Hora nueva, vida ¿nueva?

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No se trata sólo de una hora arriba o una hora abajo. Significa la entrada del frío. Y de nuevas cosas en el lugar de las que se van.

Los días empiezan a darse prisa y el suelo juega a esconderse bajo las hojas. El mármol o el hierro de los bancos ya no invita a sentarse y las ventanas ahora muestran su interior, con una luz tenue, aunque sean las seis de la tarde.

De repente, todo se silencia y se puede oír el viento batiéndose con los árboles. Las ventanas se cierran y, como ellas, cada una de las personas que me cruzo por la calle. Porque parece que el frío invita a recogerse. A tirar para casa y no salir de allí. Excepto para los que nunca salimos de casa. Para esos como yo y para todos los que, de alguna manera están entregados a alguna meta, tan sólo es el mismo invierno muchas veces.otoño5

Nadie repara en que es verano cuando éste llega. Parece lo habitual, como si siempre hubiera sido verano ya. Pero ¿quién no acusa la llegada del invierno? Las calles comienzan a oler a chimenea, a castañas asadas y a tierra mojada. Y todo junto remueve los sentidos de una manera especial.

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En mi caso concreto, yo sí siento que pierdo una hora. Literalmente. No se puede estudiar si entre que me despierto de la siesta y vuelve a ser de noche sólo ha pasado medio tema y me queda otro medio y uno más. Parece que el cuerpo desconectara y se dijera que ya ha hecho bastante, que es hora de descansar. Como si eso se pudiera. Como si en esto fuera relevante el cansancio…

Ahora no sólo me toca seguir estudiando las mismas horas sino que, además, parecen más. Muchísimas más.

Es increíble el que yo llamo “efecto de las 7 de la tarde”. Cuando llega esa hora, mi mente comienza su particular viaje astral, aunque no me haya movido del sitio. Empiezo a recordar que tengo espalda, y que me duele bastante. Millones de preguntas acuden a mi mente intentando ponerme a prueba: ¿qué haces aquí?, ¿seguro que esto merecerá la pena?, ¿y si al final esto no sirve de nada?, etc. Con lo que además de tener que traerme de vuelta del más allá tengo mujer+mirando ventanaque responder mi particular auto examen sorpresa. Y empieza la batalla mental del “que sí, que yo quiero” con el “que vale, pero no puedo más”. Con lo que ahora, que anochece antes, esto ya no sucede a las 7, sino mucho antes. Creo que hasta me levanto con ello muchos días.

Esta es la época del año en la que la gente me dice que ahora debo estar contenta porque todos están estudiando, trabajando, o al menos, bajo cubierto en sus casas. Y no por ahí fuera dándolo todo en cualquier piscina de esas horrorosamente paradisíacas.

Lo que ellos no saben es que, aparte de no desearle el mal a nadie, yo sigo teniendo las mismas ganas de pisar la calle. Porque todo el que tiene ganas de llegar a casa necesita primero estar fuera. Y yo raramente hago lo segundo. Así que ahora he pasado de ser la única que se queda en casa a ser la única que quiere salir a toda costa. ¿Que hay que pasear al perro? Allá que voy yo cuando puedo. ¿Que hago un mini break? Me siento en el patio, aunque esté nevando. ¿Qué llueve? Las persianas por todo lo alto.

Yo quiero verlo.

Creo que soy la única persona de mi casa a la que le gusta sentir frío en esta época del año. Cualquier cosa, con tal de recordar que sigo estando viva. Porque puede que parezca una exageración, pero a veces se me olvida que yo soy más que libros.

images (4)No hay nada mejor para valorar lo que se tiene que perderlo de vista por un momento. Y justo eso me ha pasado con los días bajo el paraguas y las botas caladas de agua, con el tener que frotarme las manos por no sentir los dedos, con el hacer planes en el brasero sin tener que apuntarlo con una semana de antelación en algún calendario de Mr. Wonderful… Porque ahora que no tengo nada de eso, es lo que más echo de menos. Y cada día estoy más convencida de que eso es la vida: los pequeños momentos, los pequeños trayectos, cualquier “no te vayas que ya vengo”.

Lo bueno del frío es que ahora la taza de té entre las manos mola mucho más. Y estar sentado al calor de la estufa tampoco es de lo peor que hay. Te puedes sonar los mocos las veces que quieras sin que nadie se ría de ti por parecer Miliki. Y puedes vestir tantos pijamas, batas o sudaderas de dibujitos como quieras.frio

Y la verdad es que creo que, pase lo que pase, cada día que me levanto ya estoy obteniendo parte de mi recompensa: saber que cuando esto acabe no quiero dejarme ni un segundo por vivir. Haber aprendido a inventar el tiempo y a colorearlo. Haber sido capaz de desafiar mis propias verdades para construir otras nuevas y más sólidas.

Si tuviera que definirlo de alguna manera, diría que es un entrenamiento del alma, más que del cerebro. De la capacidad de una persona de resistir por lo que quiere.

Y yo lo quiero. Lo quiero mucho. Todo. Y por eso no le tengo miedo al invierno ni a lo que venga.

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Algún día volveré a leer esto y volverá a ser invierno.

Probablemente distinto.

Pero éste pienso estrujarlo hasta el último día. 

Éste no me lo quita nadie.

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Errare humanum est

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Me obsesiona la palabra “error”. Creo que es la palabra que más he escuchado desde que nací.

Aún no sabemos nuestro nombre cuando ya empiezan a decirnos que si el chupete se cae al suelo, ya no podemos metérnoslo en la boca sin lavarlo antes. Que si queremos salir de clase, hay que pedir permiso. Que a papá y a mamá siempre hay que hacerles caso. Algunos de esos niños, incluso terminan estudiando Derecho (lo que les faltaba).

imagesEn definitiva, nos pasamos la vida escuchando cuándo hacemos las cosas bien y cuándo nos equivocamos. Cuándo se nos aplaude y cuándo se nos ponen malas caras. Y a cada una de esas situaciones anudamos, inconsciente y respectivamente, sentimientos de placer y de malestar. No estamos hechos para lidiar con la reprobación ajena tan bien como con las caricias. Definitivamente, no.

Y en cierta medida, llevaban razón: “lo malo” está “mal”. La cuestión es saber dilucidar cuándo estamos verdaderamente ante un error, sin mezclar ningún elemento cultural, de la educación que se nos ha dado o del propio momento histórico en que vivimos.

Hay muchas clases de errores. Hay errores que nos salvan la vida, y otros que nos salen muy caros. Errores que querríamos eliminar para siempre y errores a los que les debemos más que a los propios aciertos. Errores premeditados y errores totalmente imprevistos. Errores con nombres y apellidos. Errores de forma y errores de fondo. Errores de cálculo. Errores absolutos, relativos, porcentuales y de truncamiento. Errores experimentales. Errores de los que se olvidan y errores que nos marcan para siempre. Errores que pasan desapercibidos y errores que te lanzan a la fama. Errores lógicos. Erratas. Errores que provocan risas y errores que acaban a puñetazos. Errores humanos.

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Y es curioso, porque si algo tienen todos en común es la capacidad de lanzarnos hacia una nueva y mejor versión de nosotros mismos.

Pero nadie quiere saber los suyos. Nos cuesta aceptar que somos lo que somos gracias al error-acierto. Sin excepciones. Desde que nacemos.

Detrás de cada paso firme hay mil pasos que nos llevaron al suelo. Por lo tanto, cada cosa que hacemos “bien” hecha, requiere mil intentos fallidos. Pero eso no somos capaces de verlo siempre a priori. Porque no nos enseñan a equivocarnos, sino a triunfar, sin reparar en que, precisamente la base del triunfo, casi siempre, suele estar en nuestros errores… y en lo que hemos aprendido de ellos. Los triunfos son fáciles, y se olvidan. Los errores provocan algún tipo de mutación interna, y nos hacen evolucionar. Yo aún no he olvidado aquella pregunta que me dejé en blanco por no darle la vuelta al examen, y desde entonces siempre he mirado quinientas veces antes de entregarlo. Si lo hubiera hecho “bien” desde el principio, nunca habría contemplado esa posibilidad y nunca habría podido preverla. A eso me refiero. Los errores nos hacen ampliar nuestro mapa conceptual y nuestra capacidad para decidir.

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Por supuesto que hay gente que es más hábil que otra en determinadas áreas, pero, por muy hábil que sea, jamás llegará a dominarlas si no les dedica horas a equivocarse.

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Y yo, en concreto, no sólo cometo errores sino que además, pago cierta cantidad de dinero al mes por que me los cuenten (toma ya). Cada dos días en semana tengo que escuchar qué es lo que hago mal y aunque esto es obviamente algo que empecé a hacer cuando comencé a preparar las oposiciones, creo que todo el mundo debería ir alguna vez a un preparador. Hablo en serio. Aunque nunca se le haya pasado por la cabeza lo de preparar oposiciones. Y no sólo  para escuchar sus errores, sino para desarrollar la capacidad de asumir que los cometemos. Y los mismos, casi siempre.

Quizás ésta sea la parte más difícil: asumir que no soy una máquina. Que a veces simplemente no puedo más. Que hay cosas que yo no controlo y situaciones que me gustaría revivir para hacer y deshacer distinto. Que por mucho que haga, a veces no será suficiente. Que hay personas que te quieren y otras que sólo te utilizan y ambas me lo demuestran todos los días. Que las personas a las que más quiero es a las que más caro les cobro mi tiempo. Que hay cuestas abajo y cuestas arriba, y siempre van unas detrás de otras, alternativamente. Porque así es la vida. Y porque aunque me cueste aceptarlo, tan sólo soy un nudo de sentimientos dentro de un cuerpo imperfecto. Soy humana.

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El peor error del mundo es no asumir que hemos cometido un error. No ser capaces de aprender de él. Porque los errores dejan de serlo si somos capaces de reciclarlos, de darles la vuelta y de quedarnos con lo que sea que hayan venido a enseñarnos.

Sí, siempre hay algo.

Y si no, el que tropieza, dos pasos adelanta.

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