A la memoria de Adolfo Suárez. Para los que seguimos creyendo en la democracia.

La noticia, aunque esperada, ha caído como un jarro de agua fría para todo el país. Es patente la consternación en todos los canales de televisón, emisorias de radio y redes sociales. Se nos ha ido un hombre que creía en lo que hacía, y que se rindió a sus ideales. Se nos ha ido un hombre que representaba lo que hoy no se ve por ninguna parte: el compromiso y la congruencia.

Me fascina la capacidad de los políticos en estas últimas horas para elogiar lo que ellos deberían estar haciendo y no hacen (se ve que deliberadamente). Y también la capacidad de los españoles para hacer memoria, frente al poco espíritu que hay en las calles cuando se habla de sacar adelante un futuro común y digno para todos.

Parece que hubiéramos decidido bajar los brazos y rendirnos. Como si todo lo memorable en este país tuviera que ser contado en pretérito. Como si ya sólo nos quedara asistir al fin de un momento en nuestra historia en que fuimos grandes y estábamos orgullosos de lo que éramos. ¿Qué pasa, que sólo sabemos lamentarnos? ¿Que de verdad que hasta aquí hemos llegado? ¿Que esto es todo lo que sabemos y podemos hacer?

¿Dónde está la ilusión que hizo posible la transición? Este país tenía ilusión por el cambio, por el progreso, por la unión. Ahora sólo somos capaces de ponernos de acuerdo para celebrar un mundial de fútbol o, como mucho, para hacer un flashmob de esos que tanto se llevan últimamente en plena calle. Si podemos unirnos para ciertas cosas, significa que podemos hacerlo para todas las que nos propongamos.

Sin embargo, nadie se atreve a pronunciarse, porque tenemos miedo. Miedo de que nos quiten más derechos, más posibilidades, más sueños, más vida. Y así no vamos a ninguna parte. Esto no es vivir. Esto es esperar a morir. Como el que calla una opinión ante alguien que sostiene la opuesta. O el que decide que la suya es la única válida. El que, sabiendo lo que debería hacer en conciencia, opta por no hacerlo. El que se avergüenza de ser lo que es y de pedir lo que necesita. El que se queda quieto cuando su cuerpo entero le pide echar a andar. Y el que olvida de dónde viene y a dónde va.

Creo que hemos trastocado los conceptos. Son ellos los que nos deben una explicación, los que deben estar avergonzados de su escasa implicación (aunque siempre haya excepciones). Son ellos los que deberían tener miedo. Pero no lo tienen porque los que deberíamos alzarnos y pronunciarnos preferimos callarnos y dejar hacer. Como si la política no fuera con nosotros. Como si pudiéramos eludir que el vecino de la casa de arriba ha tenido que salir huyendo de su propia casa para seguir pagándola desde donde pueda. Como si pudiéramos vivir sabiendo que nuestros hijos serán el resultado de unos pocos políticos con ganas de imponer sus convicciones sin importarles su futuro (porque si les importara, lucharían por lo que tanto se oye estos días: el consenso). Como si pudiéramos ignorar el hecho de que la salud ya sí que está a la venta, incluso para el que no tiene con qué pagarla, y de que todo lo necesario empieza a tener precios inalcanzables. Como si la política se tratara de esperar a que acabe el turno del que está en el poder para entrar el siguiente y empezar a hacer (ahora es su momento) de su capa un sayo, en lugar de aunar esfuerzos y de mirar juntos en una misma dirección, incluso sí, para después de que acaben las legislaturas.

Hablo de una perspectiva de futuro, no de una chapuza del que impone su santa voluntad y después ya veremos. Que una nación somos todos, no sólo los que alcanzan la mayoría en unas elecciones. Que todos juntos podemos. De verdad, que tenemos poder suficiente, que así lo creo. Lo que hace falta es que se lo crean ustedes. Y no sólo cada cuatro años, sino cada día desde que nos levantamos. Porque no podemos pedir que nos dirija gente honesta si nosotros no lo somos. Porque sólo el que da ejemplo tiene la fuerza moral de pedírselo a los demás. Porque no podemos dejar que esto se convierta en una selva, reinando el que se considere más fuerte.

Es que yo enciendo la televisión y no sé si estoy viendo las puertas de un Juzgado o las del Congreso de los Diputados. Y me mato estudiando todos los días más de diez horas todo tipo de normas para sentirme, algunas veces, que estoy perdiendo el tiempo. Porque sólo se aplican a los más débiles. Sin embargo, no me quedo ahí. Sigo levantándome a las 7 cada día y sigo intentando memorizar todos los puñeteros artículos de todos los Códigos que tenemos. Porque creo que desde dentro podré hacer más que desde fuera. Y eso es lo que falla, en mi opinión. Que preferimos criticarnos y nos puede el miedo a ser criticados.

¿A cuánta gente razonable debemos despedir para siempre antes de concienciarnos de que somos nosotros los propios guardianes de nuestra época? Entre nosotros están los héroes que buscamos, y de nosotros salieron los que ahora merecidamente aclamamos. Que somos nosotros los que tenemos que coger las riendas. Que no vendrá nadie a hacerlo por nosotros. Que es el mismo país que fue capaz de levantarse una vez y podemos volver a hacerlo. Que la gente capaz existe, y debes ser tú. Y él. Y ella. Y todos.

Que el tiempo no espera a nadie.

Que mañana puede ser ya demasiado tarde.

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2 thoughts on “A la memoria de Adolfo Suárez. Para los que seguimos creyendo en la democracia.

  1. Irene dice:

    Marta, totalmente de acuerdo contigo. Yo siempre me planteo qué pasó en la Transición que ha desaparecido en el presente. Porque las personas que nos gobiernan son los jóvenes de aquél momento, los que se alzaban contra los famosos “grises” y corrían delante de ellos por (sus) nuestros derechos actuales.

    Puede que nos falte agallas, o nos sobren comodidades. No lo sé. No negaré que soy la primera que me indigno y punto. No muevo más que folio arriba y folio abajo. Sinceramente tampoco creo que con manifestaciones se soluciones o se vaya a cambiar algo la cosa. Por eso quizá estudio lo que estudio. Porque como tu, creo que desde dentro es desde donde verdaderamente se pueden cambiar las cosas.

    Queda mucho por hacer, pero estoy convencida de que no somos pocos lo que pensamos que otro Estado es posible -siempre dentro de la legalidad y constitucionalidad, ojo- y que nada mejor que empezar a re-construirlo desde dentro 😉

  2. Guapa mía, tus folios valen más que cualesquiera otros papeles. Porque llevan escritos las reglas del juego, y es eso lo que nos tenemos que aprender para seguir jugando. Y ganar. Un súper abrazo de una amiga que te admira y quiere en la distancia 😊

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