Errare humanum est

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Me obsesiona la palabra “error”. Creo que es la palabra que más he escuchado desde que nací.

Aún no sabemos nuestro nombre cuando ya empiezan a decirnos que si el chupete se cae al suelo, ya no podemos metérnoslo en la boca sin lavarlo antes. Que si queremos salir de clase, hay que pedir permiso. Que a papá y a mamá siempre hay que hacerles caso. Algunos de esos niños, incluso terminan estudiando Derecho (lo que les faltaba).

imagesEn definitiva, nos pasamos la vida escuchando cuándo hacemos las cosas bien y cuándo nos equivocamos. Cuándo se nos aplaude y cuándo se nos ponen malas caras. Y a cada una de esas situaciones anudamos, inconsciente y respectivamente, sentimientos de placer y de malestar. No estamos hechos para lidiar con la reprobación ajena tan bien como con las caricias. Definitivamente, no.

Y en cierta medida, llevaban razón: “lo malo” está “mal”. La cuestión es saber dilucidar cuándo estamos verdaderamente ante un error, sin mezclar ningún elemento cultural, de la educación que se nos ha dado o del propio momento histórico en que vivimos.

Hay muchas clases de errores. Hay errores que nos salvan la vida, y otros que nos salen muy caros. Errores que querríamos eliminar para siempre y errores a los que les debemos más que a los propios aciertos. Errores premeditados y errores totalmente imprevistos. Errores con nombres y apellidos. Errores de forma y errores de fondo. Errores de cálculo. Errores absolutos, relativos, porcentuales y de truncamiento. Errores experimentales. Errores de los que se olvidan y errores que nos marcan para siempre. Errores que pasan desapercibidos y errores que te lanzan a la fama. Errores lógicos. Erratas. Errores que provocan risas y errores que acaban a puñetazos. Errores humanos.

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Y es curioso, porque si algo tienen todos en común es la capacidad de lanzarnos hacia una nueva y mejor versión de nosotros mismos.

Pero nadie quiere saber los suyos. Nos cuesta aceptar que somos lo que somos gracias al error-acierto. Sin excepciones. Desde que nacemos.

Detrás de cada paso firme hay mil pasos que nos llevaron al suelo. Por lo tanto, cada cosa que hacemos “bien” hecha, requiere mil intentos fallidos. Pero eso no somos capaces de verlo siempre a priori. Porque no nos enseñan a equivocarnos, sino a triunfar, sin reparar en que, precisamente la base del triunfo, casi siempre, suele estar en nuestros errores… y en lo que hemos aprendido de ellos. Los triunfos son fáciles, y se olvidan. Los errores provocan algún tipo de mutación interna, y nos hacen evolucionar. Yo aún no he olvidado aquella pregunta que me dejé en blanco por no darle la vuelta al examen, y desde entonces siempre he mirado quinientas veces antes de entregarlo. Si lo hubiera hecho “bien” desde el principio, nunca habría contemplado esa posibilidad y nunca habría podido preverla. A eso me refiero. Los errores nos hacen ampliar nuestro mapa conceptual y nuestra capacidad para decidir.

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Por supuesto que hay gente que es más hábil que otra en determinadas áreas, pero, por muy hábil que sea, jamás llegará a dominarlas si no les dedica horas a equivocarse.

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Y yo, en concreto, no sólo cometo errores sino que además, pago cierta cantidad de dinero al mes por que me los cuenten (toma ya). Cada dos días en semana tengo que escuchar qué es lo que hago mal y aunque esto es obviamente algo que empecé a hacer cuando comencé a preparar las oposiciones, creo que todo el mundo debería ir alguna vez a un preparador. Hablo en serio. Aunque nunca se le haya pasado por la cabeza lo de preparar oposiciones. Y no sólo  para escuchar sus errores, sino para desarrollar la capacidad de asumir que los cometemos. Y los mismos, casi siempre.

Quizás ésta sea la parte más difícil: asumir que no soy una máquina. Que a veces simplemente no puedo más. Que hay cosas que yo no controlo y situaciones que me gustaría revivir para hacer y deshacer distinto. Que por mucho que haga, a veces no será suficiente. Que hay personas que te quieren y otras que sólo te utilizan y ambas me lo demuestran todos los días. Que las personas a las que más quiero es a las que más caro les cobro mi tiempo. Que hay cuestas abajo y cuestas arriba, y siempre van unas detrás de otras, alternativamente. Porque así es la vida. Y porque aunque me cueste aceptarlo, tan sólo soy un nudo de sentimientos dentro de un cuerpo imperfecto. Soy humana.

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El peor error del mundo es no asumir que hemos cometido un error. No ser capaces de aprender de él. Porque los errores dejan de serlo si somos capaces de reciclarlos, de darles la vuelta y de quedarnos con lo que sea que hayan venido a enseñarnos.

Sí, siempre hay algo.

Y si no, el que tropieza, dos pasos adelanta.

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14 thoughts on “Errare humanum est

  1. Fátima dice:

    Lo que es un acierto es tener amigas como tú! Mucho ánimo, porque errorcito tras errorcito llegará tu gran acierto, el acierto de tu vida. Y entonces todos estos errorcitos te sabrán a gloria. Un beso enorme flor 🌼😘🌼😘🌼😘

    • Lleva usted muchísima razón, Señora Magistrada!!! 😀
      La verdad sea dicha, pienso que mi oposición no habría sido la misma si no te hubiera conocido a tí. Has sido, eres y serás mi inspiración, la prueba que demuestra que el trabajo y las ganas todo lo alcanzan, la amiga que estoy segura que perdurará con el paso de los años…
      Un besazo de los que sólo se les dan a los Jueces 😛 Muaaaakaaaa

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