Opositando, que es gerundio.

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Lo de preparar oposiciones es un tema curioso al que le sucede como a muchos otros temas en este país: todos hablan de ello pero muy pocos saben realmente qué significa.

El Diccionario de la Real Academia Española define al “opositor, ra” como:

  1. Persona que se opone a otra en cualquier materia.
  2. Aspirante a una cátedra, empleo, cargo o destino que se ha de proveer por oposición o concurso.
  3. En política, partidario de la oposición.

En el contexto que nos ocupa, el significado al que me refiero es el del número 2. O lo que es lo mismo (y ahora con mis palabras): persona que, tras una enajenación mental transitoria, decide cambiar unos años de su vida y de su familia por un puesto fijo en la Administración Pública. 

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Todo comienza por una decisión que nos cambiará la vida: primero, en nuestro perjuicio, y después, siempre, en nuestro beneficio. Y no, no existe ninguna oposición de la que no obtengamos ningún beneficio. Incluso si no llegamos a aprobarla. Porque, como mínimo, llegaremos a conocernos a nosotros mismos mejor de lo que nunca habríamos podido hacerlo si hubiéramos escogido otro camino y, sólo por eso, merece la pena arriesgarse, como bien decían los griegos.

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Una vez embarcados en el proyecto que hayamos decidido, por mucho que nos hayan advertido, el camino se hace duro. Más de lo que pensábamos y muchísimo más de lo que creíamos. He aquí la diferencia entre el que sabe lo que es y el que se entera de una oposición. Sólo el que adquiere la condición de opositor tiene potestad para opinar sobre su significado.

Por eso, y como son frecuentes las caras de “ah, sí, sí” cuando digo a lo que me dedico, he decidido dedicarle una entrada a todos aquellos que, como yo, son OPOSITORES.

 

El primer requisito para poder ser un verdadero opositor es tener cierto punto de locura. Sí, tal cual. Ya sé que se nos exige imparcialidad, cordura y ejemplaridad pero, para intentarlo sólamente, hay que estar muy loco. Y los que te rodean, ser un poquito inconscientes. Veréis por qué.

 

ImagenSuelo decir en tono de broma que, cuando en una familia alguien decide opositar, es como si en la misma hubiera caído otra desgracia cualquiera. La persona que decidió empezar a opositar fui yo solita, pero en mi oposición están luchando conmigo muchas personas aparte de mí que, sin intervenir en mi decisión, están apechugando con sus consecuencias: padres, hermanos, abuelos, amigos, novios…

De repente, sus rutinas giran en torno a la mía. El horario del desayuno, la parada a media mañana, la hora del almuerzo y la cena, los martes y los viernes (o los lunes y los jueves), el día libre y todo lo que esto conlleva pasa a ser parte de sus vidas también. Sufren con nosotros y aunque ellos no hayan entrado, también salen del preparador con nosotros. Nos escuchan, nos apoyan y nos animan, aunque no sepamos hablar de otra cosa o nos hayamos quedado mudos, depende del día. No están estudiando con nosotros, pero a veces parece que, si pudieran, lo harían. Son geniales. Y esenciales.Imagen

 

Esto es una auténtica cura de humildad. Todo opositor empieza su particular aventura
pensando que estará muy solo y, sin embargo, acaba dándose cuenta de que solo, lo que se dice solo, no habría podido ni empezar el tema 1.

Para que una persona pueda estar dedicada en cuerpo y alma al estudio, el director de logística ha de ser realmente bueno. Normalmente, los padres. Pero también pueden ser nuestros tíos, o nuestros compañeros de piso. Ellos nos van desenrollando la alfombra a nuestro paso para que sólo tengamos que llegar, la mayoría de las veces, y sentarnos.

ImagenTambién tengo que reconocer que me equivoqué. Pensé que este mundillo estaría lleno de competitividad y, sin embargo, he conocido a unas personas excepcionales que sé que seguirán conmigo cuando hayamos conseguido nuestros objetivos. Puede que sea por aquello de que las circunstancias unen, o porque se conviertan en unos de los pocos que pasan a entendernos verdaderamente.

Parece como si aquel momento en que podías elegir qué hacer entre un montón de horas hubiera sido un sueño. O mejor aún, una vida pasada. Nos metemos tanto en nuestra rutina que ya no contamos el tiempo por días, sino por temas. Y la verdad es que yo solía correr y estaba en forma, me encantaba pintar y me pasaba los veranos en el campo con mi caballete o tenía fines de semana. Pero lo peor no es eso. Lo peor es que, en el medio del camino, tampoco ves lo que viene después. Estás en punto muerto. En stand by. Anclado. Viendo la vida pasar, mientras la gente de tu quinta evoluciona y empieza a trabajar, se va a vivir en pareja, se compra su coche…

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La mayor parte de la gente piensa que las oposiciones son estudiar, estudiar y estudiar. Pero la verdad es que no es así. O no sólo. A mí lo que menos trabajo me cuesta es estudiar, aunque sean 12 horas al día. Lo que más trabajo cuesta y lo que peor llevo es que esas 12 horas hay que echarlas todos los días, uno detrás de otro. Menos los sábados.

No es un tirón ni un sprint que luego se acaba y viene el verano. Bueno, viene el verano, y el otoño, y el invierno, y la primavera, pero yo sigo en el mismo sitio: estudiando.  Y no de un modo tranquilo, sino como si siempre fuera tarde. Como si siempre lo hubiera dejado todo para última hora, con lo que yo odiaba eso en la facultad. Siempre con el agobio del que no ha Imagenestudiado cuando podía y le ha pillado el toro. Así, todos los días.


Más la presión de no poder
ponerte ni siquiera enfermo. Ni triste. Ni decir que no puedes. Tienes que seguir, porque los objetivos que debes cumplir son siempre los mismos. Da igual lo que haya pasado en esos dos días, aunque sea tu vida.

Y si sales a hacer unas fotocopias, sales con la sensación de haberte fugado de algún sitio. Como si te persiguieran y te fueran a gritar de un momento a otro mientras caminas: ¡eh, tú! ¿Qué haces que no estudias?

También pasa que sales a la calle y siempre acabas diciendo lo mismo: “Sí, aquí estoy, estudiando, para variar. Sí, es duro, pero he salido a despejarme. Bueno, ya vendrán tiempos mejores, sí. ¡Hasta luego!”. Eso si no te preguntan que cuántos temas tiene lo que haces, que cómo te lo estudias o que cuántos te quedan. Y la pregunta del millón: que cuándo te presentas. Imagen

Luego está el tema de tus amigos. Es muy difícil compaginar la vida social que tenías antes de opositar con la no-vida social que te queda cuando estás opositando. Y si tienes una relación ya ni hablemos. Hay muchas personas que no entienden que no tienes tiempo ni para comer o que tus duchas van a acabar siendo un lavado en seco cualquier día de estos, cuánto menos que no puedes estar aquí o allí. Que no es que no quieras, sino que no puedes.

Además, uno mismo también cambia como persona y no te apetecen las mismas cosas. Antes estabas todo el día en casa haciendo “como que” estudiabas, o ibas a la universidad y hacías “como que” atendías, y aún te quedaban ganas de salir y relacionarte. Ahora, como ya no “haces como que” estudias sino que te partes los cuernos memorizando, cuando acaba el día, realmente siempre no tienes ganas de seguir hablando. A lo mejor te apetece estar en silencio. O sola. O con alguien en concreto.Imagen

La oposición te hace egoísta, desde el punto de vista de los demás. Pero a mí me parece que nos vuelve “selectivos“. Tengo que elegir a qué dedico el tiempo que tengo, y obviamente, cuando todo depende de tu capacidad para estudiar, al primero que tienes que cuidar es a ti mismo. Por eso ahora te niegas rotundamente a hacer cosas que antes habrías hecho con un poco de esfuerzo. Porque simplemente no puedes más. Y entonces te paras, sin importarte lo que piensen los demás.

Verás, te sigue importando, pero menos que lo que piensas tú de ti mismo. La oposición te obliga a quererte más de lo que te has querido nunca. Porque o te las sacas tú o no se las saca nadie.

Por todas estas cosas fue por lo que me decidí a hacer un blog. No quería que, un día, en el futuro, al mirar atrás, de estos años de mi vida, sólo pudiera contar lo mucho que estudiaba. Quiero contar que aprendí. Y muchas cosas más que Derecho.

ImagenQuiero contar que aprendí a aceptar mis limitaciones y a pelear mis miedos. A estar sola y conmigo misma. A quererme en mis días buenos y en mis días malos. A asumir que el fracaso es una posibilidad, pero nunca una opción. A reconocer que el mejor regalo que le puedo hacer a alguien es mi tiempo, y por tanto, a valorar el tiempo que los demás invierten en mí también.

Lo bueno de todo esto es que soy mi propia jefa. Que no tengo que aguantar compañeros imbéciles (aunque cuando me pongo tonta, tampoco tengo a quién echarle la culpa). Es el único trabajo del mundo en el que tú eliges el uniforme y puede ser ese pijama de Mickey Mousse.

Lo malo es que, precisamente, hay que tener mucha auto disciplina y tener muy claro el motivo de tu decisión de opositar, para que nada te afecte, en la medida de lo posible.

Es un camino que, como decía al principio, independientemente de que apruebes o de que decidas cambiar de rumbo, te ayuda a conocerte a ti mismo. O mejor dicho, te obliga a conocerte a ti mismo: puede que en este tiempo de presión máxima te des cuenta de que tú no quieres esto, y abandones. Puede que te des cuenta de que esto te llena mucho más de lo que pensaste y de que tus límites estaban más lejos de lo que creías y sigas. Pero, en cualquier caso, acabarás descubriendo tus limites. O que no tienes. Sólo por eso, ya merece pasar la pena por esto.Imagen

Es como un pacto, en el que yo vendo estos años de la vida que podría llevar ahora y no llevo, y tú me das la vida que quiero. Por eso es tan fácil obsesionarse y ver opositores, oposiciones y opo-cosas allá donde vayas.

ImagenY te dicen que desconectes. Como si fueras una máquina. Porque eso es lo que quieren que seas, al fin y al cabo (no hay más que mirar el temario y los criterios de evaluación). Otra cosa ya es re-conectar. A eso aún no le he cogido el truquillo después de una parada, por breve que sea, así que se admiten sugerencias.

En definitiva, se trata de un camino difícil, que exige que des todo lo que tienes y cuando eso se acaba, que te lo inventes, pero que sigas en marcha.

Es un proyecto que requiere valentía y, paradójicamente, ganas de vivir, aunque sea justamente a lo que renunciamos. Porque sólo los sueños nos mantienen vivos hasta que logramos cruzar el río. Eso sí, dicen que desde la otra orilla el paisaje es muy distinto y yo quiero verlo, cueste lo que cueste.

Lo mejor que te puede pasar en la vida es que decidas ir en busca de tus límites, porque entonces, te darás cuenta de que no existen.

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* Especialmente dedicado a todos mis amigos y amigas opositores y a los que, no siéndolo, me están esperando pacientemente.  A mi preparador y a su mujer,  a mi familia y a mi novio. Sin vosotros no podría estar, ni siquiera, intentándolo. GRACIAS.

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CON “S” DE SEGUIR.

“Habéis venido a luchar como hombres libres, y hombres libres sois. ¿Qué haréis con esa libertad? ¿Lucharéis?

Luchad, y puede que muráis. Huid y viviréis… un tiempo al menos. Y cuando estéis muriendo en vuestras camas, dentro de muchos años, ¿no cambiaréis todos los días desde aquí hasta entonces por una oportunidad (¡sólo una oportunidad!) de volver aquí y decir a nuestros enemigos que puede que se lleven nuestras vidas pero jamás… ¡LA LIBERTAD!?”

William Wallace en Braveheart

¿Y vosotros?

¿Qué haréis con el día de hoy?

¿Dejaréis que pase sin pena ni gloria o lo pelearéis?

¿Bajaréis los brazos y buscaréis excusas hasta convertirlas en razones o lucharéis?

¿Daréis lo mejor de vosotros o creeréis que esto era todo?

¿Os quejaréis hasta quedaros sin voz o gritaréis de dolor para seguir adelante?

¿Lloraréis por miedo o por rabia?

¿Esperaréis a que venga a por vosotros o iréis a buscarlo?

¿Os dejaréis abatir por quien no sabe de lo que habla o les demostraréis que estaban equivocados?

¿Os quedaréis siempre como estáis u os arriesgaréis?

¿Lo creéis o lo véis?

¿Lo queréis o lo necesitáis?

¿Estáis dispuestos a dar todo lo que tenéis o sólo lo que os sobra?

¿Vamos a intentarlo o vamos a conseguirlo?

El que da todo lo que puede…que no os engañen, SIEMPRE PUEDE DAR UN POCO MÁS, pero sólo si está verdaderamente convencido de ello. ¿Tú lo estás? 

 

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¿No tenemos tiempo o no sabemos aprovecharlo?

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<<No había nada extraordinario en esto, ni tampoco le pareció a Alicia muy extraño oír que el conejo se decía a sí mismo: “¡Dios mío, Dios mío, voy a llegar tarde!” >>

Alicia en el País de las Maravillas

Siempre decimos que no tenemos tiempo para ir al gimnasio, para aprender idiomas, bailar, leer, recitar, empezar aquella carrera que queríamos hacer, estudiar por nuestra cuenta o, simplemente, pararnos.Tenemos mil cosas que hacer pero ¿es eso cierto o es sólo una excusa? ¿Es la causa o la consecuencia?

Veamos.Imagen

El día tiene 24 horas, de las cuales, los especialistas recomiendan dormir 8. Dicen que si lo hacemos, tendremos más memoria, retendremos mejor los datos asimilados durante el día, estaremos más guapos y con corazones sanos por más tiempo.

Por tanto, nos quedan 16 horas para hacer todo eso que queremos hacer.

Ah, no, ¡que también tenemos que comer! A las comidas les solemos dedicar un promedio de 2 horas: media hora el desayuno, una hora el almuerzo, media hora la cena y otra media la merienda, que también es muy saludable.

Ahora ya sólo contamos con 14 horas para invertir en nuestro objetivo.Imagen

A esto tenemos que descontarle lo que tardamos en darnos una ducha o peinarnos para salir y en elegir lo que nos vamos a poner, que puede ser, perfectamente, una hora (algunos más).

Ahora entederéis por qué hay días que llego sin peinar o con la camiseta del revés.

Ya vamos por 13 horas.

Si trabajas, tienes que contar con 8 horas menos, y para ti, tu cuenta se queda, por ahora, en 5 horas de posible dedicación a aquello que aún tienes pendiente en tu vida, aparte de tu trabajo (si te encanta). Si no te gusta en lo que trabajas, son 5 horas que podrías dedicar a trazar una nueva ruta y a conseguir una nueva meta. A cambiar tu vida.

Si estudias, necesitamos descontar las horas que pasas en la Universidad, que serán una media de 5 horas, con lo que te quedan unas 8 horas más para estudiar cuando llegues a casa y llegar al día siguiente a clase arrasando. Pero, entre tú y yo: ¿cuántas
horas de las que estás en clase estás realmente en clase? Y esta cuestión conecta con la siguiente: las nuevas tecnologías.

ImagenYo he alucinado haciendo cuentas. Nos levantamos y al apagar la alarma, echamos un vistazo a los whatsapp que ayer no vimos antes de dormir y, ya que estamos, miramos Facebook y Twitter. Eso son 10 minutos que podrías invertir en desayunar más tranquilamente, por ejemplo. En mitad de la tarea, cuando estamos cansados, miramos el móvil, “por si tiene algo”. Y si no tiene, da igual, porque nos paseamos por todo lo que se nos ocurre: Facebook, Instagram, Twitter, Whatsapp, Line, etc, hasta que conseguimos que lo haya. Lo más gracioso es que, en realidad, lo que está haciendo nuestro cerebro es retrasar la vuelta al trabajo y nada más.

La media de tiempo que invertimos en “mirar” el móvil suele ser de unos 15 minutos por vez, y si encima alguien está en línea, podemos hablar hasta de una hora. Multiplicad esto por las veces que miráis el móvil al día y os sorpenderéis del tiempo que perdemos enfrente de una pantallita hablando, la mayoría de las veces, de idioteces.

Vivimos conectados a miles de kilómetros y desconectados de los que llevamos de la mano o tenemos enfrente.

ImagenSi cada vez que miras el móvil en la mañana leyeras una página de ese libro que quieres leerte y que dices que nunca tienes tiempo (hay algunos de bolsillo que ocupan casi menos que estas modernuras de smartphones), en una semana, podrías habértelo leído entero. Es más, puede que ese libro te haga recordar algo que te gustaba y que lo retomes. O puede que te surja una duda que cambie tu vida.

También podríamos escuchar música relajante, o nuestra canción preferida, y que nos ponga las pilas si estamos en el trabajo. Y también puedes simplemente prestar atención a lo que pasa a tu alrededor: las conversaciones de las personas, las risas, los gestos de cada uno, el tiempo que hace. En definitiva, también puedes vivir el tiempo que se te ha dado, en lugar de aplazarlo.

Puedes escribir para ti. Dibujar. Ver una película. O una serie. Puedes investigar recetas de cocina. Aprender a maquillarte para esa ocasión especial. Puedes hacer lo que quieras, porque tiempo tienes. No te engañes postergándolo.

Nos pasamos el día aplazando cosas, sin reparar en que los minutos se van, y es muy cruel decirlo, pero jamás volverán.

Así que, volviendo a nuestra cuenta particular, de las 8 que te quedaban si eres estudiante, ya sólo te quedan 5 horas para estudiar, investigar, mejorar el inglés, ir al conservatorio, hacer prácticas o luchar por lo que quieres. Y si trabajas, 2 o 3.

ImagenComo cuesta trabajo ponerse, cualquier cosa es más interesante que lo que debíamos estar haciendo, y desde que nos sentamos en el escritorio, nos decidimos a ir al gimnasio, o por fin nos levantamos para vestirnos, pasa sobre media o una hora.

¡¡Bien!! Por fin estamos en lo que queríamos hacer.

El único inconveniente es que ya sólo quedan dos horas, y nos va a cundir poco, así que mejor lo dejamos para mañana, que mañana seguro que nos levantamos temprano, nos concentramos muchísimo y va a ser un día muy productivo. ERROR. Se ve que no aprendemos.

Para los que trabajan y encima tienen hijos, si se ponen con ellos a hacer los deberes, y entre que los duchan y los acuestan, se les va hora y media o lo que Dios quiera. Y como, total, ya con ese tiempo no se puede hacer mucho, nunca empiezo a hacer lo que de verdad quiero.

Desde que estoy opositando mi visión del tiempo de que disponemos ha cambiado muchísimo. Cuando vi el temario de cientos de de temas por primera vez pensé que yo no podría hacer eso. Sería interminable ir a un par de temas por día, y sin embargo, cuando ahora miro hacia atrás, veo que ya estoy más cerca de la meta que de la salida. Siguen siendo muchos, pero ya no son 322.

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En cualquier caso, hay que buscar tiempo para nosotros. Porque cuando somos felices con nosotros mismos y nos sentimos realizados, somos mejores padres, mejores amigos, mejores hijos.

Todo es cuestión de prioridades y de organización. Yo aprovecho para leer y escribir en mis descansos de 15 minutos a media mañana y en la hora que tengo para mí antes de acostarme. Y sí, llevo escribiendo esta entrada unos pocos días, pero aquí está.Imagen

Si quieres conseguir algo, tienes que empezar dándole prioridad sobre el resto de cosas. Distinguir lo que es verdaderamente importante de lo que sólo nos retiene. Tendremos que ver qué personas nos ayudan a seguir el camino que nos hemos trazado y cuáles no, y prescindir, incluso si es necesario, de estas últimas. Tendremos que aprender a decir “no” cuando nos llamen, “no” a fiestas, “no” a dormir, “no” a comer, si hace falta. ImagenPorque lo primero es lo primero.
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La conclusión de todo esto es que hay cosas que inevitablemente tenemos que hacer, pero hay otras que no y ése es el agujero negro de nuestro tiempo. 

Tirar el tiempo no es equivocarse, es gastarlo en algo que no queremos ni nos reporta nada de lo que buscamos.

Deja de ponerte excusas y empieza. Si no sabes qué es lo que te llena, dedícate a buscarlo. Date tiempo para encontrarlo. Pero empieza a investigarlo.Te sorpenderás de lo muchísimo que se consigue poquito a poco.

No esperes a que llegue el momento perfecto.

Créalo.

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¡Vuelta a la rutina!

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Al principio parecen interminables, pero siempre se acaban. Sí, las vacaciones. 

No importa si duran varios días, un mes o incluso dos, porque al final siempre toca volver a la rutina, volver a esforzarse, volver a cumplir con nuestras obligaciones. Pero volver a hacer lo mismo no significa que tengamos que hacerlo igual.

Llega el momento de deshacer maletas, de los “hemos llegado”, de compartir fotografías y recuerdos con nuestros amigos, de asimilar todas las imágenes que ahora pasan a cámara lenta por nuestra cabeza con sólo cerrar los ojos, de despedidas y de viajes que, aunque no necesariamente nos lleven lejos, siempre se nos hacen eternos. Porque duele alejarse.

Y no sólo nos alejamos de personas. Hay despedidas de lugares, de momentos, de etapas. Y también a ellos hay que decirles “hasta el año que viene” o “hasta pronto”. Porque esto es así. La alegría que nos invade al pensar en unos días libres reside, precisamente, en el hecho de que nunca disponemos de ellos. Por lo que, si siempre fueran vacaciones, acabaría por parecernos una obligación el divertirnos y terminaría por agobiarnos el tan ansiado “no hacer nada”. Es paradójico, pero así es. Necesitamos el cambio, aunque sea lo que más detestamos cuando se trata de volver al trabajo.

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Y como es irremediable la vuelta a la rutina, lo único que podemos (y todo lo que debemos) hacer es tomárnosla con ilusión. Sé que es difícil, pero no imposible.

Lo primero que se necesita en estos casos es ganas de dar todo lo que tenemos, ahora que ya estamos descansados y hemos Imagenrecargado pilas. No digo que haya que tener fuerzas. Digo que hay que tener ganas de tener ganas. Para que haya nuevas aventuras que contar y mejores noticias que celebrar la próxima vez. Para que cuando volvamos a estar donde hemos estado, seamos más de lo que hemos sido.

No podemos vivir esperando las vacaciones. Si sólo nos limitamos a esperarlas, cuando llegan, siempre nos decepcionan. Tenemos que invertir, que apostar, que dejarnos lo que somos cuando toca estar a la altura y sólo así, cuando llegue el momento de pararse, podremos hacerlo y disfrutaremos de bajar el ritmo, en lugar de ralentizarnos con nuestros reproches.

Para que llegue el verano, tiene que pasar el invierno. O al revés, a gusto del consumidor. Pero mientras llega, hay que hacer que llegue. Me explico. Los eventos más importantes de nuestra vida no lo son por el nombre que llevan, sino por el tiempo que hemos invertido en ellos. Cuanto más importante es algo, más tiempo invertimos en prepararlo: una boda, un título universitario, un viaje… Y por eso es especial. Y por el camino. El camino y los preparativos son parte del evento en sí, si no lo más divertido.

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La vida es un continuo preparar lo que viene. Porque siempre hay algo por venir. Y lo mejor siempre está por llegar.

Después de días intensos, de muchas emociones, de horas de distendimiento, volver a concentrarse en una tarea cuesta muchísimo trabajo.

Pero la mayoría de las veces es esto así porque nos rebelamos y no queremos hacer lo que debemos hacer.

¿Y cómo voy a querer volver a trabajar? Imagen

Es más simple de lo que parece: buscando las razones por las que un día elegiste estar donde estás (como tener un sueldo, formar un hogar, conseguir una meta…) y todas las cosas buenas que, aunque no podían entrar aún en nuestros planes, vinieron con esa decisión (como los compañeros de trabajo, el placer de la pausa a media mañana, el almuerzo al medio día, la oportunidad de conocer a personas que, hoy por hoy, son parte de nuestra vida y de lo que somos) y sobre todo, la posibilidad de seguir haciendo todo esto y más.

 

Consiste en focalizar, en no olvidar hacia dónde nos dirigimos para poder disfrutar también de todo lo que nos lleva hasta allí. Porque al final, es lo que queda. De los años de universidad, por ejemplo, no es el título lo que acaba permaneciendo en nuestra mente, sino los ratos en clase, los amigos, los trabajos en grupo, ¡incluso los malos ratos!

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Como dice una frase que leí hace poco, “la vida no consiste en esperar a que pase la tormenta, sino en aprender a bailar bajo la lluvia”. Del mismo modo, no hay que esperar a que lleguen las vacaciones para ser feliz, porque puede que al final haya cambio de planes y no lleguen o que lleguen diferente a como planeábamos.

ImagenAdemás, el concepto de vacaciones no tiene por qué ser comprensivo de varios días. Podemos tener vacaciones siempre que lo deseemos. Incluso todos los días, aunque trabajemos. Aunque sean unos minutos. Siempre que sepamos buscar el momento.Imagen

Vacaciones puede ser el momento de preparar la cena o esperar a que se termine de hacer el almuerzo, con una cerveza o copita de vino mientras charlamos con nuestra pareja o nuestra familia o amigos en nuestra cocina. Vacaciones son los quince minutos que tengo para merendar. Y el dulcecito que elijo para reponer energía.

Y los viajes de ida y vuelta, donde puedo echarme a dormir o leer aquello que llevo queriendo leer toda la semana. Imagen

También son vacaciones el rato que voy cantando en el coche camino del trabajo, con la música a todo volumen. O los minutos que tardo en dormirme. Todo lo demás, puede salir bien o mal, pero esos momentos no me los quita nadie. Son míos, y no pienso dejarlos pasar sin más.

Todo fin es comienzo de algo nuevo. Siempre. No hay excepciones. Y tengo una magnífica noticia: de nosotros depende que lo que empieza hoy sea mejor que lo que acaba, que lo que está por llegar sea mejor que lo que ya se ha ido, y que lo que dejamos atrás merezca la pena lo que está por venir.

Es hora de ponerse las pilas.

Lo mejor de las vacaciones es que siempre son un borrón y, si quieres…¡cuenta nueva!

Ánimo, valientes. Que estamos en el camino y que, andando, ¡siempre se llega! 

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El sol no calienta igual detrás de la ventana

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Hoy hace un día de esos que mucha gente emplea en ir a tomar una cerveza con los amigos, dar un paseo hasta el cine y ver algún estreno o simplemente salir a la calle un rato. 

Estamos faltos de luz, de calor y de alegría después de este duro invierno que no termina de marcharse y lo necesitamos.

Pero si tú no perteneces a ese grupo, y tienes que trabajar o estudiar, sin ninguna posibilidad (por remota que sea) de asomar un pie ni a la puerta de tu casa, no te preocupes. Yo tampoco puedo.

Por supuesto, que no tenga planes bajo este pedazo de cielo azul no significa que no quiera tenerlos. Me explico. La mayoría de las personas de nuestro entorno pueden llegar a asumir en algún momento que los que nos encontramos inmersos en un gran sacrificio realmente no queremos ir a esa fiesta, pasar el fin de semana en la playa o salir de marcha el jueves. Craso error

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Uno no deja de ser quien es cuando comienza con unas oposiciones o en un trabajo, por duros que sean. Sigues queriendo divertirte, despejarte, tener tus momentos de relax y solazarte. El problema es que nadie consiguió lo que se propuso sin hacer algo a cambio. Sin pagar su precio. Porque el que algo quiere, algo le cuesta.

 

Llegados a este punto, siempre tenemos dos opciones: Imagen

  1. Bajar los brazos y rendirnos
  2. Seguir en la lucha

Si optamos por la primera, ya habremos llegado. Esto es todo, señores. El espectáculo tocó a su fin. Los que creyeron que no podías hacerlo llevarán razón y los que esperan que tú caigas para seguir ellos, habrán ganado. Pero tú seguirás en el mismo sitio. Y con nada en las manos. 

Si nos decantamos por la segunda, el camino será un poco menos apetitoso. Tendremos que recordarnos todos los días por qué decidimos escoger ésta y no la otra opción. Tendremos que renunciar a hacer las cosas que nos gustaría para hacer aquellas que debemos. Habrá que dejar de escuchar lo que nos pide el cuerpo y entrenar la mente, la voluntad, la capacidad de sacrificio. Y todo esto no será fácil. Nadie dijo que lo fuera, de hecho. Pero sí sé que merecerá la pena. 

 

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Una de las cosas que nos diferencian de los animales es que cuando ellos quieren algo, directamente van y lo cogen. Nosotros tenemos la maravillosa capacidad de hacerlo esperar. Es sólo que a veces se nos olvida que se trata de una espera, y no de una despedida. 

Por eso, tan importante es pararnos a imaginar cómo será cuando lo logremos como luchar para conseguirlo. Nadie corre más con los ojos vendados, por muy llana que esté la superficie. Se trata de dejarnos invadir un poquito por la parte de nosotros que ya está allí, que ya ha llegado a donde queremos, y de escuchar las cosas que tiene que contarnos. Entre ellas, probablemente, que no te rindas, que la recompensa siempre es proporcional al esfuerzo. Que si lo dejas hoy, nunca sabrás cómo podría haber sido mañana. Que a menudo dejamos de intentarlo cuando estábamos a punto de conseguirlo.

Así que, cuando tengamos que trabajar, a trabajar. Y cuando toque divertirse, a divertirse. Lo importante es saber distinguir, y saber volcar la energía en la dirección correcta. Las complicaciones llegan cuando mezclamos ambas facetas, o las intercambiamos. Entonces, ni hacemos bien lo que debemos, ni disfrutamos plenamente de lo que queremos. Además, el día no sabe igual cuando llevamos todo el día descansando. El descanso gusta cuando contrasta con el esfuerzo. Cuando se presenta como recompensa y sabemos que nos lo merecemos. Imagen

Hay que saber entregarse al momento, darlo todo cuando toca. Con lo que toque. Porque si no, se nos va la vida entre suspiro y suspiro, y al volver la vista atrás, sólo quedará el saber que pudimos haberlo hecho diferente.

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Yo hablo del aquí y del ahora. De hacer un esfuerzo consciente por dirigir nuestros sueños hacia el camino que nos llevará a ellos. Aunque sea duro y a veces parezca interminable. Recuerda: no hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista. Pero cuando pasen esos cien años yo no quiero tener las manos vacías. 

 

Por otro lado, no podemos poner todas las expectativas en el futuro. Porque si lo hacemos así, cuando el mañana sea hoy, nos decepcionará. Sólo nos queda confiar en nosotros, en nuestros medios, en el día de hoy. E invertirlo de manera que no acabe un día sin saber que estamos más cerca de donde queremos estar mañana. De verdad, que si no nos ponemos en marcha, esto no anda. Y que si nos paramos, no llegamos. Que con empezar sólo no basta. Hay que terminarlo.

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El futuro no siempre se mide en los años que están por venir. Lo que pase de aquí a un minuto también es futuro, y como mucho, sólo alcanzamos a intuir lo que pasará, pero nunca tendremos la certeza de ello.

Lo que sí es cierto, y esto te lo prometo yo, es que si no hacemos nada para que pase, nunca pasará. 

 

La gran paradoja de todo esto es que la magia de todo proyecto radica, precisamente, en la posibilidad de fracasar. Éso es lo que nos mantiene en la intriga, y éso lo que hace grande el día que lo logramos.

Y cuando me llegue ese día, yo quiero tener mucho que celebrar.

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Un año más, Semana Santa…

 

No falta mucho para que nuestras calles se llenen de incienso.

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Oro por ser Rey. Mirra por ser Hombre. Incienso por ser Dios.

De encuentros y reencuentros.

De sentimientos que se atragantan.

De alegría y de recogimiento.

De tradición.

De recuerdos. 

De Semana Santa.

 

Tan sólo una vez en mi vida me he visto en la necesidad de explicarle a alguien lo que era la Semana Santa. Vivía yo en Inglaterra por aquel entonces y me preguntaron qué hacíamos en España para lo que ellos llaman “Easter”.

Después de un rato intentándolo, me di cuenta de que no podía explicarlo, porque no es una cosa, son muchas. Una amalgama de sentimientos. Tenían que venir a verlo. Y los invité.

Aún así, sé que la próxima vez que vengan será distinto. Porque siempre lo es.

 

Me puse a buscar información como loca de cada hermandad. Fui al Ayuntamiento, y me hice con algunos folletos. Intenté que pareciera lógico que la gente pudiera llorar a los pies de un paso. Busqué cómo decir “trono” en inglés (y me encontré con que no existía el término tal y como nosotros lo entendemos en esta época del año). Y a pesar de todos mis esfuerzos, seguía sintiendo que me faltaban palabras. O quizás no podía haberlas.

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El fuego. La luz. La vida.

Así que tuve que cambiar de plan. No nos perdimos ni una entrada, ni una salida, ni una procesión. Ni un rincón. Ni una cara. Y aunque yo estaba convencida de que les estaba enseñando lo que significaba mi Semana Santa, acabé dándome cuenta de lo que, en realidad, todo esto significaba para mí, y que nunca antes me había planteado, por aquello de ser lo mismo de todos los años.

 

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Nuestro Padre Jesús Nazareno. Viernes Santo. Priego de Córdoba

 

Descubrí que yo estaba orgullosa de mis raíces y que yo también podía llorar al ver acercarse ciertos pasos. Entendí que echaba de menos a muchas personas que no estaban ya conmigo y que me mostraron lo que para ellos significaba esto hace ya muchos años, cuando no era “ahora” y todavía era “entonces”. Que no habría lugar en el mundo al que pudiera huir de este vuelco que me da el corazón cuando oigo las primeras notas de una marcha, aunque sea agosto.

 

La Semana Santa, a pesar de su majestuosidad en muchas de nuestras ciudades, no es lo que se ve. Es lo que esconde. Lo que cada uno lleva por dentro y que sólo sale en esta época del año, ayudado de tambores e inciensos, de imágenes, sonidos y olores, de pasos que si pudieran hablar…¡ay, si pudieran hablar! 

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Tambores a la espera.

 

Es una muestra más de lo que somos como pueblo. De nuestra cultura, de nuestra entrega, de nuestra pasión por la vida y por la muerte. Incluso de los no creyentes. Porque no hace falta ser creyente para sentir lo que hasta ahora yo he narrado aquí. Se mezcla, pues, la religión y la religiosidad. La fe y el fervor. La alegría y el respeto.

Las casas se vuelven a llenar de los hijos que un día se fueron y que ahora ya no vuelven solos. Es momento de compartir, de camas supletorias, de sofás, de altas horas de la madrugada. De dulces típicos, de hornazos, de hornos encendidos y puertas abiertas. De bares. De lluvia, y a veces, sol. De las mejores galas. De gente en las calles.

 

Comprendo que haya personas que puedan no entender de lo que estoy hablando, porque, como vengo diciendo, cada Semana Santa es diferente, incluso para una misma persona. Pero ¿cómo podría yo no sentir lo que escribo si antes de andar, ya me llevaba mi padre a hombros delante del Nazareno? ¿Cómo podría no gustarme la Semana Santa si siempre veníamos a pasarla aquí, estuviéramos donde estuviéramos? Es parte de lo que soy. Como Marta, como española, como andaluza y como prieguense.

 

Los planes van cambiando, los proyectos van avanzando, la vida sigue y por eso, cada vez es más complicado no faltar a esta clase de citas. Pero también por eso tiene cada vez más valor poder ver las mismas caras en el mismo sitio cada año, desafiando el paso del tiempo. Y es que hay cosas que son eternas, aunque duren apenas unos segundos. 

 

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Los ojos son el espejo del alma.

No hablo de grandiosidades ni de poderío. Hablo de la Semana Santa que puede vivir cualquiera que se encuentre dispuesto a dejarse llevar. A callar para escuchar. A abrir sus sentidos para mirar donde nadie ve.

Y eso fue exactamente lo que hicieron mis amigos, los mismos que me preguntaron a las puertas de la Parroquia de la Asunción que cuántos “Jesucristos” teníamos en España (pregunta que, no sé a vosotros, pero a mí me hizo pensar bastante).

Hicieron unas fotografías que captaban momentos en los que yo no había reparado antes, quizás por la costumbre. Me sorpendió que, a pesar de ser ellos los que venían a aprender, acabaron enseñándome qué significaba una Semana Santa para mí.

 

 

En definitiva, hay cosas en la vida que uno sabe que quiere volver a hacer año tras año mientras pueda y hasta el final. Y, para mí, la Semana Santa, como yo la vivo, en mi casa y con mi gente, es una de ellas. 

Mi amiga Stephanie y yo. Jueves Santo. Al fondo, Nuestro Padre Jesús en la Columna y María Santísima de la Esperanza.

Mi amiga Stephanie y yo. Jueves Santo. Al fondo, Nuestro Padre Jesús en la Columna y María Santísima de la Esperanza.

 

* Especialmente dedicado a todos los que hacen posible la Semana Santa: debajo de las andas, portando un cirio, pasando el gorro, tocando en las bandas de música y dejándose la piel para que todo salga perfecto ese día. A mi familia. A los amigos con los que siempre me encuentro el Viernes Santo, en el mismo sitio y a la misma hora. To Rob and Stephanie: you already know what you mean to me, guys. Gracias de corazón.

 

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Tocada, pero nunca hundida.

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Hay veces en que me miro al espejo y ni yo misma me reconozco. 

Momentos en que no sé si busco perderme o encontrarme, si tomar la vía de escape o darme la vuelta y enfrentarte. No sé si quiero estar despierta o dormir. Si quiero cerrar los ojos para irme o para venir.

Vueltas y vueltas sobre mí misma sin parar. Esperando a que esto pare. A pararme yo sola, quizás. O a que me paren.

Mucho que decir y poco que contar. Sensaciones inefables. Diálogos que se repiten con quien nunca llegaré a hablar. Conmigo misma, sobre mí, por mi culpa, de lo que sucede y de lo que no logro capturar. Remedios caseros. Búsquedas desesperadas. Prórrogas interminables. Intentos en vano. Desesperación. Angustia de aquél al que sólo le queda la espera. Culpabilidad del que sabe. Amor del que persevera.

Qué bien estaría si nunca tropezáramos. Si nunca cayéramos. Si fuéramos capaces de ignorar los contratiempos y de seguir sin más con lo programado.

Pero si sólo escribiera de lo bien que se está cuando se está bien y de lo capaz que me veo cuando me veo capaz, estaría mintiendo. A todos.

Todo el que tiene un proyecto a largo plazo (¿y qué es la vida, sino eso?) sabe que el camino no está exento de dificultades. Uno cae enfermo, y se siente impotente. O se le trastocan los planes por cualquier otra causa ajena a su voluntad. Lo que había planeado cuidadosamente acaba por resultar del completo revés. Lo que había esperado durante tantos días, finalmente, no sucede. Y a pesar de todo, el mundo, a veces rozando la crueldad, jamás se detiene.

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Los demás siguen con su vida ignorando nuestros problemas. Como probablemente nosotros ignoramos los suyos cuando el cuento cambia de protagonistas (aunque no sea a propósito). Es este constante y loco ir y venir de cada día, que nos acerca a tantas oportunidades y, a la vez, nos aleja de los que tenemos enfrente. De los que nos cruzamos. De los sentimientos. De lo verdadero. Aunque no siempre sea placentero.

Nos sentimos mal y salimos despavoridos en busca de un buen alma que nos escuche, olvidando que el dolor también es parte del trato. Como si no pudiéramos permitírnoslo, intentando escapar de toda evidencia que ponga de manifiesto nuestra vulnerabilidad. Y, a veces, tenemos suerte y nos pronuncian las palabras que buscábamos. Pero la mayoría, tenemos que desenmarañarnos nosotros a nosotros mismos. Como empezamos.

Y no es malo eso. Muy al contrario, lo necesitamos. Es cuando estamos abajo del todo, cuando ya no queda nadie que nos recuerde todas nuestras cosas buenas, cuando echamos mano de archivo y recordamos las veces en que fuimos capaces de salir adelante en una como ésta, e incluso de una mucho más difícil. No cambiaría por nada del mundo el orgullo de saberme capaz de cualquier cosa. Ésa es mi identidad y mi fuerza. Mi moneda de cambio.

Por lo tanto, no se trata de evitar la caída a toda costa, sino de saber remontar. De no quedarnos ahí quietos esperando a que alguien nos levante. De tener la constancia del que todo lo ha invertido, la fuerza del que no tiene más opciones y la osadía del que nada pierde. Porque, realmente, sólo pierde el que deja de intentarlo.

Me pregunto si merecerá la pena. Si quiero. Si puedo. Si debo. Quizás mañana todo sea diferente o quizás mañana quiera volver a este presente. Y siempre algo me dice que sí. Que mi camino está siempre hacia adelante. Que lo que atrás queda, atrás debo dejarlo. Que mañana siempre es un día nuevo y tengo el deber de volver a intentarlo.

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Y por supuesto que merecerá la pena.

Porque todo en esta vida merece la pena a menos que lo dejemos a medias, inconcluso, siempre abierto y siempre doloroso.

Los capítulos hay que cerrarlos, aunque duren un día, un mes o un año. Y seguir remando.

Cuando no tengamos remos, con las manos.

Pero seguir avanzando.

Que más vale lento que parado.

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