Tocada, pero nunca hundida.

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Hay veces en que me miro al espejo y ni yo misma me reconozco. 

Momentos en que no sé si busco perderme o encontrarme, si tomar la vía de escape o darme la vuelta y enfrentarte. No sé si quiero estar despierta o dormir. Si quiero cerrar los ojos para irme o para venir.

Vueltas y vueltas sobre mí misma sin parar. Esperando a que esto pare. A pararme yo sola, quizás. O a que me paren.

Mucho que decir y poco que contar. Sensaciones inefables. Diálogos que se repiten con quien nunca llegaré a hablar. Conmigo misma, sobre mí, por mi culpa, de lo que sucede y de lo que no logro capturar. Remedios caseros. Búsquedas desesperadas. Prórrogas interminables. Intentos en vano. Desesperación. Angustia de aquél al que sólo le queda la espera. Culpabilidad del que sabe. Amor del que persevera.

Qué bien estaría si nunca tropezáramos. Si nunca cayéramos. Si fuéramos capaces de ignorar los contratiempos y de seguir sin más con lo programado.

Pero si sólo escribiera de lo bien que se está cuando se está bien y de lo capaz que me veo cuando me veo capaz, estaría mintiendo. A todos.

Todo el que tiene un proyecto a largo plazo (¿y qué es la vida, sino eso?) sabe que el camino no está exento de dificultades. Uno cae enfermo, y se siente impotente. O se le trastocan los planes por cualquier otra causa ajena a su voluntad. Lo que había planeado cuidadosamente acaba por resultar del completo revés. Lo que había esperado durante tantos días, finalmente, no sucede. Y a pesar de todo, el mundo, a veces rozando la crueldad, jamás se detiene.

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Los demás siguen con su vida ignorando nuestros problemas. Como probablemente nosotros ignoramos los suyos cuando el cuento cambia de protagonistas (aunque no sea a propósito). Es este constante y loco ir y venir de cada día, que nos acerca a tantas oportunidades y, a la vez, nos aleja de los que tenemos enfrente. De los que nos cruzamos. De los sentimientos. De lo verdadero. Aunque no siempre sea placentero.

Nos sentimos mal y salimos despavoridos en busca de un buen alma que nos escuche, olvidando que el dolor también es parte del trato. Como si no pudiéramos permitírnoslo, intentando escapar de toda evidencia que ponga de manifiesto nuestra vulnerabilidad. Y, a veces, tenemos suerte y nos pronuncian las palabras que buscábamos. Pero la mayoría, tenemos que desenmarañarnos nosotros a nosotros mismos. Como empezamos.

Y no es malo eso. Muy al contrario, lo necesitamos. Es cuando estamos abajo del todo, cuando ya no queda nadie que nos recuerde todas nuestras cosas buenas, cuando echamos mano de archivo y recordamos las veces en que fuimos capaces de salir adelante en una como ésta, e incluso de una mucho más difícil. No cambiaría por nada del mundo el orgullo de saberme capaz de cualquier cosa. Ésa es mi identidad y mi fuerza. Mi moneda de cambio.

Por lo tanto, no se trata de evitar la caída a toda costa, sino de saber remontar. De no quedarnos ahí quietos esperando a que alguien nos levante. De tener la constancia del que todo lo ha invertido, la fuerza del que no tiene más opciones y la osadía del que nada pierde. Porque, realmente, sólo pierde el que deja de intentarlo.

Me pregunto si merecerá la pena. Si quiero. Si puedo. Si debo. Quizás mañana todo sea diferente o quizás mañana quiera volver a este presente. Y siempre algo me dice que sí. Que mi camino está siempre hacia adelante. Que lo que atrás queda, atrás debo dejarlo. Que mañana siempre es un día nuevo y tengo el deber de volver a intentarlo.

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Y por supuesto que merecerá la pena.

Porque todo en esta vida merece la pena a menos que lo dejemos a medias, inconcluso, siempre abierto y siempre doloroso.

Los capítulos hay que cerrarlos, aunque duren un día, un mes o un año. Y seguir remando.

Cuando no tengamos remos, con las manos.

Pero seguir avanzando.

Que más vale lento que parado.

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