La amistad, divino tesoro

La vida no sabría igual si no tuviéramos con quién compartirla, si no hubiera alguien esperando a que le contáramos nuestras aventuras. O nuestras dificultades.

Hablo de personas a las que no nos liga nada más que el deseo de estar unidos a ellas, he ahí la fuerza del vínculo. Por eso, los de verdad, son para siempre. Porque las circunstancias cambian y las personas también, pero hay una cosa que no: su esencia. La gente a la que yo me refiero, te quiere por lo que eres; no por lo que tienes ni por como estés. Está ahí para recordarte cómo eres cuando se te olvida y para darle uso a su pasado, reciclándolo y convirtiéndolo en un consejo que, dependiendo del momento, nos puede ahorrar un error irreparable. Son esa especie de “ojos de repuesto” con los que siempre podremos contar para cuando los nuestros no sean de fiar.

Es indescriptible la alegría que se siente al volverlos a ver, sea después de unos días o después de años. Y que parezca que no hubiera pasado ni un solo día desde la última vez. Personas con las que nos actualizamos mediante una sola mirada. A ver qué clase de tecnología puede superar esa velocidad.

No importa la lengua que hablen ni la cultura a la que pertenezcan, porque, cuando son de verdad, la comunicación simplemente fluye. Sobran las palabras y las explicaciones. Sencillamente se sabe. O lo que es mejor, se siente, en algún lugar de nuestro cuerpo que nunca nadie ha logrado localizar y al que muchos se arriesgan a llamar “corazón”. Aunque con la diferencia de que este lugar del que yo hablo jamás dejará de latir.

No hay kilómetros suficientes para alejarlos, así se mudaran de planeta. Son parte de nosotros, de lo que somos y de lo que fuimos. Entraron en nuestra vida por casualidad, pero no fue por casualidad que en ella se quedaron.

Son esa clase de gente que no pregunta, sino que directamente responde, aunque a veces no sepamos cómo pueden hacerlo. Tienen ese punto de magos en nuestra vida que los diferencia del resto de personas: pueden leer nuestra mente. Y además de todo esto, tienen la capacidad de acordarse de tus problemas a pesar de los suyos y nunca dejarán de defenderte cuando tu nombre se ponga en entredicho, como si hubiera sido el suyo propio. Lo tuyo les duele, y lo suyo es tuyo.

Me refiero a esas personas que te advirtieron mil y una veces las consecuencias y que, a pesar de haber prescindido de sus palabras y habernos equivocado, nunca nos lo echarán en cara. Simplemente te preguntarán que dónde estás. Te conocen, pero no te juzgan cuando te das la vuelta. Ellos siempre encuentran el momento para decírtelo a la cara, aunque duela. Porque si nunca te hacen llorar, no son de los verdaderos. Sin embargo, siempre encontrarán la manera para que no sea así. Y no hace falta que pidan perdón. Tú ya sabes que lo sienten.

Gente de la que nunca dejas de aprender y te preguntas cómo lo hacen para seguir sorprendiéndote a pesar de tantos momentos compartidos. Te empujarán a volar y te repetirán mil veces lo bueno que eres en algo hasta que te lo creas. Porque ellos creen en tí e inventarán su mundo las veces que haga falta para que tú encajes en él.

Los que se enfadan contigo cuando ven venir que algo te hará daño antes que tú. Los que te abren las puertas de su casa, de su gente y de su tiempo. Los que (verdaderamente) te desean unos buenos días. Esa clase de personas que no se cuentan por números, sino por aventuras. Las que no pueden dormir si han discutido contigo y las mismas a las que una sola sonrisa les basta para saber que todo está bien de nuevo. Los que van a tu casa a las 12 de la noche sólo para comprobar que estás bien, darte un beso en la frente e irse si te dejas el teléfono descolgado.

Los que te guardan el sitio en clase o en el autobús y los que deciden compartir contigo el bono para los baños turcos que les había regalado su ex en plan romántico. Aquellos en cuya foto de perfil apareces alguna vez, porque quieren que el mundo entero sepa lo importante que eres para ellos.

Cuando te presentan a alguien que tú no has visto en tu vida y ese alguien ya sabe todo de tí y te mira como si te conociera de siempre. O cuando suena una canción y piensan en tí. Son las personas a las que le perdiste la pista, cuando no había tanto medio como hay hoy día para mantener el contacto con los que están lejos (pero cuya eficacia no está del todo probado con los que tenemos al lado) y que te hacen una petición de amistad al cabo de mil años, después de partirse la cabeza con nuestros apellidos, intentando recordar nuestras aficiones o cualquier indicio que les pueda llevar a nuestro perfil. Y los que te dejan su teléfono antes de que se lo pidas porque no quieren perderte otra vez.

Pueden pasarse horas riéndose contigo, pero matarían al que lo hiciera de tí. Yo daría lo que fuera por no vivir a más de cinco minutos de ellos, porque te contagian su manera de ser. Y sabes que cuando dicen siempre, significa siempre. No son importantes sólo porque te escuchan cuando necesitas hablar, sino porque ellos quieren contarte sus cosas a tí.

Sin embargo, también los hay que fueron todo esto y un día simplemente salieron del camino que cada uno transitamos (lo que no quita que los sigamos echando de menos y que nunca terminemos de entender por qué pasó).

A algunos directamente es que ni los hemos llegado a conocer en persona aún desde que se cruzaron en nuestras pantallas. Pero por algún motivo sabemos que nunca se irán y no concebimos un futuro sin ellos.

Those who are going to need some kind of translator to undertsand the whole text, y las que en mitad de la carrera hacia la meta decidieron que no seríamos competidoras, sino que esta batalla la ganaríamos juntas y que me dieron la mano para correr conmigo en la misma dirección. O las que el destino pone en tu vida sentándolas simplemente a tu lado el primer día de clase, haciéndonos inseparables.

Los primeros,

los últimos

y a veces, los únicos.

LOS AMIGOS.

A los míos dedico esta entrada, tanto a los que ya estaban en mi familia como a los que he ido descubriendo a lo largo de mi camino. Cada uno de ellos sabe por qué, pero por si acaso, lo aclaro: porque los quiero con locura y porque son lo más grande que una persona puede tener.

Conservemos los que tenemos, busquemos a los que echamos de menos y seamos lo suficientemente confiados como para identificar a los que la vida nos quiera traer, porque ellos son nuestra historia, y al fin y al cabo…

¿qué somos sino la historia que escribimos cada día?

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10 thoughts on “La amistad, divino tesoro

  1. irenpower dice:

    Los amigos estamos para eso, para estar cuando HAY QUE, para compartir cosas y para cuando los demás NO están.
    Pero por supuesto, cuando sacamos un ratito, estamos para pasar momentos geniales, sea lo que sea, pero en compañía. =)-

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