Caelum, caeli. Cielo.

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Ya sé que sólo puedo ver un trocito desde mi ventana, pero me encanta igual.

En una de esas veces que levanto la mirada y suspiro, me he dado cuenta de que es mucho más que color azul. Es la vida misma. Es parte de lo que somos cada uno de nosotros. Vivimos mirándolo constantemente, y marca la diferencia en nuestra manera de vivir los días.

Es el cielo azul. Y el gris. Y el morado. 

Cada día conmigo, esperando a que termine mis temas para volverse oscuro. Y cuando no puede esperarme más, siempre me promete un día nuevo. Es increíble lo libre que me siento con sólo mirarlo. Sabe devolverme eso que me falta. Aunque no supiera que me faltaba.

Me dice que si él puede ser día e iluminar tantas horas es porque también es noche. Que no todo es una cosa u otra. Que los crepúsculos son lo más bello. Que la vida es cambio porque nunca se para, pero siempre da tregua.

A veces aparece con nubes, pero sigue estando ahí. Detrás de ellas. O por encima, si queremos. Las deja estar y pasearse porque es la única manera de que podamos valorarlo cuando está raso. Aunque truene, sigue siendo él. Las circunstancias no lo cambian, sino que refuerzan su presencia cuando éstas se callan.

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También me deja ver el paso del tiempo. Las horas corriendo sobre las paredes de los edificios en busca de su sombra, la tarde sobre los tejados. Yo lo sigo desesperadamente, pero a veces se me escapa. Irremediablemente.

Y aunque yo sólo ocupo un trocito del espacio, de mi casa y de mi mesa, él se extiende hasta los confines de la tierra. Es el mismo que cubre las alegrías y las penas, los días buenos y los días malos de todas las personas que conozco. Que mientras yo estoy aquí, cumpliendo mi dulce condena, él sigue brillando a pesar de las adversidades, recordándome que hay razones para seguir.

ImagenAlguna vez también me ha dicho que el día que pueda tocarlo, no debo olvidar lo que me costó poder hacerlo. Porque es soñando como se llega, pero es por la vanidad que volvemos y caemos despiadadamente contra el suelo.

Los que por él pasan, tienen que dejarse llevar, pero también saber levantar el vuelo.

Y así somos nosotros: un poco de azul, un poco de lluvia, un poco de sol. Con nuestras sombras y nuestras luces. Pero siempre amaneciendo después de cada noche.

La noche siempre es más oscura justo antes del amanecer.

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El blanco también tiene matices.

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Hay días en que hasta subir la escalera me cuesta.

Y siempre llego, miro antes de entrar por la cristalera y veo mi mesa en silencio, los lápices mudos, esperándome. 

Hay días en los que mi cien por cien se transforma en muchas páginas y otros en los que no alcanzo a entender por qué a un párrafo le sigue otro. Días en los que logro memorizar muchos artículos y días en los que son los artículos los que acaban aprendiéndose mi cara. Días largos y días muy largos. Días en los que te ríes y días en los que las risas de los demás retumban en mi realidad paralela, como si quisieran mofarse de mí. Días en los que me preguntan mi nombre y tardo en contestar.

 

Ésa clase de días.

A menudo me pregunto qué será de este lugar cuando todo haya pasado. Cuando den las cuatro en el reloj y no suba nadie para batirse con la tarde. Entonces, puede que todo haya merecido la pena, pero nunca volverá a ser este día. Será otra vida y con ella se borrarán muchos de los recuerdos que tanto trabajo me ha costado grabar.

¿Por qué se olvida tan pronto todo aquello que nos ha hecho sufrir y luego somos capaces de recordar con todo lujo de detalles cada pequeña alegría?

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Parece que el dolor también tuviera su límite y que, cuando éste es rebasado, el cerebro se reseteara. Quizá, si no fuera así, no podríamos seguir adelante. Sin embargo, cuanto más dolor somos capaces de atravesar, mayor es nuestra resistencia en lo sucesivo. Si siempre huyéramos de él, nunca sabríamos cuánto somos capaces de soportar.

Hace poco una persona me dijo: “Yo olvido, pero no perdono”. Algo en mí se removió ante esa conclusión, pero yo aquello lo archivé, y, más tarde, en uno de esos momentos en que las cosas vuelven a tí con “efecto boomerang”, pensé: ¿se puede olvidar sin perdonar?  

 

ImagenY la verdad es que aquella pregunta reclamaba urgentemente una respuesta, porque yo últimamente no me paso ni una a mí misma: cuando llevo mal un tema, cuando me sale mal un cante o cuando se me olvida un artículo justo por la mitad… Yo, ahí, ni olvido ni perdono, lo que significa que todo va sumando y hay días en que me levanto ya dando error en el sistema. Y eso, no sólo no resuelve nada sino que lo empeora.

Todo no van a ser buenas caras y alegría, está claro. Pero desde luego hay que saber darle a cada cosa el sitio que merece, y perdonarnos. Aunque no olvidemos.

Hay muchos que pueden pensar que ésta se trata de una conducta egoísta. Pero yo creo que es una actitud de supervivencia y agradecimiento.

De supervivencia porque, excepto en el amor, que es la única materia en que la experiencia no cuenta, cuando aprendemos que algo nos lleva al fracaso no volvemos a tomar más ese camino.

Y de agradecimiento porque, una vez que hemos llegado a donde queríamos, es muy fácil olvidar lo que nos costó encontrar la llave de esa puerta y empezamos a preocuparnos por otros problemas que, en su día, habríamos recibido con los brazos abiertos.

 

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Todos pasamos por momentos en que nos faltan las fuerzas, porque la vida tiene eso: que hay de todo un poco. Los que no encuentran trabajo o se acaban de quedar sin él, para los que se ven abocados a tomar una decisión ante una disyuntiva importante o los que sencillamente, lo tienen todo pero les falta algo. Ese puñetero algo, al que muchos llaman “felicidad”.

Yo he aprendido que la felicidad no viene y va, sino que somos nosotros los que vamos y venimos a ella dependiendo de las decisiones que tomamos.

 

Leí hace poco que lo único que él tomaba para ser feliz eran decisiones. Y es cierto. El día en que decidimos que todo va a ir bien, la mayoría de las veces, acabamos teniendo razón. Y el día en que nos levantamos pensando que fracasaremos, estamos conduciendo la bicicleta mirando fijamente hacia el tronco de árbol que queremos esquivar. Y al final nos estampamos.

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Hay que ser auto exigente, por tanto, pero también auto indulgente. Si no nos perdonamos a nosotros mismos por no haberlo hecho todo lo bien que esperábamos, nadie lo hará. Y esto es algo importante, tanto en la vida en general, como en mi proyecto de oposición, en concreto. Porque yo tengo que saber distinguir lo que soy de cómo estoy. Lo que soy, de lo que puedo llegar a ser, sin perder nunca de vista el horizonte.

Todos nos ponemos enfermos, tenemos una mala tarde, una mala mañana o incluso una mala racha. Hay días, en definitiva, en que nos levantamos leones y otros, gacelas. Y, como me dijo mi hermana una vez, no importa que seas gacela siempre que corras más que el león. Pero si eres león, no puedes olvidar que hasta él tiene que correr más que la gacela para poder cazarla y comer. Y seguir adelante.

Lo que marca la diferencia no es las veces que caemos, sino el tiempo que tardamos en levantarnos. 

Porque las oportunidades no desaparecen, otro las toma en nuestro lugar.

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