene palabra y cada uno va a su bola“, me dijeron. “Habla por tí“, pensé yo.

Yo no soy ilusa, tengo ilusión, que es distinto. ¿Quién alguna vez logró algo sin soñarlo primero? Acción, reacción. Esa es mi teoría. Lo que no podemos hacer es esperar a que las cosas vengan o cambien solas, porque no lo harán. “Cambiar solo” significa que cambiarán de la mano de otros, porque nada se mueve si no lo empujamos nosotros.

No podemos inmunizarnos contra el veneno que nos mata, porque siempre nos mata. En nuestros días me refiero a la apatía, la desilusión, la desesperanza. Nadie consiguió nada partiendo de esas premisas. ¿Entonces tengo que creer que lo que me dicen es verdad y punto? ¿Ésas son todas mis opciones? Quizás eso es lo que ellos quieren, pero no lo que elijo yo. Yo elijo expandirme, pronunciarme, contribuir.

“Tú sola no puedes cambiar el mundo”, sentenció aquella persona. Y llevaba razón. Yo sola no… pero muchos como yo, convencidos de que se puede, sí. Me niego a que me definan como parte de una “juventud sin futuro o sin posibilidades”. Y lo mismo opino de los que ya no son tan jóvenes: deberían negarse a que les digan lo que son. Uno es lo que hace, no lo que nace. Nadie nunca debe subestimar el valor de una gota de agua, porque cada cierto número de gotas, una ola choca contra una roca y la arrastra.

El único espejo en el que debemos mirarnos es en el de nuestra habitación, al levantarnos. Cuando aún no hemos encendido la televisión o la radio. Antes de salir a la calle y de que alguien, como la persona que me crucé yo, nos quite las ganas de seguir hacia adelante. Si te mueves, si actúas, si te revuelves, estás poniendo en evidencia al que no lo hace. Y se sienten ofendidos. Por eso te atacan, aunque a veces no sepamos cuál era el motivo.

Si Thomas Edison se hubiera conformado, hoy en día no tendríamos iluminación artificial. Lo que quiero decir es que los logros verdaderos, sólo se conciben como tal cuando miramos hacia atrás en la historia, en el camino. Entonces todo el mundo se apunta a la victoria, pero en el momento, este hombre, así como Graham Bell, Paul Nipkow, Fleming, Marconi o Morse, fueron unos ilusos. Se creyeron que podrían inventar un aparato que transmitiera eléctricamente la voz humana, que enviara imágenes o palabras al otro lado del mundo. Qué ilusos. Pero lo consiguieron.

Es que yo no soy una ilusa, oiga usted. Lo que pasa es que tengo ganas. Y objetivos. Ser ilusa sería esperar sentada cada día a que ocurriera un milagro. Lo que yo hago es propiciarlo, colocar las cosas de tal manera en mi vida que tengan por donde entrar las oportunidades. Porque las oportunidades no se pierden, otro las toma en tu lugar. Y las mías son mías, y pienso lucharlas con uñas y dientes.

Luchar es pelear, que no pelearse. No todas las batallas se libran encima de un estrado o en un súper despacho. La mayoría de las grandes batallas tienen lugar en sitios normales del día a día, y solos. La mía, en concreto, dura ciertas horas al día entre cuatro paredes y estoy yo contra mí misma. Nadie más. Y como yo, mucha otra gente en sus tareas rutinarias. Lo importante es que el objetivo esté claro y nuestra motivación sea incombustible, incondicional. Si yo no creyera en lo que hago, ¿cómo sería capaz de estar tantísimas horas delante de tanto libro?

Eso sí, todo en esta vida tiene un precio. Hace poco decía que creo que se puede tener todo, aunque quizás no al mismo tiempo. Ahora tengo juventud, pero me falta independencia económica. Cuando tenga ésta, probablemente venga acompañada de alguna que otra arruga. Y así siempre. Sin embargo, hay que apostar. Llega un momento en la vida en que hay que apostar: por alguien, por algo, por un lugar. Y darlo todo, porque nada que se hace a medias da como resultado algo completo.

Hay que tratar de vivir como si ya lo hubiéramos conseguido. Como si ya hubiéramos estado en el futuro y hubiéramos visto que se puede, y entonces hubiéramos decidido volver deliberadamente a vivir el día que nos toca vivir. Si no te ves tú, no esperes que nadie te vea. Si no crees tú en tí, no esperes que nadie te convenza. Porque yo no soy una ilusa, sino una mujer convencida de que si verdaderamente quieres algo, ese algo está esperando a que extiendas la mano y lo alcances. Nada es imposible, sólo hay cosas que se hacen esperar un poquito más. El experto no nace, se hace. Si crees que algo es posible, empieza a serlo.

Ve por ello, haz que pase.

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La importancia de un padre (Día de San José)

No importa si lo veíamos a diario durante nuestra infancia o sólo de vez en cuando, incluso si nunca llegamos a verlo. Tampoco si resultó ser nuestro modelo a seguir o si acabó por encarnar todo aquello de lo que nos pasaríamos huyendo el resto de nuestra vida. Pero lo cierto es que todos necesitamos esa referencia primera, el minuto uno, un punto de partida: nuestro padre. Y no se me ocurre mejor día para reflexionar al respecto que un 19 de marzo.

Supongo que al pensar en nuestro padre puede que no todos pensemos en nuestro progenitor. Los hay que habrán crecido con su tío, con su abuelo, con un amigo de la familia o con un profesor. Y de ellos también es este día, porque un padre no es sólo aquel que te da la oportunidad de vivir la vida, sino aquel que voluntariamente decide invertir la suya en tí.

El mío, a quien dedico esta entrada, es un padre que aunque no pudo estar conmigo todo lo que quisiera durante mi infancia supo darle calidad a los ratos que pasamos juntos y me enseñó muchas de las cosas que ahora son las que me siguen empujando a continuar hacia adelante cada día. Y es que educar es eso, empujar hacia el futuro, no adiestrar.

Me enseñó a soñar desde el esfuerzo y a que el esfuerzo todo lo conquista. Me hizo ver que para ser feliz hay que aprender a renunciar. Que la clase rara vez tiene que ver con el dinero y que ante todo, hay que ser una buena persona, por muy arriba que se esté en el podio.

Mi padre logró alcanzar la meta que se propuso en su vida, pero sin olvidar a quien le ayudó a escalar la montaña. Fue una persona que llegó a tener a muchísimos trabajadores a su cargo, pero que vivió para ellos, no de ellos. Jamás dejó sin responder una pregunta mía, ni me mintió en la contestación, porque los niños no sólo necesitan respuestas, sino verdades, aunque ello implicara una explicación de una hora en lugar de un minuto. Siempre me trató como si ya fuera adulta y quizás por eso pude llegar a serlo. Puedo decir que tengo un amigo que me hizo llorar cuando debió hacerlo, como el actor que ensaya el guión justo antes de que suban el telón, y que aún a día de hoy sigue apostando por mí cuando ni yo misma sé cómo hacerlo.

Considero, por tanto, que un padre es importante no sólo por lo que hace, sino por lo que deja a su paso en nuestra vida cuando somos nosotros los que hemos de levantar el vuelo. A veces, todo bueno y otras no tanto. Sin olvidar que todos hicieron que hoy seamos lo que somos, bien por imitación bien por reacción, pero siendo conscientes de que el futuro está en nuestras manos y de que somos nosotros el capitán de nuestro barco.

Ojalá que seamos capaces de devolver a nuestros padres ese esfuerzo que un día decidieron invertir en nosotros, y que cuando nos toque a nosotros tomar tal decisión respecto a nuestros hijos, seamos la mitad de valientes de lo que lo fueron ellos.

Gracias, papás.

¡Feliz día de San José a todos!

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Tarde de domingo, que no necesariamente domingo por la tarde.

Tarde de domingo, que no necesariamente domingo por la tarde.

Yo me refiero a tarde de garajes que se abren para despedir a coches cargados de maletas y de despedidas, no sólo de personas sino también de lugares, de momentos. Tarde de sosiego, de reflexión y de un poco de tristeza. En todo duelo la hay. Y en todo cambio hay un duelo. Aunque sea cada semana, e incluso varias veces al día.

Sin embargo, y aunque en cada uno de nosotros haya una tarde de domingo, no todos la tenemos los domingos por la tarde. Los hay que empezamos la semana en domingo o que no disponen del fin de semana y entonces, esa tarde de domingo se camufla entre las últimas horas de un sábado o de cualquier día de la semana. Los hay que tienen, incluso, varios domingos a la semana. Yo, por ejemplo. Pero todos necesitamos ese momento cada ciertos días para poner un punto y final a lo que ya pasó, para reciclar aquello que no salió bien y ponerle un nuevo vestido color esperanza. Para aceptar que hay ciertas cosas que ya no volverán y para entender que hay cosas que jamás llegarán a ser. Para hacer borrón y cuenta nueva…

Por eso hay diferentes tardes de domingo: las que duran unas horas y las que duran unos minutos, las que duran un viaje, varios días, e inlcuso meses.  Las que suceden de imprevisto al volver a casa, las que se pasan con amigos y las que se pasan en soledad, las que vuelan planeando y las que se invierten descansando. Pero en todas ellas se acaba algo de lo que hemos venido siendo.

Domingo es ruptura, pero también comienzo. Es tristeza, pero también esperanza. Es final, pero también encuentro. Domingo es ese eterno punto de inflexión donde uno analiza si se va en la dirección correcta. Es ese momento previo a hablar en público en que el corazón parece querer salirse del pecho. Ese momento previo al comienzo de la carrera. Domingo es el segundo estadio de “preparados, listos, ya”.

Lo importante es que tengamos tarde de domingo. Que pongamos en orden nuestras ideas y que dejemos espacio para las que vienen. Estamos en una sociedad que yo estimo hedonista, y que huye del dolor, que no siempre premia el esfuerzo y que mortifica la renuncia. Dicen que se puede tener todo, y yo lo creo, pero quizás no al mismo tiempo. A veces hay que pararse para coger impulso, para retomar la película por donde la habíamos dejado. Y eso no lo considero malo siempre que nos sirva para seguir hacia adelante.

Podemos pararnos, pero no quedarnos parados. Hay que seguir andando, aunque sea lento, porque siempre será mejor haber andado poco que no haber adelantado un paso. Hay que reanudar la marcha, o cambiar la dirección. Pero hay que seguir, y siempre hacia adelante, con la vista puesta en el horizonte, pero sin perder de vista el camino, que es todo lo que queda cuando llegamos a nuestro destino.

 

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Las ventajas del madrugar, aunque no siempre amanezca antes.

A mí me encanta madrugar, y esto lleva siendo así desde que tengo uso de razón. Sin embargo, la mayoría de la gente lo identifica con una obligación. Y ahí está el problema, porque siendo lo primero que hacemos en el día, puede condicionar muchísimo el desarrollo de la jornada.

Yo prefiero madrugar, aún cuando no tengo que estudiar, porque asisto con el cielo al milagro de un nuevo día. Adoro salir al patio, cuando estoy en casa, y tomarme el té en silencio mientras los pajarillos ahora, en primavera, van cantando su despertar.

Para los que viven en bloques de pisos y no tienen patio, les recomiendo el balcón, lo mejor que ha inventado el hombre después de la rueda, porque te permite estar en la calle con todo lo bueno de estar en casa (pelos de punta, pijama puesto, cara de malas pulgas…) y no te obliga ni siquiera a decir cosas coherentes. Y digo que se queden en el balcón, aunque sea un par de minutos mientras se calienta la leche en el microondas y observen (que no es lo mismo que ver o mirar) la gente pasar, los coches, las ventanas que ya están abiertas, las que se abren, ese verde oscuro de los árboles a los que aún no ha alcanzado la luz o el malva de las paredes aún en sombra, el olor de un nuevo día aún sin contaminar, salvaje, esperando a ser escrito…

Se trata de explotar los sentidos y de abrir los ojos ante las nuevas horas que se nos regalan, antes de que comencemos a correr y sin darnos cuenta, nos caiga la noche encima, especialmente en invierno.

Mejor aún sería salir a la calle directamente, el que pueda. A correr, a andar, o de camino al trabajo o la facultad. Sin música ni auriculares. Nosotros y la calle. Es increíble la de gente que hace todos los días el mismo recorrido sin advertir que un día simplemente dejará de hacerlo y todo pasará a ser historia y que entonces lo echará de menos, e invadido por la nostalgia lo convertirá en un bonito recuerdo que contar a los que vienen, pero… ¿ por qué no hacerlo bonito desde ya?

 El día a día y la rutina, para muchos aburridos, puede aportarnos una gran ventaja. Dado que ya sabemos cuál es el planning, podemos fijarnos en otras cosas a las que indudablemente no podríamos prestarle atención si fuera la primera vez que acudimos a un lugar o que hacemos algo. Es como conducir: una vez que dominas el coche puedes empezar a prestarle atención a las calles y sus señales. Y en este caso, no sólo a las de trafico, sino a todas las demás que también nos esperan por el camino, como la sonrisa desinteresada del niño que va al cole de la mano de su mamá o de su papá, la persona que barre y limpia la calle para los que la empezamos a transitar, el panadero con su coche repartiendo lo que dentro de muy poquito serán tostadas con aceite (¡qué ricas!), el coche que nos cede el paso o la persona que nos advierte de que hemos perdido algo por el camino y viene corriendo a dárnosla o a avisarnos.

Todas ésas son señales de que va a ser un gran día, de que ya es un gran día, y sin embargo solemos ignorarlas.

Mi propuesta es, en primer lugar, empatizar con los demás. Darnos cuenta de que todos tenemos preocupaciones que solventar y obligaciones que cumplir, y de que mi carne no duele más que la de los demás, por lo que un trato amable, en principio, se lo merece todo el mundo. Nadie tiene la culpa de lo que me pase a mí pero todos somos responsable de hacer que el día de aquellos cuyos días, a su vez, se cruzan con el mío sea un poquito mejor. Y segundo, interaccionar con el entorno. Salir a la calle con la convicción de que hoy será el día que yo quiera que sea, a pesar de las complicaciones. Las dificultades, si las hay, me darán experiencia para el futuro y los imprevistos me devolverán a la realidad de que no soy una máquina ni vivo solo en este planeta.

Empezar el día con la convicción de que, en un mundo donde nada es seguro, todo es posible, y de que esa posibilidad sólo existe si la creamos, abriendo bien los ojos, estando alerta. Con 24 nuevas horas para enmendar lo que no nos gustó de ayer, hacer lo que todavía no hemos hecho y tenemos pendiente o mejorar lo que sabemos que podríamos haber hecho mejor. El reloj está en marcha… ¿Qué haces aún aquí?

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