¡Vuelta a la rutina!

Imagen

Al principio parecen interminables, pero siempre se acaban. Sí, las vacaciones. 

No importa si duran varios días, un mes o incluso dos, porque al final siempre toca volver a la rutina, volver a esforzarse, volver a cumplir con nuestras obligaciones. Pero volver a hacer lo mismo no significa que tengamos que hacerlo igual.

Llega el momento de deshacer maletas, de los “hemos llegado”, de compartir fotografías y recuerdos con nuestros amigos, de asimilar todas las imágenes que ahora pasan a cámara lenta por nuestra cabeza con sólo cerrar los ojos, de despedidas y de viajes que, aunque no necesariamente nos lleven lejos, siempre se nos hacen eternos. Porque duele alejarse.

Y no sólo nos alejamos de personas. Hay despedidas de lugares, de momentos, de etapas. Y también a ellos hay que decirles “hasta el año que viene” o “hasta pronto”. Porque esto es así. La alegría que nos invade al pensar en unos días libres reside, precisamente, en el hecho de que nunca disponemos de ellos. Por lo que, si siempre fueran vacaciones, acabaría por parecernos una obligación el divertirnos y terminaría por agobiarnos el tan ansiado “no hacer nada”. Es paradójico, pero así es. Necesitamos el cambio, aunque sea lo que más detestamos cuando se trata de volver al trabajo.

Imagen

Y como es irremediable la vuelta a la rutina, lo único que podemos (y todo lo que debemos) hacer es tomárnosla con ilusión. Sé que es difícil, pero no imposible.

Lo primero que se necesita en estos casos es ganas de dar todo lo que tenemos, ahora que ya estamos descansados y hemos Imagenrecargado pilas. No digo que haya que tener fuerzas. Digo que hay que tener ganas de tener ganas. Para que haya nuevas aventuras que contar y mejores noticias que celebrar la próxima vez. Para que cuando volvamos a estar donde hemos estado, seamos más de lo que hemos sido.

No podemos vivir esperando las vacaciones. Si sólo nos limitamos a esperarlas, cuando llegan, siempre nos decepcionan. Tenemos que invertir, que apostar, que dejarnos lo que somos cuando toca estar a la altura y sólo así, cuando llegue el momento de pararse, podremos hacerlo y disfrutaremos de bajar el ritmo, en lugar de ralentizarnos con nuestros reproches.

Para que llegue el verano, tiene que pasar el invierno. O al revés, a gusto del consumidor. Pero mientras llega, hay que hacer que llegue. Me explico. Los eventos más importantes de nuestra vida no lo son por el nombre que llevan, sino por el tiempo que hemos invertido en ellos. Cuanto más importante es algo, más tiempo invertimos en prepararlo: una boda, un título universitario, un viaje… Y por eso es especial. Y por el camino. El camino y los preparativos son parte del evento en sí, si no lo más divertido.

Imagen

La vida es un continuo preparar lo que viene. Porque siempre hay algo por venir. Y lo mejor siempre está por llegar.

Después de días intensos, de muchas emociones, de horas de distendimiento, volver a concentrarse en una tarea cuesta muchísimo trabajo.

Pero la mayoría de las veces es esto así porque nos rebelamos y no queremos hacer lo que debemos hacer.

¿Y cómo voy a querer volver a trabajar? Imagen

Es más simple de lo que parece: buscando las razones por las que un día elegiste estar donde estás (como tener un sueldo, formar un hogar, conseguir una meta…) y todas las cosas buenas que, aunque no podían entrar aún en nuestros planes, vinieron con esa decisión (como los compañeros de trabajo, el placer de la pausa a media mañana, el almuerzo al medio día, la oportunidad de conocer a personas que, hoy por hoy, son parte de nuestra vida y de lo que somos) y sobre todo, la posibilidad de seguir haciendo todo esto y más.

 

Consiste en focalizar, en no olvidar hacia dónde nos dirigimos para poder disfrutar también de todo lo que nos lleva hasta allí. Porque al final, es lo que queda. De los años de universidad, por ejemplo, no es el título lo que acaba permaneciendo en nuestra mente, sino los ratos en clase, los amigos, los trabajos en grupo, ¡incluso los malos ratos!

Imagen

Como dice una frase que leí hace poco, “la vida no consiste en esperar a que pase la tormenta, sino en aprender a bailar bajo la lluvia”. Del mismo modo, no hay que esperar a que lleguen las vacaciones para ser feliz, porque puede que al final haya cambio de planes y no lleguen o que lleguen diferente a como planeábamos.

ImagenAdemás, el concepto de vacaciones no tiene por qué ser comprensivo de varios días. Podemos tener vacaciones siempre que lo deseemos. Incluso todos los días, aunque trabajemos. Aunque sean unos minutos. Siempre que sepamos buscar el momento.Imagen

Vacaciones puede ser el momento de preparar la cena o esperar a que se termine de hacer el almuerzo, con una cerveza o copita de vino mientras charlamos con nuestra pareja o nuestra familia o amigos en nuestra cocina. Vacaciones son los quince minutos que tengo para merendar. Y el dulcecito que elijo para reponer energía.

Y los viajes de ida y vuelta, donde puedo echarme a dormir o leer aquello que llevo queriendo leer toda la semana. Imagen

También son vacaciones el rato que voy cantando en el coche camino del trabajo, con la música a todo volumen. O los minutos que tardo en dormirme. Todo lo demás, puede salir bien o mal, pero esos momentos no me los quita nadie. Son míos, y no pienso dejarlos pasar sin más.

Todo fin es comienzo de algo nuevo. Siempre. No hay excepciones. Y tengo una magnífica noticia: de nosotros depende que lo que empieza hoy sea mejor que lo que acaba, que lo que está por llegar sea mejor que lo que ya se ha ido, y que lo que dejamos atrás merezca la pena lo que está por venir.

Es hora de ponerse las pilas.

Lo mejor de las vacaciones es que siempre son un borrón y, si quieres…¡cuenta nueva!

Ánimo, valientes. Que estamos en el camino y que, andando, ¡siempre se llega! 

Imagen

 

Estándar