Un año más, Semana Santa…

 

No falta mucho para que nuestras calles se llenen de incienso.

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Oro por ser Rey. Mirra por ser Hombre. Incienso por ser Dios.

De encuentros y reencuentros.

De sentimientos que se atragantan.

De alegría y de recogimiento.

De tradición.

De recuerdos. 

De Semana Santa.

 

Tan sólo una vez en mi vida me he visto en la necesidad de explicarle a alguien lo que era la Semana Santa. Vivía yo en Inglaterra por aquel entonces y me preguntaron qué hacíamos en España para lo que ellos llaman “Easter”.

Después de un rato intentándolo, me di cuenta de que no podía explicarlo, porque no es una cosa, son muchas. Una amalgama de sentimientos. Tenían que venir a verlo. Y los invité.

Aún así, sé que la próxima vez que vengan será distinto. Porque siempre lo es.

 

Me puse a buscar información como loca de cada hermandad. Fui al Ayuntamiento, y me hice con algunos folletos. Intenté que pareciera lógico que la gente pudiera llorar a los pies de un paso. Busqué cómo decir “trono” en inglés (y me encontré con que no existía el término tal y como nosotros lo entendemos en esta época del año). Y a pesar de todos mis esfuerzos, seguía sintiendo que me faltaban palabras. O quizás no podía haberlas.

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El fuego. La luz. La vida.

Así que tuve que cambiar de plan. No nos perdimos ni una entrada, ni una salida, ni una procesión. Ni un rincón. Ni una cara. Y aunque yo estaba convencida de que les estaba enseñando lo que significaba mi Semana Santa, acabé dándome cuenta de lo que, en realidad, todo esto significaba para mí, y que nunca antes me había planteado, por aquello de ser lo mismo de todos los años.

 

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Nuestro Padre Jesús Nazareno. Viernes Santo. Priego de Córdoba

 

Descubrí que yo estaba orgullosa de mis raíces y que yo también podía llorar al ver acercarse ciertos pasos. Entendí que echaba de menos a muchas personas que no estaban ya conmigo y que me mostraron lo que para ellos significaba esto hace ya muchos años, cuando no era “ahora” y todavía era “entonces”. Que no habría lugar en el mundo al que pudiera huir de este vuelco que me da el corazón cuando oigo las primeras notas de una marcha, aunque sea agosto.

 

La Semana Santa, a pesar de su majestuosidad en muchas de nuestras ciudades, no es lo que se ve. Es lo que esconde. Lo que cada uno lleva por dentro y que sólo sale en esta época del año, ayudado de tambores e inciensos, de imágenes, sonidos y olores, de pasos que si pudieran hablar…¡ay, si pudieran hablar! 

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Tambores a la espera.

 

Es una muestra más de lo que somos como pueblo. De nuestra cultura, de nuestra entrega, de nuestra pasión por la vida y por la muerte. Incluso de los no creyentes. Porque no hace falta ser creyente para sentir lo que hasta ahora yo he narrado aquí. Se mezcla, pues, la religión y la religiosidad. La fe y el fervor. La alegría y el respeto.

Las casas se vuelven a llenar de los hijos que un día se fueron y que ahora ya no vuelven solos. Es momento de compartir, de camas supletorias, de sofás, de altas horas de la madrugada. De dulces típicos, de hornazos, de hornos encendidos y puertas abiertas. De bares. De lluvia, y a veces, sol. De las mejores galas. De gente en las calles.

 

Comprendo que haya personas que puedan no entender de lo que estoy hablando, porque, como vengo diciendo, cada Semana Santa es diferente, incluso para una misma persona. Pero ¿cómo podría yo no sentir lo que escribo si antes de andar, ya me llevaba mi padre a hombros delante del Nazareno? ¿Cómo podría no gustarme la Semana Santa si siempre veníamos a pasarla aquí, estuviéramos donde estuviéramos? Es parte de lo que soy. Como Marta, como española, como andaluza y como prieguense.

 

Los planes van cambiando, los proyectos van avanzando, la vida sigue y por eso, cada vez es más complicado no faltar a esta clase de citas. Pero también por eso tiene cada vez más valor poder ver las mismas caras en el mismo sitio cada año, desafiando el paso del tiempo. Y es que hay cosas que son eternas, aunque duren apenas unos segundos. 

 

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Los ojos son el espejo del alma.

No hablo de grandiosidades ni de poderío. Hablo de la Semana Santa que puede vivir cualquiera que se encuentre dispuesto a dejarse llevar. A callar para escuchar. A abrir sus sentidos para mirar donde nadie ve.

Y eso fue exactamente lo que hicieron mis amigos, los mismos que me preguntaron a las puertas de la Parroquia de la Asunción que cuántos “Jesucristos” teníamos en España (pregunta que, no sé a vosotros, pero a mí me hizo pensar bastante).

Hicieron unas fotografías que captaban momentos en los que yo no había reparado antes, quizás por la costumbre. Me sorpendió que, a pesar de ser ellos los que venían a aprender, acabaron enseñándome qué significaba una Semana Santa para mí.

 

 

En definitiva, hay cosas en la vida que uno sabe que quiere volver a hacer año tras año mientras pueda y hasta el final. Y, para mí, la Semana Santa, como yo la vivo, en mi casa y con mi gente, es una de ellas. 

Mi amiga Stephanie y yo. Jueves Santo. Al fondo, Nuestro Padre Jesús en la Columna y María Santísima de la Esperanza.

Mi amiga Stephanie y yo. Jueves Santo. Al fondo, Nuestro Padre Jesús en la Columna y María Santísima de la Esperanza.

 

* Especialmente dedicado a todos los que hacen posible la Semana Santa: debajo de las andas, portando un cirio, pasando el gorro, tocando en las bandas de música y dejándose la piel para que todo salga perfecto ese día. A mi familia. A los amigos con los que siempre me encuentro el Viernes Santo, en el mismo sitio y a la misma hora. To Rob and Stephanie: you already know what you mean to me, guys. Gracias de corazón.

 

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