Especial 14 de Febrero: San Valentín no disparaba flechas

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SAN VALENTÍN.

Día de los enamorados.

 Y del amor.

Y de todos los que creen en él, aunque no tengan pareja. De hecho, los hay que la tienen y se encuentran solos. Porque no todos los que se dan la mano saben por qué lo hacen, ni todos los que están juntos se sienten cerca realmente.

Día también de los que celebran que, por fin, no están con alguien. Que no es poco.

Y, cómo no, de los que no hacen sino festejar, un día más, que quieren a sus parejas. Reitero, un día más. No el único.


Algunos tachan esta fecha de materialista, de invención de El Corte Inglés y de paradigma del consumismo. Y yo no lo niego. Pero, hablando con propiedad, la cosa viene de mucho antes. San Valentín fue un sacerdote romano que celebraba matrimonios en contra de la prohibición establecida por el emperador Claudio II. Y es un día que se celebra en muchos países del mundo, aunque la idea de que empezara a celebrarse en el nuestro fuera, sí, de Galerías Preciados. Además, si hay un día en el calendario para poder ir por la calle con globos y peluches sin que nadie se extrañe demasiado, como comprenderéis, yo no lo puedo dejar pasar.

Sin embargo, es curioso que nos rebelemos contra todo lo que tiene forma de corazón (es inofensivo, lo prometo) y no contra lo que hacen esos políticos que, al parecer, se han propuesto acabar con cada una de las libertades que tanto trabajo les costó conseguir a nuestros padres y abuelos. Y, de paso, con las arcas públicas. Ni contra los que nos engañan o se aprovechan de las circunstancias en que ellos mismos nos colocan con sus brillantes ideas día tras día para, después, obligarnos a correr en la dirección que a ellos les interesa. Muchos de los cuales, conviene resaltar, tienen nuestros votos. Aunque luego nadie se responsabilice de ellos.

Nos rebelamos contra un día en que, sea como fuere, mucha gente aprovecha para dibujar una sonrisa en la cara de aquellos a quienes quiere (no sólo parejas, sino amigos, familiares, compañeros, “nos-estamos-conociendo” y todo tipo de categorías intermedias entre unos y otros), pero permanecemos ajenos a la emigración que ya hacíamos enterrada en nuestro pasado y que ahora vuelve a instalarse como “lo normal” entre nuestros jóvenes; a la inmigración de aquellos a los que sólo les queda por perder su propia vida y, a pesar de ello, no dudan en arriesgarla con tal de alcanzar unas condiciones dignas; a la contaminación que emborrona nuestros cielos y desdibuja nuestras aguas, y a la necesidad de conservar esta gran casa a la que llamamos “planeta”.

Eso sí, San Valentín fuera.


Por todo esto, me da realmente igual el motivo por el que la gente se bese, envíe postales o regale flores un 14 de febrero. Lo importante es que lo sientan, y cualquier día del año. Porque estamos muy faltos de amor verdadero. De amor hacia los demás, pero también de amor hacia nosotros mismos. Hacia lo que somos, lo que hemos conseguido a lo largo de nuestra vida y, vida tras vida, a través de la historia. Hacia lo que conquistaremos. Hacia nuestros sueños, canciones, recuerdos, anhelos y pasiones. Porque todo eso es lo que hace grande a las personas, y todas unidas, a las civilizaciones. “Sólo el que ama tiene historia”, leí una vez. Y qué razón llevaba el que lo dijera.


Me pregunto por qué pasará entonces a la historia este momento en el que vivimos. Y francamente, no creo que sea porque celebrábamos San Valentín los 14 de febrero. En todo caso, seremos aquellos que sólo lo celebrábamos una vez al año. Y los que los 364 días restantes nos dedicábamos a no celebrar nada y a no buscar motivos que celebrar. Aunque San Valentín sea una porquería. Porque, así visto, todo lo es.

Es la ilusión lo que hace que los días sean especiales, no el nombre que les pongamos. No hay planes perfectos, sino personas perfectas para compartirlos.

Ojalá hubiera miles de San Valentín al año, y entonces desaparecería toda esta parafernalia.

Porque el amor ya no sería una excusa, sino la causa.

Ya no sería una excepción, sino la regla.

¡¡FELIZ SAN VALENTÍN A TODOS!!

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Tonterías, las justas

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Hay muchas cosas a las que una persona que prepara oposiciones no tiene derecho mientras dure su aventura, aunque lo diga la mismísima Constitución. Entre ellas y por ejemplo, el de caer enferma.

Qué lejos queda aquello de encontrarse mal y echarse un rato en el sofá hasta que se pasara. O lo de llorar a moco tendido cuando había ganas. Pero claro, entonces tenía tiempo y ahora tengo temas. Entonces podía permitirme que se me hincharan los ojos y ahora, si se me hinchan, tengo que continuar por donde iba y, encima, con los ojos hinchados. Así que mejor guardar la calma y que no panda el cúnico.

Un opositor tampoco puede permitirse tener una mala tarde, ni que le siente mal un comentario ni, mucho menos, preocuparse por algo. Porque ni se puede parar, ni se puede “rayar”, ni se puede sentar y esperar a que se le pase. Es más, más vale que evite con soltura todo este tipo de situaciones porque al final suele haber, como premio, una buena reprimenda del preparador. Que para eso está, por otro lado. Aunque bien pensado, ni falta que hace. Porque ya se fustiga él solito imaginándose todo tipo de calamidades y desgracias si no llega al número de temas previsto. ¡El mundo se pararía! (como mínimo).

Es paradójico. Antes me quejaba por cosas que ahora me producen risa, y desde que oposito, aunque las razones para quejarme han pasado a ser de verdadero peso, ya no tengo derecho a decirlas muy alto. Algo así como lo que le pasó a Pedro con el lobo. Porque dicen que yo elegí estar donde estoy. Cierto. Pero yo no sabía que estar donde estoy sería como es. Eso también es verdad. Aunque se ve que no es tan fácil de comprender como parece.

Un buen opositor no puede ponerse malo. Tonterías, las justas. ¿Qué dónde lo pone? Pues no sé el sitio exacto, pero se ve que es una especie de mutación que sufren tales individuos en su ADN los primeros meses, porque todos, al cabo de un tiempo, acaban entrando en pánico cuando ven que alguien de casa empieza a tener algunas décimas de fiebre. ¡¿Y si se lo pegan?!

Es algo así como una maldición de la que sólo puede liberarse ganando el juego, a lo Mario Bros: saltando escalones kilométricos  y lanzando bolas de fuego a los que tratan de darse con nosotros en nuestra carrera hacia la cima. Lo importante es seguir ganando puntos, supongo. Y si pillas alguna vida, mejor que mejor. O, para los que son más de Tetris, lo suyo es encajar las piezas que vayan viniendo antes de que acabe el tiempo. Aquí pasa exactamente igual.

Lo bueno de todo esto (siempre lo hay) es que a base de pasar tantas horas conmigo misma estoy llegando al punto de poder predecir con bastante fiabilidad mis momentos de debilidad. Y eso no es una tontería. Porque haberlos haylos, y todo el mundo los tiene, pero no todos son conscientes de ellos.

Y ahí está la diferencia entre los que vencen y los que son vencidos.

Porque no hay mayor virtud que la de conocer los propios defectos.

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Yo soy yo y… mi hermana

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En el mundo y a lo largo de la vida uno se cruza con muchas personas, pero sólo una me conocerá siempre mejor que yo a mí misma: mi hermana.

Llegó un poco tarde a nuestra cita en este mundo (¡¡seis años!!) pero como, total, no tenía mucho que hacer aún, la esperé. Eso sí, impaciente, porque no llegaba y yo la echaba terriblemente de menos. Y mereció la pena.

Como yo ya estaba en su vida cuando ella llegó, ella no sabe lo que es una vida sin mí. Pero yo sí sé lo que es una vida sin ella, y la verdad es que nada habría sido lo mismo.

Mi hermana es la persona que sabe cómo hacerme reír en los peores momentos. Que aunque parece algo sencillo, no lo es. Porque, primero, hay que saber cuáles son “los peores” y segundo, qué cosas son las que me harán reír sí o sí. Y eso sólo lo sabe quien me ha visto dormir y despertarme muchos días seguidos. Quien me ha visto jugar a ser mayor cuando era una niña y me recuerda cómo seguir siendo aquella niña aunque ya sea mayor.

Una hermana es esa persona chiquita que luego se hace tan grande que te faltan las palabras para describirla, aunque lo intentes. Porque todas las palabras resultarán diminutas en comparación al significado con que ella coloreó la vida.

Es una mejor amiga incombustible. La que seguro no se cansará de repetirte que eres la más mejor de todas. El alma que te falta algunos días. La pesada, la que te corretea por la casa cuando estás de mala leche porque a ella le apetece chincharte, simplemente. Pero también la que saca la cara por mí cuando ni yo misma lo haría. La que se siente aludida cuando pronuncian mi nombre. La que me ha llevado mil veces con sus amigas sin pensárselo dos veces. La que es capaz de llorar si me ve llorar a mí y la que no parará de llorar hasta que no lo haga yo.

Mi hermana es esa canción que sólo ella estaba escuchando también con papá aquella tarde. El punto de partida y de retorno. El lazo con mi pasado y la clave para mi futuro. La que fui y la que quiero ser.

Una hermana es la única persona que puede entender el enfado con tus padres sin que cambien sus sentimientos por ellos. La única con la que puedes hablar de todo con total libertad porque nunca te va a juzgar. La que se sabe la lista de tus ex mejor que tú y tiene planeado lo que le haría y diría a cada uno si se los volviera a encontrar. La única que ha aprendido más que tú de tus propios errores, aunque luego los haya cometido igual. La que sufre más que nadie con nuestros encontronazos.

Le debo tanto…

Una hermana es la propia conciencia. La voz de papá y mamá cuando ellos no están presentes. La que te recuerda aquello que a ti ya se te ha olvidado y hace que se te olvide lo que no debes recordar. La que te entretiene con cualquier cosa hasta cuando no debe. La que entra en mi sala de estudio para enseñarme un vídeo de perros y gatos para que me ría. La que me llama por teléfono para hablar conmigo mientras cada una llega a su sitio. Y la que se lava los dientes a los pies de mi cama.

Hay hermanas que son de sangre y otras que se ganan el título con el paso de los años. Hay hermanas mayores a las que hay que proteger y hermanas pequeñas que siempre serán tu protectora. Hermanas que son nuestra viva estampa y hermanas a las que no nos parecemos ni en el blanco de los ojos. Pero todas tienen algo en común: no saben negarse (aunque sea lo primero que hacen siempre).

Mi hermana es esa ladrona de guante blanco que siempre sabe recompensarme. Y también esa persona que, precisamente por lo que la quiero, sabe sacarme de mis casillas como ninguna otra. La persona cuyos problemas me aturden más que los míos propios. Aquella a la que le evitaría cualquier sufrimiento si pudiera cambiarme por ella. Mi protegida.

Ella es la compañera perfecta tanto en mitad de una discoteca como en una biblioteca. La única de la que me puedo fiar al cien por cien cuando le pregunto si me ve bien. La misma que nunca entra por esa puerta sin una chocolatina para mí.

Es mi hermana pequeña, pero lo más grande que tengo. La que llega antes de que la llame. La que me responde antes de que le pregunte.

A la que quiero por encima de todo.

GRACIAS, HERMANA.

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* Dedicado a mi hermana Clara.

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Ese momento

Ese momento en que sólo me queda llorar. O abrir la ventana (para que me dé un poco el aire, quiero decir).

Ese momento en que ya he cambiado la mesa de posición para no ver más lo que tengo enfrente, o me he cambiado yo directamente de habitación. Me refiero a cuando me he puesto todos los cartelitos habidos y por haber para recordar por qué estoy donde estoy y, a pesar de tener sobre la mesa más colores que cuando estaba en parvulitos, sigo queriendo abrir la ventana (para que me de un poco el aire, he dicho).

Ese preciso instante en que si leo una palabra más, vomito. Pero si no, también. Cuando ya no puedo dormir pero si estoy despierta me la paso ausente, hasta que de repente veo la hora que es. A veces creo que alguien, en una realidad paralela, se lo debe estar pasando bastante bien conmigo. Porque si no, no me lo explico.

Después de hacer yoga, meditación y de haberle gastado a mi madre todas las cerillas “de urgencia” de la cocina encendiendo velas (dicen que eso relaja). Después de salir al patio, al balcón y a por pan. De haber puesto en alto las piernas, de haber contado hasta diez y de haber hecho ¡el mismísimo pino con las orejas!… sigo en el mismo sitio. Y al principio tiene hasta gracia, pero a medida que va pasando el día, deja de tenerla.

Ese momento en que no sé si tengo frío o me sobra todo lo que llevo encima. Si sentarme en la escalera o no subirla. Si ponerme los tapones en los oídos o ir a denunciar al vecino de la casa de arriba, que no para de hablar con quien sea. Qué manía tiene la gente con eso de hablar, por favor…

El mismo instante en que me digo que ya no vuelvo a tocar el móvil y no han pasado ni cinco minutos y ya lo tengo, por supuesto en contra de mi voluntad, en mi mano otra vez.  Porque ya no sé si es mejor sola o con alguien. Aunque sea al otro lado de esa fría pantallita. Yo me empeño en que sola, desde luego, pero estoy empezando a pensar que al final va a ser verdad lo de que el ser humano es un ser social por naturaleza. Y ya veremos en qué queda esto, entonces. Porque sería una pena que después de todo el esfuerzo realizado no pudiera ejercer por no estar en mis cabales…

Cuando ya he cambiado de tema, de artículo y de bolígrafo. Cuando me he estudiado lo del final al principio y lo del principio al final. Cuando ya no sé qué hacer conmigo.

¿Bailo una canción y sigo? ¿Me tomo una sopa? ¿Me aprendo tres palabras en ruso? ¿Saco a mi perro? ¿Me doy una ducha? ¿Ordeno el cajón? ¿Saco punta a los lápices aunque use portaminas? ¿Pongo la mesa para luego? Las posibilidades parecen infinitas. Sí, parecen. Porque siempre se acaban. Y cuando eso sucede, lo usual es que acabe con el lápiz en la mano, como las médiums cuando entran en trance y comienzan a hacer círculos sobre los papeles que les van poniendo por delante. Con la diferencia de que yo luego paso los círculos a letras.

Y a veces funciona. Pero otras no.

Ese momento en que creo que no puede pasarme nada más y siempre me equivoco. Cada vez estoy más convencida de que el tan famoso Murphy tuvo que ser opositor. O, como mínimo, estudiante. Lo que pasa es que nadie lo sabe.

Menos mal que, al final, siempre llega ese glorioso momento en que, por fin, descubro que ¡aún me queda una cosa por hacer y que no se me había ocurrido antes!

¡El remedio a todos mis males!

¡La que seguro funciona!

¡el no va más!:

PONERME-A-ESTUDIAR.

Feliz día de estudio.

A los que estudian, y a los que nos aguantáis.

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Lo que verdaderamente me trajeron los Reyes Magos

Día 6 de enero (07:00 a.m.)

Había sido una noche agotadora. Estaba demasiado nerviosa para conciliar el sueño. Además, en cualquier momento podía oír algo y no quería perdérmelo. De hecho, una vez escuché las pisadas de los camellos bajo la ventana, lo prometo.

Era una mezcla de alegría, euforia, ilusión y, por qué no decirlo, reparo. Después de todo, eran tres desconocidos forrados en pieles andurreando por mi casa. Por eso procuraba no levantarme ni al servicio: ¡vaya que se fueran!

Pero por muy largas que hubieran sido las horas, siempre acababa amaneciendo y yo levantándome con el primer rayito de sol. Recuerdo perfectamente apartarme el pelo despeinado de la cara para poder ponerme las zapatillas y abrocharme los botones de la bata con manos temblorosas. Las mismas que abrían el pomo de la puerta, lanzándome a un pasillo congelado y desde el que, a esa altura, sólo se podían ver unos pocos destellos que iban cobrando forma a medida que avanzaba por él.

Esos primeros segundos sola, en silencio, delante de los paquetes, son algo que recordaré toda mi vida.

El siguiente paso era despertar a todo el que hubiera en la casa. ¡Que supieran que los Reyes Magos habían venido!

Además (y esto vino perfecto para mi mente pre-jurista) siempre me dejaban alguna prueba de su paso por mi salón: copitas de anís a medio beber, el cuenco ya vacío del agua que había dejado para los camellos e incluso una carta. Ésta última fue la causa de que incluso llegara a pelearme con los niños en el cole, que trataban de desmontar mi realidad asegurándome que los Reyes no existían. Pero a mí no se me engaña tan fácilmente…

Con el paso de los años y después de preguntas cada vez más comprometidas, sentados en el mismo salón en el que tantos años los Reyes me habían ido dejado sus regalos, mis padres tuvieron que contarme la verdad. Pero ésta no fue “los Reyes no existen”, sino “los Reyes son la magia que vive dentro de tí y existirán siempre que tú elijas sentirlo”.

Y qué diferencia de una a otra cosa. Fue la vida respecto a la muerte. El punto de partida en vez del punto y final.

Así, al contrario que un desengaño (aunque nadie pudo evitarme el pechón de llorar), con el tiempo comprendí que aquel momento fue la catapulta para todos los logros que vendrían después. No sólo no dejé de ser la niña que se ilusiona cada noche de 5 de enero sino que, además, aprendí a conservar la ilusión para los que vinieron detrás, como mi hermana. Con más o menos regalos.

No existe una realidad predeterminada, sino que, a menudo, depende de cómo decidimos ver lo que está ante nuestros ojos. No hay realidad más verdadera que la de aquel que decide creer en ella.

Por eso, a partir de entonces, los Reyes han continuado trayéndome ilusión. Y este año, a pesar de la Navidad tan complicada que se nos ha presentado en casa, han vuelto a hacerlo. O, según como se mire, los hemos dejado volver a entrar.

Este año me han traído la oportunidad de valorar la familia tan maravillosa a la que pertenezco (un equipo de primera), las amigas tan geniales que tengo y que no me han dejado sola ni un segundo y el novio tan espectacular que me acompaña en este camino y que ha hecho lo imposible por arrancarme una sonrisa en todo momento y en cualquier lugar. Y, por supuesto, como no podía ser de otra manera y espero que nunca cambie… chuches, muchas chuches.

Que quede clara una cosa: los Reyes existen.

Pero para eso hay que creer en ellos, como sucede con los sueños.

Los niños no son unos ingenuos sino unos soñadores.

Y sólo el que sueña sabe hacia dónde tiene que dirigir sus pasos.

Yo creo en los Reyes Magos y lo seguiré haciendo hasta que llegue mi hora.

Porque…

dame una razón y te daré una explicación.

Pero…

dame una ilusión y moveré el mundo.

FELIZ DÍA DE REYES

Mi abuelo Pepe y yo, en la cabalgata de 1989.

Mi hermana Clara y yo, tal día como hoy en 1998.

Mi hermana Clara y yo, tal día como hoy en 1998.

Mi madre y yo. Navidad 1994.

Mi madre y yo. Navidad 1994.

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Por cierto, te quiero.

Son muchas las veces que he escuchado en mi vida eso de que las palabras se las lleva el viento. Sin embargo, hay dos en concreto que se repiten a través de las generaciones, y que, juntas, tienen un poder que muchos desconocen. Es algo así como una fórmula mágica, un antídoto para todo tipo de veneno. Se dice que nunca nadie quedó indiferente después de escucharlas y que es lo primero que te viene a la cabeza sobre ciertas personas cuando nos encontramos en situaciones límite. Me refiero a: te y quiero.

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Al principio, cuando somos niños, tendemos a asociarlas a sensaciones placenteras y, por consiguiente, se convierten en lo más grande que podemos decir a alguien. Después, vamos creciendo y descubrimos que hay personas que, aunque dicen querernos, no lo hacen realmente y así nos hacen dudar de su verdadero significado. La verdad inamovible pasa entonces a ser un castillo de naipes. Una especie de broche de oro que a veces nos colgamos en la solapa para que todo brille y luzca mejor, y que nos acostumbramos a llevar encima o a ver puesto en otros sin más. Y, como es de esperar, empieza a darnos miedo tanto oírlas como decirlas.

Sin embargo, los años me ha enseñado que cuando todo pasa, es lo que verdaderamente queda. No, no me refiero a las palabras, sino a las veces que fuimos capaces de hacer saber a las personas que queríamos que las queríamos.

En el día a día tenemos la mala costumbre de dar por hecho que “se sabe”. O de que no es el momento. De lo primero tiene la culpa una ensordecedora rutina que nos lleva de un lado a otro como el viento empuja a su antojo las hojas caídas de los árboles. De lo segundo, ciertas películas y novelas, que se han encargado de anudar a estas dos palabras un montón de rojo, de velas, de solemnidad, de lujo y locura, hasta el punto de hacernos creer que lo que sentimos diariamente o no es para tanto o está fuera de lugar decirlo.

Es cierto que se trata sólo de palabras y que sin hechos que las corroboren, no sirven de nada. Pero también es cierto que hay una tendencia generalizada a subestimar su valor. Si tan poca cosa son realmente, ¿por qué nos cuesta tanto pronunciarlas?

Dicen que están perdiendo su valor porque las usamos demasiado. Hasta hay canciones que aseguran que el sentimiento que las provoca se rompe de tanto usarlo. ¿Será esto verídico? Porque yo veo que la gente continúa usando muchas palabras con bastante frecuencia, y aparte de no perder su significado, nadie exige una prueba de que aquello realmente sea lo que dice que es. Sería ridículo dejar de decir la palabra  “sol” sólo porque sale todos los días, porque es precisamente a él a quien debemos la vida y así va a seguir siendo aunque no lo digamos. Algo parecido ocurre con el “te quiero”.

Lo que sucede es que a veces es complicado distinguir cuándo nos hallamos ante una verdadera muestra de cariño o ante un arma de destrucción masiva. Detrás de un “te quiero” no siempre hay buenas intenciones. En ocasiones el verdadero fin reside en conseguir, ocultar o reforzar algo e incluso en utilizar, manejar, controlar, chantajear o hacer daño a alguien. Por eso, ante un primer “te quiero” todo nuestro cuerpo entra en estado de total alarma. Se nos abren los ojos de par en par, nos ponemos rígidos y se nos olvida hasta lo que estábamos diciendo. Nunca estamos lo suficientemente preparados para escucharlo y no querer saltar de alegría. Lo malo es cuando nos inmunizamos y ya no produce ni placer ni dolor. Y a ello contribuye habernos cruzado muchas veces con personas que no eran conscientes de la verdadera importancia de estas dos palabrillas.

Otros opinan que no es algo que podamos decir a la ligera. Que para decir “te quiero” hay que esperar un tiempo prudencial. Y aquí solemos caer en situaciones tan ridículas como ponerle una fecha de inicio a un sentimiento que nadie sabe cuándo empieza ni por qué acaba. Desde luego, el que lo descubra se forra.

Supongo que en el amor pasa como con los colores: a todos nos han enseñado que el rojo es rojo pero no está demostrado que todos veamos el mismo color ardiente y cálido. Y aquí vienen las confusiones.

Entonces, ¿qué es lo difícil, decir te quiero o querer de verdad? Es más, ¿es posible lo segundo sin lo primero?

Además, hay miles de formas de decirlo y todas son tremendamente económicas: en el ascensor, por el balcón, en la cama o en la mesa. Por la mañana,  por la tarde o por la noche. A voces o susurrando. A las amigas, a los amigos, a la familia, a la pareja. Con dos letras o con ocho. Con “Q” o con “K”. Riéndonos o llorando. En inglés, en ruso o en japonés.

Entonces ¿por qué cuesta tanto?

Querer es de valientes. El que quiere de verdad se lo juega todo a una carta y asume el dolor que va implícito en el riesgo (porque querer de verdad, duele). Por tanto, decir “te quiero” implica quedar totalmente expuestos, desnudos y frágiles ante la otra persona. Implica responsabilidad y es algo serio. Pero, a la vez, fácil. Mucho más de lo que nos imaginamos. Porque una vez que nos deshacemos del miedo a no ser correspondidos y nos atrevemos a decirlo, más que atarnos, nos libera y multiplica nuestra grandeza como personas.

Mi deseo para el nuevo año que empieza es el de ser capaces de decir “te quiero” cuando lo sintamos. Sin tapujos. Nos pille donde nos pille. Que no quede más remedio que decirlo. Hacer que los sentimientos buenos sean irrefrenables e incontenibles. Que se oiga, se sepa y se contagie.

Porque ya hay demasiadas cosas malas que recorren el mundo de un lado a otro a velocidad de la luz, buscando dónde posarse. Porque las cosas buenas también hay que decirlas, aunque se sepan, para que no se olviden. Porque nos creemos eternos e indestructibles pero, en realidad, tan sólo somos el tiempo que tenemos.

La grandeza de las personas se mide por las veces que han escuchado en su vida que se las quiere, y por las veces que han sido capaces de decirlo ellas cuando lo sentían. 

Por cierto, os quiero mucho, familia. Y a vosotros, mis amigos. Y a tí, mi vida.

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