Opositando, que es gerundio.

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Lo de preparar oposiciones es un tema curioso al que le sucede como a muchos otros temas en este país: todos hablan de ello pero muy pocos saben realmente qué significa.

El Diccionario de la Real Academia Española define al “opositor, ra” como:

  1. Persona que se opone a otra en cualquier materia.
  2. Aspirante a una cátedra, empleo, cargo o destino que se ha de proveer por oposición o concurso.
  3. En política, partidario de la oposición.

En el contexto que nos ocupa, el significado al que me refiero es el del número 2. O lo que es lo mismo (y ahora con mis palabras): persona que, tras una enajenación mental transitoria, decide cambiar unos años de su vida y de su familia por un puesto fijo en la Administración Pública. 

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Todo comienza por una decisión que nos cambiará la vida: primero, en nuestro perjuicio, y después, siempre, en nuestro beneficio. Y no, no existe ninguna oposición de la que no obtengamos ningún beneficio. Incluso si no llegamos a aprobarla. Porque, como mínimo, llegaremos a conocernos a nosotros mismos mejor de lo que nunca habríamos podido hacerlo si hubiéramos escogido otro camino y, sólo por eso, merece la pena arriesgarse, como bien decían los griegos.

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Una vez embarcados en el proyecto que hayamos decidido, por mucho que nos hayan advertido, el camino se hace duro. Más de lo que pensábamos y muchísimo más de lo que creíamos. He aquí la diferencia entre el que sabe lo que es y el que se entera de una oposición. Sólo el que adquiere la condición de opositor tiene potestad para opinar sobre su significado.

Por eso, y como son frecuentes las caras de “ah, sí, sí” cuando digo a lo que me dedico, he decidido dedicarle una entrada a todos aquellos que, como yo, son OPOSITORES.

 

El primer requisito para poder ser un verdadero opositor es tener cierto punto de locura. Sí, tal cual. Ya sé que se nos exige imparcialidad, cordura y ejemplaridad pero, para intentarlo sólamente, hay que estar muy loco. Y los que te rodean, ser un poquito inconscientes. Veréis por qué.

 

ImagenSuelo decir en tono de broma que, cuando en una familia alguien decide opositar, es como si en la misma hubiera caído otra desgracia cualquiera. La persona que decidió empezar a opositar fui yo solita, pero en mi oposición están luchando conmigo muchas personas aparte de mí que, sin intervenir en mi decisión, están apechugando con sus consecuencias: padres, hermanos, abuelos, amigos, novios…

De repente, sus rutinas giran en torno a la mía. El horario del desayuno, la parada a media mañana, la hora del almuerzo y la cena, los martes y los viernes (o los lunes y los jueves), el día libre y todo lo que esto conlleva pasa a ser parte de sus vidas también. Sufren con nosotros y aunque ellos no hayan entrado, también salen del preparador con nosotros. Nos escuchan, nos apoyan y nos animan, aunque no sepamos hablar de otra cosa o nos hayamos quedado mudos, depende del día. No están estudiando con nosotros, pero a veces parece que, si pudieran, lo harían. Son geniales. Y esenciales.Imagen

 

Esto es una auténtica cura de humildad. Todo opositor empieza su particular aventura
pensando que estará muy solo y, sin embargo, acaba dándose cuenta de que solo, lo que se dice solo, no habría podido ni empezar el tema 1.

Para que una persona pueda estar dedicada en cuerpo y alma al estudio, el director de logística ha de ser realmente bueno. Normalmente, los padres. Pero también pueden ser nuestros tíos, o nuestros compañeros de piso. Ellos nos van desenrollando la alfombra a nuestro paso para que sólo tengamos que llegar, la mayoría de las veces, y sentarnos.

ImagenTambién tengo que reconocer que me equivoqué. Pensé que este mundillo estaría lleno de competitividad y, sin embargo, he conocido a unas personas excepcionales que sé que seguirán conmigo cuando hayamos conseguido nuestros objetivos. Puede que sea por aquello de que las circunstancias unen, o porque se conviertan en unos de los pocos que pasan a entendernos verdaderamente.

Parece como si aquel momento en que podías elegir qué hacer entre un montón de horas hubiera sido un sueño. O mejor aún, una vida pasada. Nos metemos tanto en nuestra rutina que ya no contamos el tiempo por días, sino por temas. Y la verdad es que yo solía correr y estaba en forma, me encantaba pintar y me pasaba los veranos en el campo con mi caballete o tenía fines de semana. Pero lo peor no es eso. Lo peor es que, en el medio del camino, tampoco ves lo que viene después. Estás en punto muerto. En stand by. Anclado. Viendo la vida pasar, mientras la gente de tu quinta evoluciona y empieza a trabajar, se va a vivir en pareja, se compra su coche…

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La mayor parte de la gente piensa que las oposiciones son estudiar, estudiar y estudiar. Pero la verdad es que no es así. O no sólo. A mí lo que menos trabajo me cuesta es estudiar, aunque sean 12 horas al día. Lo que más trabajo cuesta y lo que peor llevo es que esas 12 horas hay que echarlas todos los días, uno detrás de otro. Menos los sábados.

No es un tirón ni un sprint que luego se acaba y viene el verano. Bueno, viene el verano, y el otoño, y el invierno, y la primavera, pero yo sigo en el mismo sitio: estudiando.  Y no de un modo tranquilo, sino como si siempre fuera tarde. Como si siempre lo hubiera dejado todo para última hora, con lo que yo odiaba eso en la facultad. Siempre con el agobio del que no ha Imagenestudiado cuando podía y le ha pillado el toro. Así, todos los días.


Más la presión de no poder
ponerte ni siquiera enfermo. Ni triste. Ni decir que no puedes. Tienes que seguir, porque los objetivos que debes cumplir son siempre los mismos. Da igual lo que haya pasado en esos dos días, aunque sea tu vida.

Y si sales a hacer unas fotocopias, sales con la sensación de haberte fugado de algún sitio. Como si te persiguieran y te fueran a gritar de un momento a otro mientras caminas: ¡eh, tú! ¿Qué haces que no estudias?

También pasa que sales a la calle y siempre acabas diciendo lo mismo: “Sí, aquí estoy, estudiando, para variar. Sí, es duro, pero he salido a despejarme. Bueno, ya vendrán tiempos mejores, sí. ¡Hasta luego!”. Eso si no te preguntan que cuántos temas tiene lo que haces, que cómo te lo estudias o que cuántos te quedan. Y la pregunta del millón: que cuándo te presentas. Imagen

Luego está el tema de tus amigos. Es muy difícil compaginar la vida social que tenías antes de opositar con la no-vida social que te queda cuando estás opositando. Y si tienes una relación ya ni hablemos. Hay muchas personas que no entienden que no tienes tiempo ni para comer o que tus duchas van a acabar siendo un lavado en seco cualquier día de estos, cuánto menos que no puedes estar aquí o allí. Que no es que no quieras, sino que no puedes.

Además, uno mismo también cambia como persona y no te apetecen las mismas cosas. Antes estabas todo el día en casa haciendo “como que” estudiabas, o ibas a la universidad y hacías “como que” atendías, y aún te quedaban ganas de salir y relacionarte. Ahora, como ya no “haces como que” estudias sino que te partes los cuernos memorizando, cuando acaba el día, realmente siempre no tienes ganas de seguir hablando. A lo mejor te apetece estar en silencio. O sola. O con alguien en concreto.Imagen

La oposición te hace egoísta, desde el punto de vista de los demás. Pero a mí me parece que nos vuelve “selectivos“. Tengo que elegir a qué dedico el tiempo que tengo, y obviamente, cuando todo depende de tu capacidad para estudiar, al primero que tienes que cuidar es a ti mismo. Por eso ahora te niegas rotundamente a hacer cosas que antes habrías hecho con un poco de esfuerzo. Porque simplemente no puedes más. Y entonces te paras, sin importarte lo que piensen los demás.

Verás, te sigue importando, pero menos que lo que piensas tú de ti mismo. La oposición te obliga a quererte más de lo que te has querido nunca. Porque o te las sacas tú o no se las saca nadie.

Por todas estas cosas fue por lo que me decidí a hacer un blog. No quería que, un día, en el futuro, al mirar atrás, de estos años de mi vida, sólo pudiera contar lo mucho que estudiaba. Quiero contar que aprendí. Y muchas cosas más que Derecho.

ImagenQuiero contar que aprendí a aceptar mis limitaciones y a pelear mis miedos. A estar sola y conmigo misma. A quererme en mis días buenos y en mis días malos. A asumir que el fracaso es una posibilidad, pero nunca una opción. A reconocer que el mejor regalo que le puedo hacer a alguien es mi tiempo, y por tanto, a valorar el tiempo que los demás invierten en mí también.

Lo bueno de todo esto es que soy mi propia jefa. Que no tengo que aguantar compañeros imbéciles (aunque cuando me pongo tonta, tampoco tengo a quién echarle la culpa). Es el único trabajo del mundo en el que tú eliges el uniforme y puede ser ese pijama de Mickey Mousse.

Lo malo es que, precisamente, hay que tener mucha auto disciplina y tener muy claro el motivo de tu decisión de opositar, para que nada te afecte, en la medida de lo posible.

Es un camino que, como decía al principio, independientemente de que apruebes o de que decidas cambiar de rumbo, te ayuda a conocerte a ti mismo. O mejor dicho, te obliga a conocerte a ti mismo: puede que en este tiempo de presión máxima te des cuenta de que tú no quieres esto, y abandones. Puede que te des cuenta de que esto te llena mucho más de lo que pensaste y de que tus límites estaban más lejos de lo que creías y sigas. Pero, en cualquier caso, acabarás descubriendo tus limites. O que no tienes. Sólo por eso, ya merece pasar la pena por esto.Imagen

Es como un pacto, en el que yo vendo estos años de la vida que podría llevar ahora y no llevo, y tú me das la vida que quiero. Por eso es tan fácil obsesionarse y ver opositores, oposiciones y opo-cosas allá donde vayas.

ImagenY te dicen que desconectes. Como si fueras una máquina. Porque eso es lo que quieren que seas, al fin y al cabo (no hay más que mirar el temario y los criterios de evaluación). Otra cosa ya es re-conectar. A eso aún no le he cogido el truquillo después de una parada, por breve que sea, así que se admiten sugerencias.

En definitiva, se trata de un camino difícil, que exige que des todo lo que tienes y cuando eso se acaba, que te lo inventes, pero que sigas en marcha.

Es un proyecto que requiere valentía y, paradójicamente, ganas de vivir, aunque sea justamente a lo que renunciamos. Porque sólo los sueños nos mantienen vivos hasta que logramos cruzar el río. Eso sí, dicen que desde la otra orilla el paisaje es muy distinto y yo quiero verlo, cueste lo que cueste.

Lo mejor que te puede pasar en la vida es que decidas ir en busca de tus límites, porque entonces, te darás cuenta de que no existen.

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* Especialmente dedicado a todos mis amigos y amigas opositores y a los que, no siéndolo, me están esperando pacientemente.  A mi preparador y a su mujer,  a mi familia y a mi novio. Sin vosotros no podría estar, ni siquiera, intentándolo. GRACIAS.

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