Oposito luego no existo

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Tanto tiempo de oposición y todavía sigo sin acostumbrarme a decir “no” a mis amigos. Todavía sigue dándome un vuelco el corazón cada vez que se organiza un plan al que yo no puedo asistir. Todavía sigo sintiéndome mal por tener que elegir no ver a las personas que quiero que estén en mi vida. Y en cuya vida yo quiero estar.

¿Alguna vez pasará esta sensación? Pregunto. ¿Es cuestión de esperar hasta que todo el mundo se aburra y ya nadie cuente conmigo o existe alguna alternativa para seguir en la memoria colectiva aparte de Facebook?

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Al principio, no es que no costara tanto, pero digamos que lo llevaba de otra manera. Quizá porque aún tenía la firme creencia de que podría compatibilizar mi antigua vida con la nueva opositoril, sin renunciar a nada ni a nadie. Pero los meses pasan y el cansancio va haciéndose su hueco.

Antes podía garantizar que tal día, al salir del preparador, podría quedar para tomar algo. A día de hoy es inevitable que antes de dar una respuesta me plantee si puedo hacerlo incluso físicamente, o sea, sin dolor de cabeza, sin que se me abra la boca mil veces o si, en caso de ir, tendría algo más que aportar que el feedback de mi preparador.

El ritmo cada vez es más frenético y absorbente. Es la misma canción pero cada vez más rápido. Cada día más y más temas los que se acumulan encima de las mesas, de los sillones, de las sillas y de las escaleras, como si de un vía crucis se tratara, de esos días en que ya no sabes dónde ponerte.

Empieza uno muy convencido diciendo que tiene que estudiar y la gente te dice que lo comprende. Sin embargo, con el paso de los días y a base de repetirlo, llega un momento en que suena un poco a excusa. Y hay quien te mira con cierto escepticismo, sin creerse que realmente te tires más de once horas sentado en el mismo sitio. No los culpo, desde luego. A veces, ni yo misma me creo cómo he sido capaz de hacerlo.

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“¡Ah, pero tienes un día libre…!” te sueltan otros. A esos pocos les diré que más que un día sin estudiar, es un día para poder seguir estudiando. Como el que coge aire sabiendo que le espera un largo rato bajo el agua. Pero no se crean que es tan fácil como decir “hoy no estudio” y por arte de magia vuelves a ser, durante veinticuatro horas, la persona que eras. Ojalá.

Para empezar, el día que no estudio, aunque no suene el despertador, yo ya estoy a las 8.00 a.m. que puedo ver el ruído, con los ojos como platos, en la cama, mirando al techo. Pienso que es el famoso día libre y me pongo a hacer mil planes de las cosas que me gustaría hacer. Pero las que realmente puedo son muy pocas si no quiero empezar el domingo más cansada de lo que ya estoy, luego el abanico se reduce considerablemente.

En este tan ansiado día de la semana, lo que principalmente me da tiempo a hacer es comprobar que la vida sigue. Sin mí, pero sigue. Que a mis amigos les han pasado mil cosas (aunque no sean apoteósicas todas) y a mí ninguna. Que hace semanas que no hablo con mis mejores amigas y para enterarme de cómo les va tengo que preguntarles como en los horóscopos: por el amor, la salud, el dinero y la familia. Que las redes sociales de tus amigos están llenas de fotos, pero la última contigo tiene meses. Que Fulanita tiene una boda, una comunión y un cumpleaños. Y que yo lo único que sé es que mañana, pase lo que pase, estaré en el mismo sitio y hasta la misma hora.

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Preguntar qué día es y qué día fue ayer. Del mes y de la semana. Pero saber exactamente cuántas horas, minutos y segundos quedan para el próximo encuentro con el preparador. A eso me refiero. Vamos, que el agobio no te lo despegas ni con agua caliente.

Está claro que el día que empecé a opositar no sabía en lo que me metía ni que esto requeriría mi cien por cien. Menos mal, desde luego. Ya entiendo aquello de que la inconsciencia es la madre del atrevimiento. Pero es que aunque lo hubiera sabido no habría podido advertírselo a mis amigos. Habría sonado a algo así como: “Hola, voy a empezar a opositar y cuando quieras tomarte algo conmigo tienes que avisarme con, al menos, tres meses de antelación y esperar a que yo pueda quedar dentro de los tres meses siguientes”. Obviamente nadie quiere un amigo invisible. Aunque eso sea justamente en lo que me he convertido.

Lo peor que me ha pasado en este aspecto de “no existir” es que una vecina de mi propia calle me pregunte que dónde estoy viviendo ahora. Lo demás os lo podéis imaginar vosotros.

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Cuesta mucho trabajo asumir que quien de verdad te quiera seguirá estando ahí. ¿Por qué iba a hacerlo? El roce hace el cariño, aunque esto no sea aplicable a los carperi. Fui yo la que decidí meterme en este “fregao” y si no estoy nunca, lo normal es que acaben por no contar con una.

Sin embargo, sigo teniendo en mi vida a personas que continúan queriendo escuchar mi “estudiando” al preguntarme “¿Qué haces?”. Y en el número uno de este particular ranking se encuentran las valientes que se lo juegan todo y se atreven con el “¿Cómo estás?” (arriesgándose a que me pillen sincera y con ganas de hablar). Especialmente a estos últimos, gracias de corazón. No sabéis lo que se valora eso.

 

A éstos, a aquéllos y a todos los que saben de mi existencia, aunque ahora esté que no esté, no les quepa duda de que no sólo no cambiaría nada de esto por ir hacia donde voy sino que VOLVERÉ.

Para terminar todo lo que me dejé pendiente, para mejorar todo lo que ya solía hacer y para empezar todo lo que ahora sé que puedo llegar a conseguir.

 

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