El sol no calienta igual detrás de la ventana

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Hoy hace un día de esos que mucha gente emplea en ir a tomar una cerveza con los amigos, dar un paseo hasta el cine y ver algún estreno o simplemente salir a la calle un rato. 

Estamos faltos de luz, de calor y de alegría después de este duro invierno que no termina de marcharse y lo necesitamos.

Pero si tú no perteneces a ese grupo, y tienes que trabajar o estudiar, sin ninguna posibilidad (por remota que sea) de asomar un pie ni a la puerta de tu casa, no te preocupes. Yo tampoco puedo.

Por supuesto, que no tenga planes bajo este pedazo de cielo azul no significa que no quiera tenerlos. Me explico. La mayoría de las personas de nuestro entorno pueden llegar a asumir en algún momento que los que nos encontramos inmersos en un gran sacrificio realmente no queremos ir a esa fiesta, pasar el fin de semana en la playa o salir de marcha el jueves. Craso error

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Uno no deja de ser quien es cuando comienza con unas oposiciones o en un trabajo, por duros que sean. Sigues queriendo divertirte, despejarte, tener tus momentos de relax y solazarte. El problema es que nadie consiguió lo que se propuso sin hacer algo a cambio. Sin pagar su precio. Porque el que algo quiere, algo le cuesta.

 

Llegados a este punto, siempre tenemos dos opciones: Imagen

  1. Bajar los brazos y rendirnos
  2. Seguir en la lucha

Si optamos por la primera, ya habremos llegado. Esto es todo, señores. El espectáculo tocó a su fin. Los que creyeron que no podías hacerlo llevarán razón y los que esperan que tú caigas para seguir ellos, habrán ganado. Pero tú seguirás en el mismo sitio. Y con nada en las manos. 

Si nos decantamos por la segunda, el camino será un poco menos apetitoso. Tendremos que recordarnos todos los días por qué decidimos escoger ésta y no la otra opción. Tendremos que renunciar a hacer las cosas que nos gustaría para hacer aquellas que debemos. Habrá que dejar de escuchar lo que nos pide el cuerpo y entrenar la mente, la voluntad, la capacidad de sacrificio. Y todo esto no será fácil. Nadie dijo que lo fuera, de hecho. Pero sí sé que merecerá la pena. 

 

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Una de las cosas que nos diferencian de los animales es que cuando ellos quieren algo, directamente van y lo cogen. Nosotros tenemos la maravillosa capacidad de hacerlo esperar. Es sólo que a veces se nos olvida que se trata de una espera, y no de una despedida. 

Por eso, tan importante es pararnos a imaginar cómo será cuando lo logremos como luchar para conseguirlo. Nadie corre más con los ojos vendados, por muy llana que esté la superficie. Se trata de dejarnos invadir un poquito por la parte de nosotros que ya está allí, que ya ha llegado a donde queremos, y de escuchar las cosas que tiene que contarnos. Entre ellas, probablemente, que no te rindas, que la recompensa siempre es proporcional al esfuerzo. Que si lo dejas hoy, nunca sabrás cómo podría haber sido mañana. Que a menudo dejamos de intentarlo cuando estábamos a punto de conseguirlo.

Así que, cuando tengamos que trabajar, a trabajar. Y cuando toque divertirse, a divertirse. Lo importante es saber distinguir, y saber volcar la energía en la dirección correcta. Las complicaciones llegan cuando mezclamos ambas facetas, o las intercambiamos. Entonces, ni hacemos bien lo que debemos, ni disfrutamos plenamente de lo que queremos. Además, el día no sabe igual cuando llevamos todo el día descansando. El descanso gusta cuando contrasta con el esfuerzo. Cuando se presenta como recompensa y sabemos que nos lo merecemos. Imagen

Hay que saber entregarse al momento, darlo todo cuando toca. Con lo que toque. Porque si no, se nos va la vida entre suspiro y suspiro, y al volver la vista atrás, sólo quedará el saber que pudimos haberlo hecho diferente.

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Yo hablo del aquí y del ahora. De hacer un esfuerzo consciente por dirigir nuestros sueños hacia el camino que nos llevará a ellos. Aunque sea duro y a veces parezca interminable. Recuerda: no hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista. Pero cuando pasen esos cien años yo no quiero tener las manos vacías. 

 

Por otro lado, no podemos poner todas las expectativas en el futuro. Porque si lo hacemos así, cuando el mañana sea hoy, nos decepcionará. Sólo nos queda confiar en nosotros, en nuestros medios, en el día de hoy. E invertirlo de manera que no acabe un día sin saber que estamos más cerca de donde queremos estar mañana. De verdad, que si no nos ponemos en marcha, esto no anda. Y que si nos paramos, no llegamos. Que con empezar sólo no basta. Hay que terminarlo.

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El futuro no siempre se mide en los años que están por venir. Lo que pase de aquí a un minuto también es futuro, y como mucho, sólo alcanzamos a intuir lo que pasará, pero nunca tendremos la certeza de ello.

Lo que sí es cierto, y esto te lo prometo yo, es que si no hacemos nada para que pase, nunca pasará. 

 

La gran paradoja de todo esto es que la magia de todo proyecto radica, precisamente, en la posibilidad de fracasar. Éso es lo que nos mantiene en la intriga, y éso lo que hace grande el día que lo logramos.

Y cuando me llegue ese día, yo quiero tener mucho que celebrar.

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