Cincuenta sombras de las oposiciones

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Hay un chiste sobre dos amigos que se encuentran por la calle que me gusta mucho. Dice uno: “oye, ¡me he enterado de que te has casado!” Y el otro responde: “no, a ti te lo han contado. ¡El que se ha enterado he sido yo!”.

Pues eso mismo me está pasando con las oposiciones.

A mí me dijeron que para preparar las oposiciones necesitaría estudiar mucho y tener una fuerza de voluntad a prueba de bombas, que es verdad, pero no solamente. Alguno que otro puede ser que mencionara lo de salir “menos”, eso sí, muy por encima y como el que no quiere la cosa. Pero a mí no se me dijeron un montón de cosas que me habría gustado saber el día en que decidí empezar esta aventura. Al margen, por supuesto, de todos los que directamente consideran que no merece la pena pasar por un calvario como éste  e intentan hacértelo creer a tí también.

Yo no sé aún si merecerá la pena, pero sí sé que para ir a donde quiero ir, necesito pasar por aquí.

A mí nadie me dijo que tendría que convertir la buhardilla en un bunker y mi escritorio en un improvisado pero respetable altarcito. Ni que yo llegaría a depender del reloj como del aire que respiro (aunque tengo que decir que he llegado a un dominio de la luz solar impensable: ahora sé la hora que es con sólo mirar la pared de la casa de enfrente.Y eso es muy positivo, porque así no pierdo tiempo en mirar el reloj y tengo más tiempo para seguir corriendo). Ah, y eso. A mí nadie me dijo que tendría que ir siempre corriendo, aunque no estuviera estudiando. Gran detalle ése que se me omitió.

A mí sólo me hablaron de estudiar. Y claro, eso sí lo sabía hacer. Aunque luego me di cuenta de que tampoco.

Yo intuía que las oposiciones serían una caja de sorpresas, pero no la mismísima caja de Pandora. Por eso la destapé con tanto de lo que yo creía alegría y ahora sé que era, más bien, inconsciencia.

Y puede que sean cosas tontas, pero a mí nadie me advirtió de que necesitaría hipotecar mi vida entera para poder pagar todos los rotuladores que iba a necesitar. Ni a mi padre, que dice que parece que me los como. Y en cierto modo, a veces, por increíble que parezca, pasa. Con los temas que hace tiempo que no miro. ¿De verdad que yo subrayé eso?

A mí me insistieron mucho, tanto en el cole como en la universidad, en que había que escribir sin faltas. Y allá que fui yo y me lo tomé en serio. Pero no los culpo, desde luego. Cómo iban a saber ellos que mi futuro profesional iba a depender de un examen estrictamente oral. Tanta caligrafía pa ná. Y lo mismo me pasó con el dichoso sentido común que había que demostrar en todas las facetas de la vida. Si es que yo lo sabía, que al final a nadie le iba a interesar eso. Pero en fin, cosas que pasan.

A mí nadie me dijo que si quería ser juez o fiscal tendría que incorporar a mi vocabulario, como si de algo normal se tratara, palabras como: escotillas, producto semiconductor, acceso inteligible, proditoria, imprecativa, obtención vegetal, ganzúas, radiaciones ionizantes  o folletos de emisión. Ni que tendría que ser un poco arquitecta, oradora e ingeniera. A mí me dijeron que con hacer Derecho bastaba. Y yo me lo volví a creer, porque total, yo siempre había pensado que a nadie molestaría un regalo y ahora resulta que, dependiendo de a quien se lo hagas, puede ser un delito. Por muy buena intención que lleve uno. Qué fuerte. Y claro, todo eso va calando y la final se mezcla de tal manera en el subconsciente que acabo hablando igual con el preparador que con mis amigas. Pobrecitas.

Yo era de los que creían que las disposiciones finales eran una leyenda urbana (pero no, doy fe de que existen). ¡Y cómo iba a pensar que si me encontraba algo por la calle tendría que llevárselo inmediatamente al Alcalde! Se nota que ciertos cuerpos legislativos tienen ya sus años y que por aquel entonces no estaba de moda lo de las bolsas de basura o las tarjetas de colores.

A mí nadie me dijo que tendría que desaprenderlo todo para volverlo a aprender. Ni que necesitaría a mis padres a los veinticinco más que a los cinco. Ni que me volvería un ser extremadamente maniático. Ni que cinco minutos podrían marcar la diferencia.

Lo bueno de todo esto es que, efectivamente, no tenía ni idea de donde me metía. Es verdad aquello de que la ignorancia es la madre del atrevimiento. Porque de haberlo sabido, la decisión puede, aunque no lo creo, que hubiera sido otra. Y si hubiera sido otra me habría perdido esta increíble experiencia. Sí, increíble. Porque si hubiera decidido otra cosa, tampoco sabría cuáles son las personas con las que puedo contar incondicionalmente, aunque pasen meses o años sin vernos. Las oposiciones son un cursillo rápido para ver quién te quería y quien te ha estado utilizando todos estos años.

Y si no hubiera tenido que hacer lo que estoy haciendo, probablemente nunca habría tenido la oportunidad de valorar cuánto quiero lo que quiero. Con lo importante que es eso. Porque todo el mundo está bien cuando está bien. Pero qué difícil es tirar palante con el viento en contra.

Lo que empezó siendo una locura acabará siendo la razón para seguir probando mis límites. Si lo hice una vez, puedo hacerlo otra.

Porque si hubiera decidido no opositar, puede que me hubiera ahorrado mucho sufrimiento, pero nunca podría optar por todo lo que le sigue.

Eso sí, si algún día alguien se interesa por la oposición, le diré un par de cosas que a mí nunca me dijeron:
que sea feliz siempre y que no deje de intentarlo nunca.

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