Por cierto, te quiero.

Son muchas las veces que he escuchado en mi vida eso de que las palabras se las lleva el viento. Sin embargo, hay dos en concreto que se repiten a través de las generaciones, y que, juntas, tienen un poder que muchos desconocen. Es algo así como una fórmula mágica, un antídoto para todo tipo de veneno. Se dice que nunca nadie quedó indiferente después de escucharlas y que es lo primero que te viene a la cabeza sobre ciertas personas cuando nos encontramos en situaciones límite. Me refiero a: te y quiero.

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Al principio, cuando somos niños, tendemos a asociarlas a sensaciones placenteras y, por consiguiente, se convierten en lo más grande que podemos decir a alguien. Después, vamos creciendo y descubrimos que hay personas que, aunque dicen querernos, no lo hacen realmente y así nos hacen dudar de su verdadero significado. La verdad inamovible pasa entonces a ser un castillo de naipes. Una especie de broche de oro que a veces nos colgamos en la solapa para que todo brille y luzca mejor, y que nos acostumbramos a llevar encima o a ver puesto en otros sin más. Y, como es de esperar, empieza a darnos miedo tanto oírlas como decirlas.

Sin embargo, los años me ha enseñado que cuando todo pasa, es lo que verdaderamente queda. No, no me refiero a las palabras, sino a las veces que fuimos capaces de hacer saber a las personas que queríamos que las queríamos.

En el día a día tenemos la mala costumbre de dar por hecho que “se sabe”. O de que no es el momento. De lo primero tiene la culpa una ensordecedora rutina que nos lleva de un lado a otro como el viento empuja a su antojo las hojas caídas de los árboles. De lo segundo, ciertas películas y novelas, que se han encargado de anudar a estas dos palabras un montón de rojo, de velas, de solemnidad, de lujo y locura, hasta el punto de hacernos creer que lo que sentimos diariamente o no es para tanto o está fuera de lugar decirlo.

Es cierto que se trata sólo de palabras y que sin hechos que las corroboren, no sirven de nada. Pero también es cierto que hay una tendencia generalizada a subestimar su valor. Si tan poca cosa son realmente, ¿por qué nos cuesta tanto pronunciarlas?

Dicen que están perdiendo su valor porque las usamos demasiado. Hasta hay canciones que aseguran que el sentimiento que las provoca se rompe de tanto usarlo. ¿Será esto verídico? Porque yo veo que la gente continúa usando muchas palabras con bastante frecuencia, y aparte de no perder su significado, nadie exige una prueba de que aquello realmente sea lo que dice que es. Sería ridículo dejar de decir la palabra  “sol” sólo porque sale todos los días, porque es precisamente a él a quien debemos la vida y así va a seguir siendo aunque no lo digamos. Algo parecido ocurre con el “te quiero”.

Lo que sucede es que a veces es complicado distinguir cuándo nos hallamos ante una verdadera muestra de cariño o ante un arma de destrucción masiva. Detrás de un “te quiero” no siempre hay buenas intenciones. En ocasiones el verdadero fin reside en conseguir, ocultar o reforzar algo e incluso en utilizar, manejar, controlar, chantajear o hacer daño a alguien. Por eso, ante un primer “te quiero” todo nuestro cuerpo entra en estado de total alarma. Se nos abren los ojos de par en par, nos ponemos rígidos y se nos olvida hasta lo que estábamos diciendo. Nunca estamos lo suficientemente preparados para escucharlo y no querer saltar de alegría. Lo malo es cuando nos inmunizamos y ya no produce ni placer ni dolor. Y a ello contribuye habernos cruzado muchas veces con personas que no eran conscientes de la verdadera importancia de estas dos palabrillas.

Otros opinan que no es algo que podamos decir a la ligera. Que para decir “te quiero” hay que esperar un tiempo prudencial. Y aquí solemos caer en situaciones tan ridículas como ponerle una fecha de inicio a un sentimiento que nadie sabe cuándo empieza ni por qué acaba. Desde luego, el que lo descubra se forra.

Supongo que en el amor pasa como con los colores: a todos nos han enseñado que el rojo es rojo pero no está demostrado que todos veamos el mismo color ardiente y cálido. Y aquí vienen las confusiones.

Entonces, ¿qué es lo difícil, decir te quiero o querer de verdad? Es más, ¿es posible lo segundo sin lo primero?

Además, hay miles de formas de decirlo y todas son tremendamente económicas: en el ascensor, por el balcón, en la cama o en la mesa. Por la mañana,  por la tarde o por la noche. A voces o susurrando. A las amigas, a los amigos, a la familia, a la pareja. Con dos letras o con ocho. Con “Q” o con “K”. Riéndonos o llorando. En inglés, en ruso o en japonés.

Entonces ¿por qué cuesta tanto?

Querer es de valientes. El que quiere de verdad se lo juega todo a una carta y asume el dolor que va implícito en el riesgo (porque querer de verdad, duele). Por tanto, decir “te quiero” implica quedar totalmente expuestos, desnudos y frágiles ante la otra persona. Implica responsabilidad y es algo serio. Pero, a la vez, fácil. Mucho más de lo que nos imaginamos. Porque una vez que nos deshacemos del miedo a no ser correspondidos y nos atrevemos a decirlo, más que atarnos, nos libera y multiplica nuestra grandeza como personas.

Mi deseo para el nuevo año que empieza es el de ser capaces de decir “te quiero” cuando lo sintamos. Sin tapujos. Nos pille donde nos pille. Que no quede más remedio que decirlo. Hacer que los sentimientos buenos sean irrefrenables e incontenibles. Que se oiga, se sepa y se contagie.

Porque ya hay demasiadas cosas malas que recorren el mundo de un lado a otro a velocidad de la luz, buscando dónde posarse. Porque las cosas buenas también hay que decirlas, aunque se sepan, para que no se olviden. Porque nos creemos eternos e indestructibles pero, en realidad, tan sólo somos el tiempo que tenemos.

La grandeza de las personas se mide por las veces que han escuchado en su vida que se las quiere, y por las veces que han sido capaces de decirlo ellas cuando lo sentían. 

Por cierto, os quiero mucho, familia. Y a vosotros, mis amigos. Y a tí, mi vida.

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Carta a los Reyes Magos 2014

Queridos Reyes Magos:

Hace muchos años que no les escribo una carta. De las de verdad, digo. De esas que solía redactar cuidadosamente y que metía en un sobre con el total convencimiento de que Ustedes, al recibirla, iban a ponerse manos a la obra para hacer mis sueños realidad.

Y llevo tanto tiempo sin hacerlo porque me he dado cuenta de que para poder escribirles necesitaba tener varias cosas en las que, durante muchos años, no he reparado: urgencia de sueños por cumplir, fe ciega e ilusión.

Pensaba que sólo los niños podían dar este perfil, y por tanto, que sólo ellos estaban legitimados para ponerse en contacto con Sus Majestades. Por eso, quizá, dejé de escribirles. Lo alucinante es que he tenido que cumplir veinticinco años para descubrir que justo por eso dejaron de traerme lo que yo deseaba.

A día de hoy, como tantas personas que salen de su casa todas las mañanas a batirse el cobre para mantener a su familia, que se pasan el día echando curriculums en cientos de empresas, que estudian con la ilusión de pasar su vida haciendo lo que les gusta, yo, como opositora, creo que este año vuelvo a tener derecho a escribir una carta.

A ver. He sido buena, y he obedecido a mis padres y a mi preparador. He hecho los deberes cada día, y aunque algunas veces no iban bien del todo, los he presentado y esperado paciente la correspondiente regañina.

Pero también tengo que advertir a Sus Majestades de que me merezco un poco de carbón (si ellos lo ven conveniente). Porque no he prestado apenas atención a mis amigos, ni a mis padres, ni a mi novio. Sobre todo, he estado estudiando. Además, me he dedicado a recordarles con bastante frecuencia lo amargante que era mi vida, olvidando que ellos también tienen problemas y que, al menos, los míos, los he elegido yo. Se me ha ido de la cabeza mil veces sacar la basura o he alegado estar en pijama y estudiando para no poder ir a determinados sitios cuando en realidad no estaba haciendo nada realmente relevante delante del libro. A veces, también se me ha pasado por alto sonreír en la mañana y saludar a todo el que me encontraba por las escaleras, aunque fueran las siete. Y lo peor de todo: me he llegado a acostumbrar a tener tanta suerte en algunas cosas, que he tomado la manía de sólo quejarme por las cosas malas o que me faltan, desdeñando el resto y que hacen posible lo demás.

Ahora que lo pienso, “buena” lo que se dice “buena”, no he sido. Porque a veces me he olvidado hasta de mí misma.

Aún así, creo que me merezco lo que les pido (si mal no recuerdo, también había que justificar el pedido) porque no he desistido de lo que prometí a todas las personas que me quieren (aunque algunas ya no estén en este mundo) y a mí misma: cumplir mi sueño. Mi palabra sigue en pie.

Y también hay muchas personas que este año, más que nunca y aunque ni siquiera lleguen a enviarles sus cartas, se merecen que sus sueños se hagan realidad. Porque de verdad les digo que no piden tanto. Piden incluso menos de lo que se merecen. Y ellos se han portado incluso mejor que yo, porque han estado haciendo los deberes de todos los que hicieron mal los suyos.

En caso de que no pudieran atender las peticiones de todos (y aquí va mi primer deseo) les ruego que tomen en cuenta, primero y sobre todo, las de ellos.

Por mi parte, me gustaría que me trajeran ganas. Ya sé que es lo más demandado en estas fechas y que las hay de muchas clases, pero yo sólo las necesito de las que son para seguir.

También necesitaría un poco de paciencia. Me consta que también es un bien escaso y que los que han sido malos han malgastado mucha de la que había para repartir, pero yo la necesito. No tiene que ser mucha ni de una vez, basta con un abrazo de mi madre, mi padre, mi hermana o mi novio, cuando me vean al límite. Y si pudiera ser también algún halago del preparador, mejor que mejor.

También estaría muy agradecida si me pudieran traer un poco de serenidad, concentración y persistencia. Esto último, todo junto y revuelto, por favor. Ya sé que me lo hicieron llegar el año pasado sin ni siquiera pedírselo, pero es que me ha venido muy escaso para todo el año. Pero si no pueden, no pasa nada. Me conformo con las ganas.

Y por último, me gustaría pedir chocolate. Sí, entiendo que no es nada del otro mundo. Pero es que no he vuelto a probar otro más rico que el que me traían Ustedes justo antes de que dejara de escribirles.

Les deseo un muy buen viaje, y como siempre, sepan que les he dejado agua justo debajo de la ventana (por si tienen sed los camellos) y tres copitas por si quieren servirse anís (que la noche estará muy fría).

Espero que puedan perdonar a toda la gente que, como yo, hemos dejado alguna vez de escribirles nuestras cartas. En cambio, les prometo que a partir de ahora les escribiré cada año, y no sólo para pedirles cosas, sino para mantenerles informados de en qué menesteres he invertido todo aquello que me trajeron.

Atentamente,

Marta.

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En tierra de nadie

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Es difícil no volverse loca cuando lo único que tienes durante un día detrás de otro es una batalla abierta con el presente. Y recuerdos. Y sueños.

Recuerdos de hace mucho y cada vez más tiempo y sueños que, por el momento, no se cumplen.

Actualmente, cuando alguien se interesa por mi vida: o hablo de oposiciones o hablo del pasado o hablo del futuro. Pero me falta esa parte esencial para toda persona que es mi presente. El mismo que me estoy dejando contra el escritorio y bajo la luz del flexo. Aunque esto también es aplicable a cualquier otro objetivo en el que estemos trabajando duro para conseguirlo.

Por eso a veces tengo la sensación de ser como una máquina del tiempo, que viaja hacia atrás y hacia delante continuamente.

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Hay muchos olores, palabras o sensaciones que últimamente me arrastran, de repente, hasta otro momento de mi vida: cuando era niña y jugaba en el desván de mi abuela, las mañanas de la mano de mi padre por la calle, los primeros días de universidad o lo mucho que me agobiaba por lo que ahora me da risa. Y yo me pregunto ¿por qué?

Porque todos y cada uno de los momentos que han precedido a este justo instante han hecho que yo sea como soy, y no de otro modo. Y porque aquellos fueron los días en los que podía ser yo. La “yo” de verdad, la “yo” en acción. Y no la “yo” en eterna potencia…

Es tanto tiempo ya así (y sobre todo, a partir de que comienzas a contarlo en años) que empiezas a confundir lo que realmente eres con las circunstancias en que estás inmerso. Y a creer que has cambiado, que quizá ya no te gustan las mismas cosas o que ya no se te da bien aquello en lo que antes destacabas. Te has ido dejando tan en un segundo plano que cuando quieres caer en la cuenta, estás en tierra de nadie: ya no eres lo que eras, pero tampoco lo que quieres ser. ¿Y entonces qué?

Al mismo tiempo y en mitad de tanta paranoia (“¿y si al final esto no sirve de nada?”, “¿me estaré equivocando?”, “¿cuánto tiempo me quedará así?”) también me pongo a pensar que gracias a esta aventura he aprendido a valorar los pequeños detalles. O a darle la importancia que de verdad tienen: una ducha caliente, un rato sin reloj, la brisa en la cara o una pompa de jabón.

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Ahora, cuando voy por la calle, me siento una india en París: todo me parece nuevo. Y no lo es, pero como si lo fuera.

Ahora me fijo en la cara de la gente con la que me cruzo y me pregunto qué les hará reír o qué les tendrá preocupados. Me hacen gracia los perritos que van pisándoles los talones a sus dueños y reparo en las luces que alumbran las calles ya navideñas como si nunca hubiera visto algo parecido. Es, en definitiva, lo que suele pasar cuando dejamos de tener algo: que empezamos a valorarlo.

Pero, por otro lado, estoy tan metida en mi rutina y tan acomodada a ella (que no cómoda) que el pensar en una ruptura radical también me sobrecoge. Creo que me está pasando factura una especie de Síndrome de Estocolmo, pero con las oposiciones. Ya verás tú, al final no me voy a querer ir.

Y esto es así porque como necesitas que nada te afecte para poder darlo todo todos los días (pase lo que pase), no sólo aprendes a aislarte, sino a hacerte con el control de las situaciones. Si sé que alguien llega a casa a tal hora y que se arma jaleo, yo procuro que llegada esa hora yo ya haya hecho lo que tenía que hacer y así no me entorpezca demasiado. O cualquier otra cosa que queramos evitar. Y ello nos lleva a tener una falsa sensación de control y predicción sobre lo que acontece que, el día que todo esto se acabe, se acabará también.

Porque lo que ahora identificamos con rutina, en el fondo, nos da la estabilidad que necesitamos. Pero la vida no es previsible, y eso es lo que la hace tan especial. Aunque a nosotros no nos esté permitido, por ahora, improvisar.

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Dicen que la rutina lo mata todo, pero nunca me había planteado si eso era también aplicable a la relación de uno consigo mismo.

Supongo que depende del tipo de rutina, pero en ésta mía, en la que sólo te está permitido asumir conceptos, creo que, en parte, sí. Es típico eso de llegar al bar de la estación y que los que saben a qué me dedico me tengan “guardadas” un par de preguntas de actualidad sobre Derecho. Y también es muy típico que yo me acabe enterando de lo que ha sucedido en la semana en ese mismo momento, porque yo sé que debería estar muy al loro de todo, pero cuando digo que estudio todo el día no bromeo.Todo es todo. Ahora viene la segunda parte: improvisar una respuesta (porque es más fácil eso que tratar de que entiendan lo que acabo de decir). Y ahí me doy cuenta de que, en realidad, muchas veces me cuesta encontrar una opinión verdaderamente personal acerca de muchas cosas sobre las que estudio. ¡Yo me entreno justo para todo lo contrario! Para recitar de carrerilla lo que opinan los demás.

Tú no hables, no pienses, no nada. Tú estudia.

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Supongo que algún día saldré de este bucle infinito y que los domingos serán el último día de la semana y no el primero. Pero mientras tanto, me quedo con estos pequeños momentos y reflexiones que, de no estar haciendo lo que hago, tampoco habría podido experimentar.

Estoy convencida de que si hay algo que merece la pena probar en esta vida es la firmeza de las convicciones y la flexibilidad de los límites que cada uno se impone.

 Porque eso es lo único que puede darte un tipo de fuerza que muy pocos poseen:

la de aquel que es capaz de convivir con sus virtudes y con sus miserias hasta que venzan las primeras.

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