No nos damos cuenta de la suerte que tenemos hasta que dejamos de tenerla

No nos damos cuenta de la suerte que tenemos hasta que dejamos de tenerla. Pero entonces puede ser tarde. Y yo cada día estoy menos dispuesta a perder mi tiempo.

Quizás será por la oposición, ya que desde que la empecé he tenido que aprender a meter mis días “en tiempo”, cronómetro en mano. Pero lo cierto es que, lo que en un primer momento puede parecer (y doy fe de que lo es) agobiante, también te enseña a valorar mucho más los momentos libres. Y a seleccionar las cosas a los que los dedicas.

Es precisamente en esos dos momentos, cuando tienes que elegir qué hacer (¡ahora eres libre! ¡vamos! ¡sal, corre, vive!) y cuando no puedes elegir (domingo a viernes, de 8am a 21.00pm) que todo deviene mucho más nítido ante mis ojos.

Yo no quiero tener que dejarme la piel en la mesa con los libros, pero la sensación de haber cumplido con mi deber al acabar el día es necesariamente su consecuencia e insustituiblemente placentera. Tampoco me gusta no poder salir a la calle cuando hace un buen día, pero si lo hiciera, no podría estar disfrutando del calor de mi perrito acompañándome incondicionalmente a los pies de la mesa. Preferiría no levantarme a las 7 todos los días, pero si me levantara más tarde, no podría desayunar con mi madre, las dos charlando en la cocina, antes de que ella se vaya al colegio. Podría ser ya independiente, de hecho, si hubiera elegido otro camino, y sin embargo sigo viviendo con mis padres. Y qué gran tesoro será éste cuando ya sólo nos quede el teléfono.

Podría, en definitiva, como todos vosotros, hacer muchas cosas (por las que lucho) en lugar de las que hago. Sin embargo, me estaría perdiendo todas estas otras. Toda decisión lleva implícita una renuncia, y en toda cara hay una cruz. Así de simple y aplastante.

Por eso, cuando nos levantemos, tenemos que hacer que lo que nos ocupe hoy valga la renuncia a todo lo que no tenemos. Que lo que debemos hacer hoy sea lo que queremos hacer hoy. Y cuando todo cambie y la historia sea otra, aunque sea la que siempre estuvimos buscando, lo mismo.

Es duro, y cuesta mucho, a mí la primera, ya que vivimos en una sociedad en la que todo hay que hacerlo rápido: comer, aparcar el coche, comprar, ir, venir, salir, enamorarse, desenamorarse, recordar, olvidar(se), hablar, contar(se), aprender, envejecer, morir… Pero me niego a vivir corriendo, si con eso acepto que mis días pasen desapercibidos. 

No quiero que pase un día sin que mis amigas, mis amigos, mi familia, mis compañeros, mi novio, mi gente, sepa que los quiero. Porque los quiero. Porque puedo tener potenciales amigos a mi lado en el metro o el autobús y mi mal genio los hará invisibles a mis ojos. O porque quizás simplemente son esas personas las que necesitan mi sonrisa ese día, sin nada a cambio. Porque no quiero morir cada día un poquito, sino vivir cada día lo que me queda. Porque el tiempo se acaba, siempre se acaba, ya se está acabando, y nunca más volverá a ser esta hora, de este día, de este año.

Tic, tac, tic, tac, tic, tac, tic, tac, tic, tac…

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3 thoughts on “No nos damos cuenta de la suerte que tenemos hasta que dejamos de tenerla

  1. Samy dice:

    Hay tres tipos de personas:
    – Las que miran lo que pasa
    – Las que preguntan qué pasa
    y
    – Las que hacen que las cosas pasen.

    Siempre has pertenecido a éste último y así te va.
    Te felicito por esta iniciativa y te deseo toda la felicidad del mundo.

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