La pregunta del millón

ESTO ES LO QUE PUEDE PASAR SI LE PREGUNTAS A UNA PERSONA QUE PREPARA OPOSICIONES:

  • ¿CUÁNDO TE PRESENTAS?
  • ¿CUÁNTO TIEMPO LLEVAS OPOSITANDO?
  • ¿CUÁNTO TE QUEDA PARA ACABAR?

Así que,

ahora más que nunca,

KEEP CALM AND PACIENCIA CON LOS PAPARAZZI.

Anuncios
Estándar

Ese momento

Ese momento en que sólo me queda llorar. O abrir la ventana (para que me dé un poco el aire, quiero decir).

Ese momento en que ya he cambiado la mesa de posición para no ver más lo que tengo enfrente, o me he cambiado yo directamente de habitación. Me refiero a cuando me he puesto todos los cartelitos habidos y por haber para recordar por qué estoy donde estoy y, a pesar de tener sobre la mesa más colores que cuando estaba en parvulitos, sigo queriendo abrir la ventana (para que me de un poco el aire, he dicho).

Ese preciso instante en que si leo una palabra más, vomito. Pero si no, también. Cuando ya no puedo dormir pero si estoy despierta me la paso ausente, hasta que de repente veo la hora que es. A veces creo que alguien, en una realidad paralela, se lo debe estar pasando bastante bien conmigo. Porque si no, no me lo explico.

Después de hacer yoga, meditación y de haberle gastado a mi madre todas las cerillas “de urgencia” de la cocina encendiendo velas (dicen que eso relaja). Después de salir al patio, al balcón y a por pan. De haber puesto en alto las piernas, de haber contado hasta diez y de haber hecho ¡el mismísimo pino con las orejas!… sigo en el mismo sitio. Y al principio tiene hasta gracia, pero a medida que va pasando el día, deja de tenerla.

Ese momento en que no sé si tengo frío o me sobra todo lo que llevo encima. Si sentarme en la escalera o no subirla. Si ponerme los tapones en los oídos o ir a denunciar al vecino de la casa de arriba, que no para de hablar con quien sea. Qué manía tiene la gente con eso de hablar, por favor…

El mismo instante en que me digo que ya no vuelvo a tocar el móvil y no han pasado ni cinco minutos y ya lo tengo, por supuesto en contra de mi voluntad, en mi mano otra vez.  Porque ya no sé si es mejor sola o con alguien. Aunque sea al otro lado de esa fría pantallita. Yo me empeño en que sola, desde luego, pero estoy empezando a pensar que al final va a ser verdad lo de que el ser humano es un ser social por naturaleza. Y ya veremos en qué queda esto, entonces. Porque sería una pena que después de todo el esfuerzo realizado no pudiera ejercer por no estar en mis cabales…

Cuando ya he cambiado de tema, de artículo y de bolígrafo. Cuando me he estudiado lo del final al principio y lo del principio al final. Cuando ya no sé qué hacer conmigo.

¿Bailo una canción y sigo? ¿Me tomo una sopa? ¿Me aprendo tres palabras en ruso? ¿Saco a mi perro? ¿Me doy una ducha? ¿Ordeno el cajón? ¿Saco punta a los lápices aunque use portaminas? ¿Pongo la mesa para luego? Las posibilidades parecen infinitas. Sí, parecen. Porque siempre se acaban. Y cuando eso sucede, lo usual es que acabe con el lápiz en la mano, como las médiums cuando entran en trance y comienzan a hacer círculos sobre los papeles que les van poniendo por delante. Con la diferencia de que yo luego paso los círculos a letras.

Y a veces funciona. Pero otras no.

Ese momento en que creo que no puede pasarme nada más y siempre me equivoco. Cada vez estoy más convencida de que el tan famoso Murphy tuvo que ser opositor. O, como mínimo, estudiante. Lo que pasa es que nadie lo sabe.

Menos mal que, al final, siempre llega ese glorioso momento en que, por fin, descubro que ¡aún me queda una cosa por hacer y que no se me había ocurrido antes!

¡El remedio a todos mis males!

¡La que seguro funciona!

¡el no va más!:

PONERME-A-ESTUDIAR.

Feliz día de estudio.

A los que estudian, y a los que nos aguantáis.

Estándar

Lo que verdaderamente me trajeron los Reyes Magos

Día 6 de enero (07:00 a.m.)

Había sido una noche agotadora. Estaba demasiado nerviosa para conciliar el sueño. Además, en cualquier momento podía oír algo y no quería perdérmelo. De hecho, una vez escuché las pisadas de los camellos bajo la ventana, lo prometo.

Era una mezcla de alegría, euforia, ilusión y, por qué no decirlo, reparo. Después de todo, eran tres desconocidos forrados en pieles andurreando por mi casa. Por eso procuraba no levantarme ni al servicio: ¡vaya que se fueran!

Pero por muy largas que hubieran sido las horas, siempre acababa amaneciendo y yo levantándome con el primer rayito de sol. Recuerdo perfectamente apartarme el pelo despeinado de la cara para poder ponerme las zapatillas y abrocharme los botones de la bata con manos temblorosas. Las mismas que abrían el pomo de la puerta, lanzándome a un pasillo congelado y desde el que, a esa altura, sólo se podían ver unos pocos destellos que iban cobrando forma a medida que avanzaba por él.

Esos primeros segundos sola, en silencio, delante de los paquetes, son algo que recordaré toda mi vida.

El siguiente paso era despertar a todo el que hubiera en la casa. ¡Que supieran que los Reyes Magos habían venido!

Además (y esto vino perfecto para mi mente pre-jurista) siempre me dejaban alguna prueba de su paso por mi salón: copitas de anís a medio beber, el cuenco ya vacío del agua que había dejado para los camellos e incluso una carta. Ésta última fue la causa de que incluso llegara a pelearme con los niños en el cole, que trataban de desmontar mi realidad asegurándome que los Reyes no existían. Pero a mí no se me engaña tan fácilmente…

Con el paso de los años y después de preguntas cada vez más comprometidas, sentados en el mismo salón en el que tantos años los Reyes me habían ido dejado sus regalos, mis padres tuvieron que contarme la verdad. Pero ésta no fue “los Reyes no existen”, sino “los Reyes son la magia que vive dentro de tí y existirán siempre que tú elijas sentirlo”.

Y qué diferencia de una a otra cosa. Fue la vida respecto a la muerte. El punto de partida en vez del punto y final.

Así, al contrario que un desengaño (aunque nadie pudo evitarme el pechón de llorar), con el tiempo comprendí que aquel momento fue la catapulta para todos los logros que vendrían después. No sólo no dejé de ser la niña que se ilusiona cada noche de 5 de enero sino que, además, aprendí a conservar la ilusión para los que vinieron detrás, como mi hermana. Con más o menos regalos.

No existe una realidad predeterminada, sino que, a menudo, depende de cómo decidimos ver lo que está ante nuestros ojos. No hay realidad más verdadera que la de aquel que decide creer en ella.

Por eso, a partir de entonces, los Reyes han continuado trayéndome ilusión. Y este año, a pesar de la Navidad tan complicada que se nos ha presentado en casa, han vuelto a hacerlo. O, según como se mire, los hemos dejado volver a entrar.

Este año me han traído la oportunidad de valorar la familia tan maravillosa a la que pertenezco (un equipo de primera), las amigas tan geniales que tengo y que no me han dejado sola ni un segundo y el novio tan espectacular que me acompaña en este camino y que ha hecho lo imposible por arrancarme una sonrisa en todo momento y en cualquier lugar. Y, por supuesto, como no podía ser de otra manera y espero que nunca cambie… chuches, muchas chuches.

Que quede clara una cosa: los Reyes existen.

Pero para eso hay que creer en ellos, como sucede con los sueños.

Los niños no son unos ingenuos sino unos soñadores.

Y sólo el que sueña sabe hacia dónde tiene que dirigir sus pasos.

Yo creo en los Reyes Magos y lo seguiré haciendo hasta que llegue mi hora.

Porque…

dame una razón y te daré una explicación.

Pero…

dame una ilusión y moveré el mundo.

FELIZ DÍA DE REYES

Mi abuelo Pepe y yo, en la cabalgata de 1989.

Mi hermana Clara y yo, tal día como hoy en 1998.

Mi hermana Clara y yo, tal día como hoy en 1998.

Mi madre y yo. Navidad 1994.

Mi madre y yo. Navidad 1994.

Estándar